| Mensaje: | Quien deja que otros piensen y decidan siempre por él termina por perder su propia voz; la confianza no se exige, se gana con hechos, y la verdad se encuentra con paciencia, observación y ayuda de los demás. |
| Valores: | Honestidad, lealtad, perseverancia, justicia, confianza, amistad, valentía, autonomía. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 25 minutos |
La esfera mágica
1. Un rey dependiente
Hace muchos años, en un reino muy lejano, vivía un rey llamado Igor. Poseía un tesoro más valioso que el oro y los diamantes: Una antigua esfera de cristal. Dentro de ella vivía un genio, encerrado desde hacía siglos, capaz de responder cualquier pregunta con absoluta verdad. Cualquiera, menos las del futuro. La esfera dormía en un salón secreto, en lo más profundo del castillo, custodiada día y noche por cien soldados reales.
Poco a poco, el rey se volvió dependiente del genio y, al mismo tiempo, desconfiado de quienes lo rodeaban. Ya no le consultaba solo asuntos del reino. Empezó a preguntarle por la lealtad de su propia corte: ¿Miente el duque? ¿Me admira la condesa? ¿Hay traición en mi mesa?
Aquello preocupaba a la familia real y a los súbditos, pero nadie lo sentía tanto como Selgus, el consejero. En antaño había sido la persona de mayor confianza del rey. Ahora, con cada respuesta del genio, sentía que su voz valía menos, que su lugar junto al trono se desvanecía como una vela que se consume. Y en su pecho, sin que nadie lo notara, empezó a sentir resentimiento, recelo, rencor.
2. La Noche de la Esfera Eterna
Una vez al año, el reino celebraba la Noche de la Esfera Eterna, en honor a la leyenda de la noche en que el genio fue encerrado por primera vez. Reyes, reinas y príncipes de tierras vecinas llegaban en carruajes cargados de regalos, porque ser invitado era la muestra más alta de prestigio.
A cada invitado se le entregaban, al llegar, dos piedras de río, pulidas como huevos de paloma. Ambas llevaban una misma marca única, grabada a mano: una luna, una espiral, tres puntos en fila. Una de las piedras se depositaba en una gran urna de cristal frente al trono. La otra la guardaba el invitado, cerrada en el puño o escondida en el bolsillo, como quien guarda un deseo.
Al caer la noche, el rey se vendaba los ojos, hundía la mano en la urna y sacaba una sola piedra. Quien tuviera la piedra gemela tenía el honor, uno solo entre cientos, de hacerle una pregunta al genio.
3. El ritual de la pregunta
Esa noche, todos se congregaron en el gran salón real para comenzar con el esperado ritual de la pregunta al genio de la esfera. Trompetas y tambores retumbaron contra las columnas. Al centro, sobre un pedestal dorado, descansaba la esfera mágica dentro de un cilindro de cristal adornado con oro y piedras preciosas. Junto al pedestal, como cada año, se hallaba el consejero Selgus, maestro de ceremonias, con las manos cruzadas a la espalda y el rostro impenetrable.
La ganadora fue una joven princesa de un reino de grandes bosques y montañas. Avanzó con el corazón tan agitado de la emoción que sentía golpes en su pecho. Se acercó y se detuvo a escasos pasos del pedestal. Entonces los sirvientes reales apagaron las antorchas, una a una, en una coreografía ensayada durante generaciones. El salón quedaba en la total ausencia de luz, la profunda oscuridad representaba la duda, la incertidumbre y el extravío.
Un silencio absoluto cayó sobre el salón. Ella se inclinó hacia la esfera y susurró su pregunta. El genio respondió, como siempre, con una claridad y una veracidad inimaginables.
La princesa retrocedió unos pasos, con los ojos brillantes en la penumbra, y pronunció en voz alta, como mandaba la tradición:
“Donde había noche, hoy hay sol;
donde había duda, claridad.
Que se enciendan las antorchas,
pues la luz es la verdad.”
Tal como estaba dispuesto, al oír las palabras finales todas las antorchas se encendieron a la vez. Nadie prestó atención a un leve tintineo de cristal, tan breve que se perdió entre el eco de los versos.
Cuando la luz volvió, había sucedido lo inimaginable. El cilindro de cristal estaba vacío. La esfera había desaparecido.
Por un instante, nadie entendió lo que veía. Después, un grito rompió el silencio. Una dama señalaba el pedestal con la mano temblorosa, y el salón entero estalló en caos. Los príncipes se pusieron de pie, los guardias desenvainaron sus espadas sin saber qué hacer, y el rey, pálido como la cera, avanzó tambaleante hacia el pedestal vacío, como si sus propios ojos lo estuvieran traicionando.
—¡Que nadie salga del salón! —tronó una voz.
Pero ya era tarde. En un salón lleno de gente y sumido en la oscuridad, alguien había tenido tiempo de sobra para desaparecer sin dejar rastro, llevándose consigo la codiciada esfera.
4. La joven promesa
El rey Igor, desesperado, hizo llamar al Comandante Roshan, jefe de la guardia y de la ley en el reino, y a los investigadores más prominentes. Exigió que el mejor detective de la policía se hiciera cargo del caso.
El comandante Roshan no dudó ni un instante. Llamó a Tara, una brillante y joven detective. Apenas unas semanas atrás, ella había resuelto el misterioso caso de las gemas desaparecidas del tesoro real, un enigma que había dejado perplejo durante meses a los mejores detectives del reino, incluso al mismísimo Navid, un reconocido y veterano detective, afamado y respetado, que también estaba presente en la reunión.
El comandante hincó una rodilla ante el trono y dijo con voz solemne:
—Majestad, os lo juro por mi espada y por mi honor: no habrá rincón del reino que no registremos ni sombra que no interroguemos. La detective Tara, aquí presente, tendrá a su cargo este caso, y no descansaremos hasta devolver a vuestras manos la esfera del genio.
El rey asintió, con la mirada cansada. La designación de Tara no cayó bien entre la vieja guardia. El veterano Navid sonrió con cortesía frente al trono, pero por dentro el orgullo le ardía como brasa bajo la ceniza.
5. El primer sospechoso
Las primeras pesquisas de Tara la llevaron hasta un reconocido mago que había ofrecido una función en el reino la noche anterior al festival. Su nombre, Farid. Solo un hombre con esas habilidades pudo cometer un robo tan perfecto, se decía.
Navid se ofreció a acompañarla a ver al sospechoso principal. Tara dudó, pero terminó por aceptar. Quizá no le vendría mal la experiencia de un colega mayor en un caso tan importante.
El encuentro no fue amistoso. Farid los recibió con su perro Colosus echado a los pies, su mejor amigo, su fiel compañero y, en ocasiones, su ayudante en escena. Tara, con mirada y oído agudos, hizo preguntas directas.
—Me dicen que usted es un gran mago.
El hombre asintió apenas. —Es lo que dicen.
—Los espectadores de su función aseguran haberlo visto aparecer y desaparecer conejos, palomas, flores y hasta a una mujer encerrada en un baúl.
Una ligera sonrisa condescendiente cruzó el rostro serio del mago.
—Es lo que ellos creen que ven.
Las preguntas continuaron hasta que Tara terminó por despejar sus dudas: no veía un vínculo claro entre el mago y el robo. Pero Navid no pensaba igual. Insistió en que debían interrogarlo con más dureza, que había cabos sueltos y que no podían dejarlo ir. Tanta fue su insistencia que la detective, con los oficiales que la acompañaban, terminó por informar a Farid que quedaba arrestado como sospechoso de robo.
En el nuevo interrogatorio, en la comisaría, Farid declaró que no era un verdadero mago. No tenía el poder de hacer aparecer o desaparecer nada. Era un ilusionista, y con sus conocimientos de física y de química, y mucha creatividad, había inventado los mecanismos y las técnicas de su espectáculo. Escépticos, le pidieron que lo demostrara, y Farid se vio forzado a revelar sus secretos ante el juez y los alguaciles.
Convencido de que no tenía poderes mágicos, el juez lo absolvió del robo. Pero lo sentenció a encierro por charlatanería.
—¡Es injusto! —protestó el mago—. Solo doy un espectáculo, entretengo a la gente. No soy un criminal.
Pero el juez no escuchó.
6. La búsqueda de Colosus
Al día siguiente, el fiel Colosus, preocupado por la ausencia de Farid, salió a buscarlo. Olfateó calles y plazas, y el rastro lo condujo hasta una esquina del edificio de la comisaría. Arriba solo había una ventana con gruesos barrotes de hierro.
Desde dentro, el mago oyó algo.
—¿Colosus? ¿Eres tú?
El perro ladró para avisar que estaba allí.
—Querido amigo, leal y entrañable… me has encontrado —dijo Farid.
Conmovido, sintió en su pecho un golpe de alegría y fortaleza, sin embargo, al verse encerrado en una celda, volvió a caer en una profunda desesperanza. Se asomó por los barrotes y le dijo con enorme tristeza:
—Colosus, amigo, gracias por tu lealtad, gracias por tu amistad y por tu amor, pero es mejor que te vayas. Tal vez no me vuelvas a ver jamás.
Pero Colosus no se movía. Se acostó bajo la ventana y ahí se quedó, toda la noche, bajo las estrellas. No, Colosus no se iría, se quedaría con él hasta el final.
7. Las pistas se agotan
Los días pasaban y la esfera seguía sin aparecer. En el castillo, la paciencia del rey se agotaba como el aceite de una lámpara.
Tara seguía cada rastro con obstinación. Un mercader de vidrio juraba haber visto una esfera parecida días atrás. Una capa idéntica a la del supuesto ladrón apareció tirada cerca del río. Un testigo aseguraba haber visto una sombra saltando los muros del castillo la noche del robo. Cada pista, investigada con cuidado, se deshacía como humo entre los dedos.
Pero una sospecha inquietante comenzó a abrirse paso en la mente de Tara: aquellas pistas eran demasiado oportunas, demasiado limpias. Alguien se las estaba sembrando a propósito para hacerle perder tiempo. Y ese alguien sabía muy bien lo que hacía, porque cada rastro falso aparecía justo donde ella pensaba mirar después. Quien lo hacía conocía su investigación paso a paso.
Una mañana, el rey la hizo llamar al salón del trono. Estaba sentado muy erguido, con los nudillos blancos sobre los brazos del sillón. A su lado, silencioso, estaba el consejero.
—Detective —dijo el rey, sin levantar la voz, pero con un tono enérgico—. Ha pasado casi una semana. Mi genio sigue perdido, mi reino murmura, los príncipes visitantes hablan de mí en sus cartas. El comandante me dice que usted está a cargo. Y usted me trae capas, sombras y vendedores de vidrio.
—Majestad, estamos siguiendo cada…
—Cuarenta y ocho horas —cortó el rey—. Tiene cuarenta y ocho horas más para traerme avances claros. Después de eso, tomaré otras medidas.
No dijo cuáles. No hizo falta.
Tara salió del salón sintiendo una fuerte preocupación, cada paso pesaba el doble. Esa noche no durmió. Repasó una y otra vez sus notas a la luz de una vela, y cada línea parecía burlarse de ella. Las horas corrían y no tenía nada. Nada. Si fracasaba, el rey buscaría a otro investigador y ella perdería su cargo, su nombre y su oportunidad de demostrar lo que valía. Al mismo tiempo Farid, el mago, un infortunado ilusionista encerrado por hacer trucos, se pudriría entre rejas por un crimen que quizá no había cometido.
Pensó entonces nuevamente en Farid. Con su vasta experiencia en el arte de la ilusión, él podría ayudarme a entender cómo una esfera pudo desaparecer así, en medio de un salón lleno de gente. Puede comprender y ver cosas que yo no veo.
Apagó la vela y tomó una decisión. Al día siguiente iría a la comisaría para entrevistarlo de nuevo. Esta vez no le haría preguntas de detective. Le pediría ayuda y su consejo.
8. El escape
Mientras tanto, en su celda, el mago Farid perdía poco a poco la fe y se resignaba a su injusto destino, solo, sentado en el mismo rincón. Su corazón se regocijaba y a la vez se partía al saber que su fiel Colosus seguía del otro lado del muro. Logró asomar la mirada para ver de nuevo a su amado amigo.
—Ahí estás, querido amigo —dijo con ternura, pero con pena de verlo solo, a la intemperie—. No seas tonto, vete ya, busca un nuevo hogar y haz tu vida. Eres un gran perro, el mejor, y no quiero saber que sufres en las calles. Perdóname, amigo, no saldré por muchos años.
Colosus no se movía ni un metro. Y entonces Farid, consciente de la injusticia en su contra, comenzó a pensar en escapar. La respuesta llegó desde afuera.
Colosus había participado decenas de veces en un acto de magia en el que, en secreto, le pasaba a Farid una llave maestra que abría un candado.
—Colosus —susurró el mago desde la ventana—, llave. Llave. Dame una llave.
Colosus supo exactamente qué hacer y se dio a la búsqueda. No encontró una llave, pero sí un viejo alambre tirado en la calle. Lo tomó con el hocico, lo llevó hasta el muro y ladró para llamar a su amo.
—¡Lo lograste! —dijo Farid, sin poder creerlo—. Muy bien, amigo. Ahora, ¡brinca!
Después de varios intentos, Colosus dio un gran salto y dejó el alambre justo en la base de la ventana. El mago esperó el momento perfecto, en plena noche, cuando había menos guardias. Con sus habilidades de escapista, había burlado candados casi imposibles en segundos a lo largo de toda su carrera. Abrió la cerradura y, mientras los guardias discutían acaloradamente sobre la reciente competencia de caballeros medievales, ¡escapó!
Aquella mañana, Tara cabalgó hasta la comisaría. Saludó con un gesto al guardia de la recepción y se dirigió hacia los calabozos. La puerta de la celda estaba entreabierta. Entró en estado de alerta y se acercó lentamente, buscando al mago preso para seguir interrogándolo. Sus ojos no podían creer lo que veían. Nada. Solo una celda totalmente vacía.
Se quedó inmóvil un instante, con el eco de su propia respiración en las paredes de piedra. Después giró sobre sus talones y subió las escaleras de dos en dos.
—¡Guardias! ¡Guardias!
Irrumpió en la sala de la guardia con la capa torcida y el rostro pálido como la cera. Todos los presentes se volvieron hacia ella. Tara apenas encontró aire para pronunciar las palabras:
—El mago… ¡ha escapado!
9. El encuentro
La agencia de policía se organizaba para iniciar una feroz búsqueda. No podían permitir semejante fuga: quedarían en ridículo ante la ciudad y ante el mismísimo rey.
La detective, con sus extraordinarias habilidades, decidió encontrarlo antes que nadie. Fue primero al puerto mercante. Con desesperación, se movió entre barcos, carrozas, mulas, caballos y carros de carga. De repente vio a un hombre misterioso y a un perro subiendo a un barco. Insegura de su identidad, decidió abordar.
—Eres tú, ¿verdad? No huyas. No vengo a atraparte, necesito tu consejo.
A bordo, entre cajas de especias y el crujir de las cuerdas, Tara le mostró al mago la lista de pistas que había reunido. Él las miró una por una, con la mirada de quien ha pasado media vida guardando y resolviendo secretos.
—Esto —dijo, señalando al testigo de la sombra— es imposible. Esos muros miden doce metros y no hay saliente ni cuerda que resista tal salto sin dejar marca. Alguien inventó esta historia para que ustedes persiguieran fantasmas.
—¿Y la capa junto al río?
—Demasiado conveniente. Un ladrón cuidadoso no deja su capa tirada como una miga de pan para que lo sigan. Eso no es un error, detective. Es una trampa puesta a propósito. Posiblemente quieren que piense que el ladrón y la esfera ya no están en la ciudad.
Tara frunció el ceño. Nadie le había enseñado a pensar así: no en lo que parecía sospechoso, sino en lo que convenía demasiado a alguien.
—Entonces dime, mago, ¿qué sí es creíble?
—Lo aburrido —respondió él, con media sonrisa—. Los ladrones de verdad no dejan sombras ni capas. Estudian, hacen presencia, observan el terreno, se preparan. Dejan rastros muy pequeños donde nadie mira dos veces porque no suenan interesantes, no son evidentes.
—¿Y quién sale ganando cuando yo persigo fantasmas? —dijo Tara, más para sí misma que para él.
En su mente empezó a formarse un nombre. Uno solo. Alguien que conocía muy bien el castillo y el salón donde se había hecho celebración de la esfera, y además, con acceso a su investigación. Tara no lo dijo en voz alta. Sacó discretamente papel y pluma, escribió unas líneas rápidas, selló la nota con su sello de detective y escribió por fuera: “Entregar al comandante Roshan”.
Al final de la conversación, ella le advirtió que no dejarían de perseguirlo y le ofreció un trato: si la ayudaba a encontrar la esfera, ella convencería al rey de concederle la libertad. Farid dudó, pero aceptó, con una condición: solo veinticuatro horas. Pasado ese tiempo, la detective se comprometía a ayudarlo a salir de la ciudad.
10. Persecución en el puerto
Decidieron regresar a un lugar seguro para planear la investigación. Pero, para su mala fortuna, ya había policías en cada rincón del puerto buscando al prófugo.
—¡Ahí está, es él! —bramó un oficial, y en segundos una docena de guardias rodearon al mago, la detective y Colosus, entre barriles y redes de pesca.
El mago no corrió. Sonrió.
—Caballeros —dijo, levantando ambas manos vacías—, los felicito, me han atrapado. Pero antes de llevarme preso, permítanme mostrarles mi último truco.
—Vean mi manga izquierda—, de repente apareció un ramo de flores que lanzó hacía arriba, de repente una paloma apareció y salió volando.
Los oficiales estaban sorprendidos por tan espectacular acto, estaban congelados. Mientras tanto, la detective y Colosus regresaban lentamente al barco.
—Ahora vean mi manga derecha—, Farid sacó un simple pañuelo que mostró al público, lo dejó caer al suelo con un pequeño frasco que llevaba escondido.
Al romperse el frasco, liberó una nube de humo blanco y espeso, una mezcla de su propia invención hecha con polvo de tiza y aceite de pino, que en segundos cubrió todo el muelle. Nadie podía ver ni sus propias manos. Los guardias tosieron, tropezaron entre sí y gritaron órdenes que nadie oía con claridad.
Bajo la cortina de humo, el mago ya tenía la ruta trazada. Regresó al barco arrojando dos o tres frascos de humo más, salieron por una puerta del otro lado, tomaron dos caballos cercanos y se alejaron del puerto tan rápido como pudieron. Cuando el humo se disipó, los guardias solo encontraron círculos de tiza en el suelo y los ladridos lejanos de un perro.
—No fue magia —le dijo el mago a la detective mientras cabalgaban—. Solo hay que saber en qué momento la gente deja de mirar.
Al registrar el barco, los gendarmes encontraron una nota cerrada, con el sello de la detective Tara. Por fuera decía: “Entregar al comandante Roshan.”
11. La escena del robo
Con el tiempo encima, Farid fue claro:
—Tienes que llevarme al lugar del robo. Es la única manera de saber qué pasó realmente.
Un uniforme prestado, un casco calado hasta las cejas y Colosus escondido en un carro de heno bastaron para que el ilusionista, disfrazado de policía, cruzara las puertas del castillo tras la detective.
Aplicando la lección del mago, Tara decidió dejar de perseguir lo obvio y revisar lo aburrido. Pidió el registro de invitados y los libros de entradas y salidas de los días previos, durante y posteriores al evento. Los pasó uno por uno, línea por línea, con el dedo bajo cada nombre, hasta que algo la detuvo.
Navid había visitado al consejero varias veces en la semana previa a la Noche de la Esfera. Y el día del evento, el registro de la puerta norte decía que había entrado al castillo antes de que comenzara la ceremonia, y que había salido horas después, más o menos a la misma hora del robo.
Tara sintió un escalofrío. Un detective del reino no tiene por qué salir de un castillo en momentos clave de ocurrido un robo.
Mientras tanto, Farid recorría y analizaba el salón en silencio. Observó el pedestal, las paredes, las ventanas y el piso. Se agachó, tocó, olió. Y fue encontrando:
- un rastro mínimo de cera en el borde del pedestal;
- una agarradera en la parte superior de la cubierta de cristal, hecha para sostenerla;
- una abertura en el techo, una claraboya, justo sobre el pedestal;
- y algo más: al levantar la cubierta, esta pesaba y encajaba ligerísimamente distinto, como si hubiera sido movida y devuelta a su sitio con prisa.
Farid llamó a Tara con un gesto y hablaron en voz baja, junto al pedestal vacío.
—Un ladrón no entra por la puerta cuando cien soldados la vigilan —susurró él—. Y tampoco sale por ella.
—Salió por arriba —murmuró Tara, mirando la claraboya.
—O más bien, la esfera salió por arriba. Mira esta cera: se usa para que un hilo resbale sin enredarse. Es un truco viejo, un hilo resistente pero casi invisible en la oscuridad, una bolsa atada al extremo… Yo lo hacía con pañuelos.
—Pero alguien tuvo que atar la bolsa abajo.
—Y alguien tuvo que tirar del hilo arriba. —Farid alzó dos dedos—. Dos manos. Una que levanta la cubierta en la oscuridad, otra que espera arriba, en los tejados.
—Alguien que conocía la ceremonia tan bien que sabía el instante exacto en que todos dejarían de ver.
—Y otro que conocía los tejados tan bien como para desaparecer por ellos.
Tara le informó sobre los hallazgos en el registro de entradas y salidas. Se miraron. Ninguno pronunció un nombre. No hacía falta: los dos habían pensado en el mismo par. Pero decirlos en voz alta, dentro de aquellas paredes, era peligroso.
—Hay que tener pruebas —dijo Tara—. Sin pruebas, mi palabra contra la suya no vale nada.
—Entonces salgamos de aquí y busquemos…
Justo cuando se proponían abandonar el salón, una voz sedosa resonó a sus espaldas.
—Detective especial Tara. Qué sorpresa verla aquí.
Era el consejero.
12. La confrontación
Selgus avanzó por el salón con paso lento, con las manos cruzadas a la espalda. Sus ojos recorrieron a Tara, luego al policía de casco calado a su lado, y se detuvieron un segundo de más.
—Me dicen que sus investigaciones avanzan, detective. Cuénteme. ¿Qué ha descubierto?
—Tengo algunas pistas —respondió Tara con cautela—. Pero nada concluyente.
—Detalles.
—Prefiero informar directamente a su majestad.
El consejero dio un paso más.
—Yo soy el consejero real, detective. Los informes al rey pasan por mí. Le exijo que me diga qué sabe.
—Cuando tenga algo firme, lo sabrá.
—¿Se niega? —La voz de Selgus bajó hasta ser casi un susurro, y eso la hizo más amenazante—. Cuidado, detective. Su falta de cooperación tiene un costo. Y yo puedo llevar esto hasta las últimas consecuencias.
Tara sintió que el aire se le espesaba. Y entonces, las puertas del salón se abrieron de golpe.
Era el rey Igor en persona. Entró con paso firme, no sabía lo que estaba pasando, pero su rostro se iluminó al ver a la detective.
—¡Detective Tara! Aún no concluyen las cuarenta y ocho horas, el plazo que le di para traerme avances y ya está usted aquí. La escucho.
—Majestad —dijo ella, inclinándose—, si me permitís, preferiría hablar con vos en privado.
—No. —El rey levantó una mano—. Quiero cuentas ahora, aquí mismo. Con mi consejero a mi lado.
Tara respiró hondo. No tenía salida.
—Majestad, espero que mis palabras sean recibidas con benevolencia, pues las pistas que tengo aún no son concluyentes. Pero ante vuestra real petición, os declaro lo siguiente —hizo una pausa nerviosa. Sentía un nudo en la garganta—. Tenemos, en este momento, dos posibles sospechosos y una teoría sobre cómo se sustrajo la esfera del salón.
Otra pausa, más larga. Aunque no fuera una acusación formal, podía derivar en brutales consecuencias si decía los nombres de los dos sospechosos.
—Tenemos indicios para sospechar que el ladrón no es un mago, ni un forajido que supiera de la existencia de vuestra esfera, ni alguien de fuera del reino. Es posible que esté aquí mismo. Alguien cercano a vos. Alguien de vuestra corte.
Tara no se atrevió a decir nombres.
El rey se estremeció.
—Dame nombres. Quiero saberlo todo. Ahora.
Cuando Tara estaba a punto de comenzar a hablar, el consejero la cortó:
—Majestad, lo que esta mujer os dice es una total mentira. Nadie en la corte se atrevería a tanto. —Señaló al policía de casco calado—. Y, además, ¿quién es este sujeto que jamás han visto mis ojos?
La tensión llegó a su punto más alto. Tara no tuvo más opción que decir la verdad.
—Majestad, el hombre que veis aquí es Farid, el mago. Ha sido clave para avanzar en las investigaciones.
—¡Es un prófugo de la justicia! —bramó el consejero—. ¡Guardias! ¡Guardias!
En segundos, la guardia real irrumpió en el salón y rodeó a Tara y a Farid con las lanzas en alto.
—¡Y vos, Tara —siguió el consejero, con los ojos brillantes—, sois cómplice de un ladrón y fugitivo! ¡Fuiste tú, fueron ustedes!¡Traidora a vuestro reino y a vuestro rey!
Los guardias los tomaron presos. Tara intentó hablar, una vez más, pero el consejero la calló con un gesto y exigió que los retiraran de la presencia del rey. Tara y Farid se sintieron más perdidos que nunca. Al fondo, Colosus, escondido tras una columna, gimió bajito.
Entonces las puertas volvieron a abrirse, esta vez con estruendo. Entró el comandante Roshan, acompañado de guardias reales, gendarmes y, tras ellos, un prisionero encadenado que se quedó fuera del salón.
—Majestad —dijo el comandante con voz firme—: hemos dado con vuestra esfera. Y sabemos quién fue el ladrón.
Presentó la esfera recuperada, envuelta en un paño, y el propio rey, con manos temblorosas, la colocó de nuevo sobre el pedestal dorado, en medio del salón.
13. Se descubre la verdad
El rey suspiró de alivio y felicitó al comandante. Luego, su mirada se endureció y se clavó en Tara y en Farid.
—Yo también sé quién es el ladrón. O, mejor dicho, quiénes son los ladrones. Ambos recibirán todo el peso de la ley.
—Majestad —intervino el comandante al ver que Tara estaba detenida—, os ruego que me escuchéis. La detective Tara es inocente. Gracias a ella llegamos a la esfera.
—¿Cómo osáis contradecir al rey Igor? —rugió el consejero.
El comandante no se inmutó. Se volvió hacia el trono.
—La verdad es muy distinta, majestad. Tara misma me envió un mensaje con la pista que nos condujo hasta la esfera.
El rey, atónito, miró a Tara. —Habla —dijo, con un seco gesto de la mano.
Tara dio un paso al frente.
—Majestad, las pistas falsas durante mi investigación, y la insistencia en culpar al mago, me hicieron sospechar de alguien con motivos suficientes para interesarse en la esfera. Así que, antes de venir aquí, envié una nota al comandante.
El comandante sacó de su capa un pliego con el sello de Tara y se lo tendió al rey.
—Esta es la nota, majestad. Prueba de que dice la verdad.
—El hecho de que el comandante Roshan haya encontrado la esfera gracias al mensaje que le envié confirma mi sospecha —continuó Tara—. Ahora puedo decirlo con seguridad: el ladrón es… Navid.
El rey abrió el pliego, estupefacto. Solo decía:
“Con premura revisen la casa y propiedades de Navid. — Detective Tara”
—Majestad —agregó ella—, Farid, aquí presente, pudo haber huido, pero se quedó a ayudarme, gracias a él ahora tengo elementos suficientes para deciros que Navid no lo hizo solo, hay un cómplice más. Es alguien de la corte, muy cercano a vos. Permitidme continuar la investigación para levantar un caso sólido y libraros de este súbdito desleal…
—No será necesario, detective —dijo el comandante Roshan, con calma—. Hemos registrado la casa de Navid. Allí encontramos un carrete de hilo encerado y un uniforme manchado de hollín de tejado. Navid nos lo ha confesado todo: fue él quien esperó arriba y tiró del hilo, y también quien plantó las pistas falsas. Y nos dijo quién pensó el plan. Con permiso de su majestad, procederemos a su detención en este momento.
El silencio en el salón era tan denso que podía oírse el crepitar de las antorchas. El comandante volvió el rostro hacia el consejero. Su mirada era fija, su voz firme.
—Selgus, quedas arrestado por planear y participar en el robo de la esfera. ¡Guardias, deténganlo!
14. La resolución
Selgus no huyó. Se quedó de pie, muy quieto, su semblante fuerte y seguro se quebró.
—Sí —dijo—. Lo planeé yo. Levanté la cubierta en la oscuridad, mientras la princesa hablaba. Metí la esfera en la bolsa y Navid tiró del hilo desde la claraboya. —Miró al rey con ojos afligidos—. Pero lo hice por vos, majestad. Por el reino. Cada día dependíais más de esa esfera para decidir. Ya no confiabais en nadie, ni siquiera en mí. Lo hice por una buena causa. Os pido misericordia.
El rey guardó silencio un momento. Se sentía traicionado. Cuando habló, su voz era serena, pero no tenía nada de blanda.
—No, Selgus. No hay misericordia para quien me robó con mentiras y sembró culpas en inocentes. Sin embargo, tenías razón en lo que veías, pero te equivocaste en lo que hiciste. Si tanto te preocupaba, debiste decírmelo de frente, mirándome a los ojos. Yo te hubiera escuchado.
Los guardias se llevaron a Selgus y a Navid. El salón quedó en silencio.
El rey descendió del trono. Se acercó a Tara y a Farid, y ante los ojos de toda su corte, inclinó la cabeza.
—Os pido perdón —dijo—. A ambos. Os traté como culpables sin mirar las pruebas.
Miró la esfera, brillando quieta sobre el pedestal.
—Tara, vos me demostrasteis que la verdad no siempre aparece por arte de magia: hay que buscarla con paciencia, mirar los detalles, y muy importante, con la ayuda de personas con la capacidad, inteligencia y visión para encontrar las respuestas que necesitamos. Y vos, Farid, me enseñasteis que quien parece engañar a todos puede ser el más honesto de la sala. Yo tenía en mis manos un genio capaz de responder cualquier pregunta, y aun así no supe ver lo que ocurría ante mis propios ojos, ante mi propio espejo.
Hizo una pausa.
—El genio puede decirme lo que fue y lo que es, pero jamás lo que será. Esa parte, la del futuro, nos toca decidirla a nosotros con lo que hacemos hoy. Y eso no es solo cosa de reyes. Cualquier persona que deja que otros decidan siempre por ella, que otros piensen siempre por ella, termina por olvidar su propia voz. Escuchar es sabio. Pero al final, cada quien tiene que pensar con su propia cabeza y decidir con su propio corazón, sabiendo que a veces se equivocará, y que equivocarse, y aprender de ello, también es parte de crecer. Y la confianza, esa sí, no se pregunta: se gana, poco a poco, y se ofrece con el mismo cuidado.
Levantó la voz para que todos oyeran:
—A partir de ahora, el genio responderá solo en la Noche de la Esfera, una vez al año. El resto del tiempo, este rey pensará por sí mismo.
Una ovación recorrió el salón. El rey nombró a Tara directora de detectives del reino. Y declaró a Farid libre de todo cargo, con permiso para presentarse desde ese día, ante quien quisiera oírlo, como el mejor mago de toda la comarca.
Hubo música, banquetes y risas. Farid sacó pañuelos de colores de la manga de un músico, hizo aparecer una paloma en la corona de una condesa y, con una reverencia, sacó de detrás de una columna a Colosus, que meneaba la cola con orgullo. El perro recibió tantas caricias y pedazos de pastel que casi no pudo caminar.
Y esa noche, cuando los sirvientes apagaron las antorchas del salón, el rey Igor no susurró ninguna pregunta a la esfera. Se quedó un momento en la oscuridad, respirando tranquilo, y sonrió. Por primera vez en mucho tiempo no necesitaba que nadie le dijera qué hacer: ya sabía que la luz volvería a encenderse, y que el camino hasta ella lo caminaría él.
Fin.