| Mensaje: | Nunca somos demasiado pequeños para cumplir una gran misión y llevar amor al mundo. |
| Valores: | Esperanza, amor, empatía, resiliencia, generosidad, confianza, compasión. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 9 minutos |
El perrito que miraba las estrellas
En una ciudad tan grande y bulliciosa que parecía nunca dormir, vivía un pequeño perrito. Desde cachorro aprendió a caminar entre autos veloces, bicicletas que pasaban rozándole la cola, y personas que siempre iban con prisa, sin notar que él estaba ahí, observándolo todo con curiosidad y esperanza.
Este perrito era callejero, de pelo suave pero algo despeinado, ojos tiernos color miel, patas ágiles y orejas atentas a cualquier movimiento. Aunque pequeño, tenía habilidades extraordinarias: encontraba comida, reconocía a las personas buenas con solo mirarlas, y sabía cómo sobrevivir con inteligencia entre los peligros diarios de la gran ciudad.
Durante el día recorría calles y parques en busca de alimento y caricias ocasionales, pero su momento favorito era la noche, cuando la ciudad descansaba un poco y la oscuridad del cielo cedía el protagonismo al brillo de las estrellas.
Cada noche elegía un lugar seguro, casi siempre un pequeño jardín abandonado, debajo de un puente o algún parque, y contemplaba el infinito cielo. Su corazón latía más fuerte ante aquella inmensa belleza. Miles de estrellas parpadeaban, y él sentía que podían hablarle directamente a su corazon perruno.
—Qué grande es el universo —pensaba el perrito— y qué pequeño soy yo. Aunque sea pequeño, puedo brillar como esas estrellas. Debe haber algo más allá de estas calles. Tengo que descubrir mi propio camino, cómo alcanzar mis propias estrellas.
Sus sueños iban más allá de jugosos huesos o deliciosa comida. Su deseo era profundo y sincero: quería entregar todo el amor que guardaba en su corazón. Sabía que había nacido para algo más grande que buscar migajas en el suelo de la gran ciudad.
Un día, mientras paseaba por el parque, el aroma de pan recién hecho llamó su atención. A lo lejos, vio a una pareja sentada sobre una manta disfrutando de un picnic.
—Mira, Justino, qué perrito tan lindo nos observa —comentó Montserrat, señalándolo con ternura.
—Seguramente tiene hambre. Parece callejero —respondió Justino mientras sacaba un panecillo con mantequilla.
El perrito, prudente, se acercó lentamente. Justino extendió la mano ofreciéndole alimento, y al mirarlo fijamente, el perrito reconoció inmediatamente la bondad en sus ojos. Movió alegremente la cola y tomó la comida con gratitud.
—Parece tan noble —dijo Montserrat acariciando la cabeza del perrito.
—Sí, Montse, es especial. No entiendo cómo alguien pudo abandonarlo —respondió Justino pensativo—. Pero, ¿cómo podríamos cuidarlo nosotros? Apenas tenemos tiempo para nosotros mismos.
—Tienes razón… Es triste, pero así es la vida a veces —comentó Montserrat con un suspiro.
Cuando Montserrat y Justino partieron, el perrito los siguió hasta su auto, como si supiera que ellos podrían cambiar su destino. Con cierta tristeza, la pareja se marchó dejándolo atrás.
Esa noche, mirando nuevamente las estrellas, el perrito susurró en su corazón:
—Sé que hay algo más allá para mí. No me rendiré hasta encontrarlo.
La vida continuó con sus vueltas inesperadas. Semanas después, Justino y Montserrat visitaron a unos amigos. Desde el jardín vieron a un perrito descansando junto a un árbol.
—Montse, ¿no es el mismo perrito del parque? —preguntó Justino, sorprendido.
—¡Sí, es él! —respondió Montserrat emocionada.
Justino se acercó lentamente, y el perrito reconoció aquella bondad familiar, levantándose y moviendo la colita con entusiasmo.
—¿De quién es este perrito? —preguntó Montserrat a sus amigos.
—De nadie, va y viene. A veces lo alimentamos —respondieron.
Justino y Montserrat pasaron una tarde muy agradable en casa de sus amigos. Al acabar la reunión y despedirse, vieron nuevamente a aquel dulce perrito, como si los hubiera estado esperando todo ese tiempo. El perrito los siguió hasta su coche con pasos alegres y seguros, y justo cuando estaban por subirse, ambos se detuvieron un instante para mirarlo; allí estaba él, observándolos fijamente con esos ojos tiernos y llenos de esperanza.
—Mira cómo nos mira, Justino… ¿Crees que podamos hacer algo por él? —preguntó Montserrat conmovida.
Justino reflexionó por un momento, y una idea brillante llegó a su mente:
—Montse, ¿recuerdas que mi papá ha querido un perrito que le haga compañía? Este perrito podría ser perfecto para él.
—¡Sí! Además, tiene algo especial en su mirada, como si deseara compartir algo importante —respondió Montserrat convencida.
Esa noche, por primera vez, el perrito durmió en un hogar. Lo llevaron al veterinario, quien confirmó lo que sospechaban: un poco bajo de peso, pero era sano, fuerte, inteligente y lleno de cariño. Justino llamó a su padre, Alberto, un médico pediatra retirado que dedicaba su tiempo a atender niños en comunidades apartadas.
—Papá, creo que he encontrado la mascota ideal para ti. Mañana iremos a visitarte —dijo Justino al teléfono.
El encuentro entre el perrito y don Alberto fue mágico. Desde el primer instante en que sus miradas se cruzaron, supieron que eran el uno para el otro y que estaban destinados a compartir algo muy especial.
Don Alberto notó rápidamente la empatía, tranquilidad y sensibilidad del perrito hacia los demás. Lo que más llamó su atención fue la costumbre del perrito de contemplar las estrellas cada noche.
—¿Qué miras tanto en el cielo, amiguito? ¿Qué secretos te cuentan las estrellas? —preguntó Alberto mientras acariciaba con ternura al perrito, quien simplemente respondió con una tierna mirada. Alberto recordó un lejano pero poderoso sentimiento que había sentido desde pequeño: siempre hay algo más grande y hermoso que podemos alcanzar si nos atrevemos a soñar.
Como si una chispa brillante se hubiera encendido en su corazón, don Alberto sonrió y dijo:
—Desde hoy te llamarás Adel, porque al mirar las estrellas sueñas alto, igual que yo cuando era niño. Adel significa “nobleza”, y no he visto ser más noble que tú.
Así fue como Adel tuvo finalmente un nombre. Alberto decidió llevarlo a sus viajes voluntarios, y entonces Adel comprendió cuál era la misión que había esperado toda su vida: entregar amor, alegría y esperanza a los niños enfermos y sus familias.
Adel visitó hospitales, hogares humildes y pueblos alejados. A cada persona regalaba una mirada cálida, un abrazo peludo o simplemente la compañía silenciosa y sincera que tanto reconforta.
Cada noche, al terminar la jornada, Adel levantaba nuevamente la mirada hacia el cielo. Ahora no se sentía pequeño ni insignificante. Se sentía parte del universo, como si cada estrella estuviera allí orgullosa, celebrando sus logros.
—Ahora lo sé —pensó Adel—, el universo no es grande para hacernos sentir pequeños, sino para recordarnos que somos capaces de brillar tan intensamente como cualquier estrella.
Y así, Adel, el perrito que miraba las estrellas, cumplió su mayor sueño: entregar su amor, sin condiciones, haciendo del mundo un lugar más cálido, amable y hermoso.
Desde entonces, cada niño que conocía a Adel, al mirar hacia el cielo recordaba que nunca somos demasiado pequeños para lograr algo grande, ni demasiado insignificantes para llenar de amor el corazón del mundo entero.
FIN
Maravilloso cuento y gran mensaje!