| Mensaje: | Al enfrentar nuestros miedos y desafíos, descubrimos el potencial y la fortaleza que llevamos dentro. |
| Valores: | Autonomía, valentía, perseverancia, resiliencia, aprendizaje, confianza en uno mismo |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 7 minutos |
SIMÓN EL CAMALEÓN
En un frondoso bosque, vivía un camaleón llamado Simón. Su piel era de un vibrante color verde limón, y sus grandes ojos saltones parecían siempre estar buscando algo interesante, aunque en realidad rara vez lo hacía. Simón prefería pasar sus días relajado, enrollando su larga cola en las ramas de los árboles y observando las hojas moverse con el viento.
Aunque tenía habilidades asombrosas, como cambiar de color y lanzar su lengua para cazar insectos a gran distancia, nunca las utilizaba realmente. Prefería que sus padres se encargaran de todo: le traían comida, le advertían de los peligros y lo protegían de cualquier amenaza.
Una tarde, después de verlo dormir casi todo el día, sus padres decidieron que era hora de que Simón aprendiera a valerse por sí mismo. “Simón”, dijo su madre suavemente, “has crecido lo suficiente, y es momento de que descubras el mundo por tu cuenta”. Su padre añadió: “Sabemos que puede dar miedo, pero es necesario que aprendas a cazar, a adaptarte y a enfrentarte a los retos que la vida te pondrá”.
Simón no podía creer lo que estaba oyendo. “¿Salir al bosque? ¿Solo? ¡Eso es una locura!”, protestó, pero sus padres fueron firmes. Le prepararon con consejos y lo acompañaron hasta el límite de su hogar, donde Simón, con el corazón encogido, dio el primer paso hacia lo desconocido.
La primera prueba: El charco traicionero
El sol brillaba intensamente y Simón comenzaba a sentir el calor sofocante. Sus patas se hundían en la hojarasca seca mientras avanzaba lentamente, con la lengua colgando de cansancio. “No puede ser tan difícil sobrevivir solo”, pensó, aunque ya empezaba a extrañar la comodidad de su hogar. De pronto, vio un charco de agua cristalina rodeado de musgo, y decidió que era el lugar perfecto para refrescarse. Sin dudarlo, bajó de la rama en la que estaba y se acercó al borde del agua.
Pero justo cuando estaba a punto de beber, notó que algo se movía en el agua. Antes de que pudiera reaccionar, un enorme sapo saltó del lodo, con la boca abierta y listo para atraparlo. Simón sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Nunca antes había estado en una situación tan peligrosa. Sin tiempo para pensar, cerró los ojos y se concentró. Poco a poco, su piel comenzó a cambiar de verde limón a un tono marrón oscuro, mimetizándose con las hojas secas y el barro del suelo.
El sapo, confundido, miró alrededor buscando a su presa, pero no logró encontrarlo. Después de unos momentos, se dio por vencido y volvió a sumergirse en el charco. Simón, aún temblando, se quedó inmóvil hasta que estuvo seguro de que el peligro había pasado. “Quizás esto de cambiar de color no sea solo un truco”, murmuró para sí mismo, impresionado por lo que acababa de lograr.
La segunda prueba: La tormenta repentina
Horas después, el cielo comenzó a nublarse. Un viento frío soplaba entre los árboles, y las hojas danzaban frenéticamente. Simón miró hacia el horizonte con preocupación. “¿Qué está pasando?”, se preguntó mientras notaba cómo las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer. Antes de que pudiera buscar refugio, una tormenta estalló sobre él. Rayos iluminaban el bosque y el ruido de los truenos hacía vibrar las ramas.
Simón intentó moverse rápidamente, pero el suelo estaba resbaladizo y lleno de barro. De repente, una ráfaga de viento lo desequilibró y casi lo hizo caer. Con un movimiento rápido, utilizó su cola prensil para aferrarse a una rama. Mientras la tormenta rugía, Simón recordó las palabras de su padre: “Tu cola es tu mejor aliada. Úsala con sabiduría”. Se balanceó lentamente hasta alcanzar un refugio entre las hojas grandes de un árbol, donde el agua apenas lo alcanzaba.
Allí, enrollado y temblando, observó el paisaje desolador. Los rayos iluminaban el bosque y el sonido de la lluvia era ensordecedor, pero Simón permaneció en su escondite, tranquilo y paciente. “Si mantengo la calma, esto pasará”, se dijo a sí mismo. Y tenía razón. Poco a poco, la tormenta amainó y los rayos de sol volvieron a iluminar el bosque. Simón, aunque agotado, se sintió orgulloso de haber superado otra prueba.
La tercera prueba: La cacería
Con el estómago vacío y un nudo de hambre que no podía ignorar, Simón sabía que era hora de cazar. Desde pequeño, había visto a sus padres lanzar su lengua con precisión para atrapar insectos, pero nunca lo había intentado por su cuenta. Subió a una rama alta y comenzó a buscar. Sus ojos, que podían moverse de forma independiente, escanearon el entorno en todas direcciones. Finalmente, vio un grillo saltando entre las hojas.
Simón sintió su corazón acelerarse. ¿Y si fallaba? ¿Y si el grillo escapaba? Pero no podía permitirse el lujo de dudar. Cerró uno de sus ojos, enfocó al grillo con el otro y, con un movimiento relámpago, lanzó su lengua hacia la presa. Para su sorpresa, el grillo quedó atrapado en el extremo pegajoso de su lengua. Lo trajo de vuelta a su boca y lo masticó lentamente, disfrutando de su primera victoria.
“¡Lo hice! ¡Puedo cazar por mí mismo!”, exclamó emocionado. Esa pequeña victoria le dio confianza. A partir de ese momento, Simón comenzó a explorar más y a cazar con regularidad, perfeccionando sus habilidades y descubriendo lo fuerte que podía ser cuando lo intentaba.
El encuentro con su familia
Pasaron varias semanas desde que Simón dejó su hogar. Ahora, el bosque se sentía como su lugar. Había aprendido a moverse con agilidad, a adaptarse al clima y a cazar con éxito. Pero lo que no sabía era que, durante todo ese tiempo, su familia lo había estado observando a lo lejos. Querían asegurarse de que estuviera bien y estaban maravillados con los cambios en él.
Un día, mientras Simón descansaba bajo una hoja grande, escuchó unas voces familiares. Era su madre, su padre y sus hermanos. “¡Simón!”, exclamaron emocionados mientras se acercaban. “Estamos tan orgullosos de ti”, dijo su madre con lágrimas en los ojos. “Has demostrado ser valiente, resiliente y capaz de enfrentarte a cualquier reto”.
Simón se emocionó al verlos y entendió por primera vez por qué lo habían enviado al bosque. “Gracias por empujarme a salir de mi zona de confort”, les dijo. “Ahora sé que puedo enfrentar cualquier cosa que se me presente”.
Moraleja
El cambio y lo desconocido pueden dar miedo, pero cuando enfrentamos los retos con valentía, aprendemos a descubrir habilidades y fortalezas que no sabíamos que teníamos. Así como Simón, todos podemos adaptarnos y convertirnos en nuestra mejor versión.