| Mensaje: | El talento y los dones se usan mejor para ayudar a los demás que para acumular riquezas, y la codicia termina por perderse a sí misma. |
| Valores: | Generosidad, creatividad, perseverancia, humildad, integridad, solidaridad, bondad, ingenio. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 11 minutos |
El pincel mágico de Ma Liang – 神笔马良
Cuento popular tradicional chino.
Hace mucho tiempo, en una aldea pequeña de la antigua China, vivía un niño llamado Ma Liang. No tenía padre ni madre, ni casa propia, ni una sola moneda en los bolsillos. Pero sí tenía algo que ningún rico podía comprarle: una gran creatividad y unas ganas enormes de dibujar.
Ma Liang era un niño muy pobre, sin dinero para pinceles ni pintura, pero desde que despertaba, sus manos buscaban qué pintar. Con una rama trazaba peces en la arena de la orilla, y con un trozo de carbón dibujaba gallos en los muros. Cuando llovía, dibujaba nubes con el dedo mojado sobre las piedras del río. Y cuando el sol secaba el agua, volvía a empezar.
Para comer, Ma Liang cortaba hierba en las colinas y la vendía a las familias que tenían animales. Pero al volver, al caer la tarde, siempre se detenía a mirar el vuelo de las grullas, el lomo de los búfalos o las ondas del agua, y después los dibujaba con tanto cuidado que parecía que iban a moverse.
—Si tuviera un pincel de verdad —suspiraba—, dibujaría el mundo entero.
Se acercó muchas veces a la casa de un maestro de pintura, con la esperanza de que le regalara un pincel viejo. El maestro apenas lo miró.
—Los pinceles no son para los niños pobres —le dijo—. Anda, vuelve a tu hierba.
Ma Liang bajó la cabeza, pero no dejó de dibujar. Y así pasaron los meses, y su mano se volvió tan segura que cualquiera que lo veía trabajar se quedaba en silencio.
El anciano del sueño
Una noche, cansado después de tantas horas bajo el sol, Ma Liang se quedó dormido sobre su manta de paja. En el sueño, una luz suave llenó el cuarto y apareció un anciano de barba blanca como la nieve, con una sonrisa amable.
—Ma Liang —le dijo—, te he visto dibujar sin descanso, aunque nadie te dio nada. Eso merece una recompensa.
Y le entregó un pincel que brillaba como si estuviera hecho de oro.
—Con este pincel, todo lo que dibujes cobrará vida. Úsalo con buen corazón.
Ma Liang quiso darle las gracias, pero el anciano se desvaneció como la niebla al amanecer. El niño despertó de golpe y, al abrir la mano, descubrió que sostenía algo. Era el pincel dorado, tan ligero como una pluma.
El primer dibujo
Con el corazón latiéndole fuerte, Ma Liang salió al patio. Mojó el pincel en un charco, se agachó junto a la pared y dibujó un pájaro, con sus plumas, su pico fino y sus ojos brillantes. Apenas trazó el último detalle, el pájaro sacudió las alas, estiró el cuello y soltó un trino claro como una campanilla. Después voló sobre el tejado y desapareció entre los árboles.
Ma Liang se quedó con la boca abierta.
—¡Es verdad! —susurró—. ¡Es verdad!
Probó con un pez, y el pez nadó en el aire. Probó con una flor, y la flor perfumó el patio entero. Entonces comprendió el regalo que había recibido, y también la responsabilidad que traía consigo.
El pincel al servicio de la aldea
Ma Liang quería dibujar cosas que ayudaran a los demás. Pensó en los vecinos de su aldea, que eran tan pobres como él. Muchos labradores no tenían un buey para arar, y los campos secos esperaban la lluvia. Algunas familias no tenían ni una lámpara para las noches de invierno.
Una mañana, un anciano labrador lloraba junto a su campo agrietado, porque no podía trabajar la tierra.
—Abuelo —le dijo Ma Liang—, déjeme probar.
Dibujó un buey grande y fuerte, de lomo ancho, y el animal salió del muro, sacudió la cabeza y empezó a tirar del arado como si hubiera nacido para ello. El labrador estaba sorprendido y feliz, no sabía si reír o llorar.
Después Ma Liang dibujó una noria junto a un arroyo seco, y el agua empezó a correr por los surcos. Dibujó lámparas para los que no tenían luz, azadas para los que no tenían herramientas y telares para las mujeres que querían tejer. En poco tiempo, la aldea pobre empezó a respirar de otra manera. Los campos reverdecieron, las casas se llenaron de calor y los vecinos dejaron de pasar hambre.
—Este niño es un regalo del cielo —decían todos.
Ma Liang no quería gracias ni recompensas. Con una sonrisa, volvía a guardar el pincel y seguía su camino. Sabía que aquel don no era para su provecho, sino para ayudar.
La noticia llega al palacio
Pero una historia así no se queda quieta. De boca en boca, de mercado en mercado, la noticia del niño del pincel mágico fue viajando por los caminos, hasta que llegó al palacio del emperador.
El emperador, un hombre ambicioso, siempre en busca de más oro y más poder, escuchó el rumor con los ojos muy abiertos.
—Un pincel que da vida a lo que dibuja… —murmuró—. Con él podría llenar mis arcas de monedas y mis jardines de tesoros. ¡Que me lo traigan!
Los soldados salieron en busca de Ma Liang y lo encontraron en su aldea. Lo llevaron hasta el palacio sin dejarle decir una palabra, y lo presentaron ante el trono.
—Muchacho —dijo el emperador—, tengo entendido que posees un pincel prodigioso. Quiero que dibujes para mí. Te daré todo lo que pidas.
Ma Liang lo miró con calma.
—Majestad, este pincel solo sirve para quien lo usa con buen corazón. Yo lo uso para ayudar a los que no tienen nada. No sé dibujar para quien quiere más de lo que necesita.
El rostro del emperador se endureció.
—Si no dibujas por las buenas, dibujarás por las malas. ¡Que lo encierren hasta que se arrepienta!
Ma Liang guarda su secreto
Los soldados llevaron a Ma Liang a una habitación del palacio y le quitaron el pincel. Pero cuando el emperador lo tomó con sus propias manos y empezó a dibujar una moneda de oro, el trazo salió torcido y la moneda no brillaba. Dibujó otra, y salió peor. El pincel no obedecía a quien lo quería para sí.
—¡Este pincel no sirve! —rugió el emperador—. ¡Es una burla!
Entonces comprendió que solo Ma Liang podía manejarlo. Hizo que lo trajeran de nuevo y cambió de táctica. Con voz melosa le dijo:
—Muchacho, si dibujas para mí, te haré rico. Tendrás un palacio, sirvientes y todo el oro que desees. Pero si te niegas, te quedarás aquí para siempre.
Ma Liang bajó la cabeza como si se hubiera rendido.
—Está bien, Majestad —dijo con suavidad—. Dibujaré lo que desee.
El emperador se frotó las manos, y sus cortesanos sonrieron satisfechos. Pero Ma Liang ya estaba pensando, y su mente, tan rápida como su mano, había encontrado un plan.
La montaña de oro
—¿Qué quiere que dibuje, Majestad? —preguntó con inocencia.
—¡Una montaña de oro! —respondió el emperador, con los ojos brillantes—. ¡Una montaña tan grande que reluzca desde lejos!
—Será un honor —dijo Ma Liang, y levantó el pincel.
Primero dibujó el mar, con olas anchas y azules que se extendían hasta el horizonte. El emperador frunció el ceño.
—¿Y la montaña?
—Ya viene, Majestad.
En medio del mar dibujó una isla, y sobre la isla, una montaña enorme que resplandecía con luz dorada. El brillo fue tan intenso que todos los presentes tuvieron que entrecerrar los ojos. El emperador se puso en pie, sin aliento.
—¡Es mía! —exclamó—. ¡Quiero ir allí ahora mismo!
—Entonces necesitará un barco —dijo Ma Liang con suavidad—. Con su permiso, lo dibujaré.
El emperador asintió con impaciencia. Ma Liang trazó un barco ancho, con velas rojas y mástiles firmes, y el barco se meció sobre el mar recién nacido. El emperador, acompañado por sus ministros y por los soldados que no querían perderse una sola moneda, subió a bordo con prisa.
—¡Más rápido! —ordenó—. ¡Que esta nave vuele hacia la montaña!
—Hará falta viento, Majestad —respondió Ma Liang.
Y dibujó una brisa suave que empujó el barco hacia las aguas profundas.
—¡Más! —gritó el emperador—. ¡Más viento!
Ma Liang dibujó otra ráfaga más fuerte. Las velas se hincharon, y el barco se alejó de la orilla.
—¡Más aún! —bramó el emperador, sin mirar atrás—. ¡Quiero llegar ya!
Entonces Ma Liang pintó un viento tan grande que levantó olas altísimas, y el cielo se llenó de nubes oscuras. El barco giró sobre sí mismo y se perdió en la tormenta. Las olas lo envolvieron, y el emperador, con toda su codicia, desapareció tras ellas. Nunca se volvió a saber de él, ni de su montaña de oro.
Cuando el viento se calmó, el mar volvió a ser solo un dibujo sobre el muro del palacio, con su isla dorada y su cielo despejado. Y Ma Liang, con el pincel en la mano, ya no veía soldados ni cortesanos a su alrededor. Todos se habían quedado en silencio, con los ojos muy abiertos.
El regreso al camino
Ma Liang salió del palacio sin que nadie se atreviera a detenerlo. Guardó el pincel con cuidado, como quien guarda un secreto, y regresó a los caminos.
Desde entonces, recorrió pueblos y aldeas, cerca y lejos. Allí donde encontraba una familia sin comida, dibujaba un campo fértil. Si encontraba un río seco, dibujaba una fuente. Si encontraba a un niño que miraba el mundo con ojos de artista, le enseñaba a sostener un pincel y a mirar con atención.
La gente lo recibía con alegría, le ofrecía un plato de arroz y le pedía que se quedara. Ma Liang agradecía, dormía una noche bajo un techo amable y al amanecer seguía su camino.
Algunos dicen que aún camina por las aldeas con su pincel dorado, y que cuando una lluvia llega justo a tiempo, o cuando alguien encuentra un pájaro cantando en un lugar donde antes había silencio, es que Ma Liang ha pasado por allí.
Fin.