| Mensaje: | La riqueza sin prudencia puede perderse, las apariencias engañan y la bondad y la inteligencia valen más que cualquier tesoro. |
| Valores: | Prudencia, inteligencia, ingenio, valentía, perseverancia, generosidad, bondad, perdón, amor filial, lealtad, justicia. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 12 minutos |
Aladino y la lámpara maravillosa
Basado en el cuento de Las mil y una noches, recogido por Antoine Galland a partir del relato de Hanna Diyab.
Hace mucho, muchísimo tiempo, en una ciudad de tejados dorados y calles que olían a especias, vivía un muchacho llamado Aladino.
Aladino era listo y simpático, pero también travieso y muy holgazán. Su padre, el sastre, había muerto, y su madre, una mujer buena y trabajadora, pasaba las noches hilando para que no les faltara el pan.
—Hijo, ¿cuándo vas a aprender un oficio? —le suspiraba ella.
—Mañana, mamá —respondía Aladino, y se iba a jugar con sus amigos entre los puestos del mercado.
Un día, mientras corría por la plaza, un hombre alto, vestido de negro, lo detuvo. Tenía los ojos oscuros y una sonrisa demasiado amable.
—¡Aladino! ¡Qué parecido eres a mi querido hermano! Soy tu tío, que regresa de tierras lejanas.
Aladino se quedó boquiabierto. Su padre nunca había hablado de ningún hermano. Pero el hombre le regaló monedas de plata y le prometió que le compraría un traje fino y una tienda propia. A Aladino le brillaron los ojos y no hizo más preguntas.
Lo que el muchacho no sabía era que aquel hombre no era su tío, sino un mago malvado venido desde África. Había leído en sus libros antiguos que solo un joven llamado Aladino podía sacar de una cueva secreta una lámpara de poder inmenso.
Al día siguiente, el mago condujo a Aladino fuera de la ciudad, más allá de los campos, hasta un valle solitario entre montañas grises. Allí encendió una hoguera, arrojó unos polvos misteriosos y pronunció palabras extrañas. La tierra tembló, se abrió con un rugido y dejó ver una gran losa de piedra con una argolla de bronce.
—Solo tú puedes levantarla —dijo el mago—. Dentro hay tesoros que serán nuestros. Baja, toma la lámpara de viejo aceite que encontrarás al fondo y tráemela. Y para que nada te pase, llévate este anillo: te protegerá.
Aladino, temblando, deslizó el anillo en su dedo y tiró de la argolla. La piedra se levantó con sorprendente facilidad. Debajo había unos escalones que descendían en la oscuridad.
—No toques nada de lo que veas —le advirtió el mago—. Solo la lámpara.
Aladino bajó. Al final de la escalera se abrió ante él un jardín subterráneo y extraordinario. Los árboles daban frutos que resplandecían como si estuvieran hechos de luz: rojos como rubíes, verdes como esmeraldas, azules como un trocito de mar. Aladino no sabía que eran joyas de verdad, así que llenó sus bolsillos con ellas pensando que eran bonitas piedras de colores para jugar.
Al fondo, sobre un pedestal, encontró una lámpara de aspecto humilde y cubierta de polvo. La tomó, la guardó bajo su camisa y regresó por donde había venido.
Cuando llegó a los últimos escalones, vio la luz del día y la sombra del mago asomado en la entrada.
—¡Dame la lámpara primero! —exigió el hombre, con una voz que ya no era amable.
—Ayúdeme a salir, tío, y se la daré —dijo Aladino.
—¡Primero la lámpara! —gritó el mago, y su rostro se llenó de ira.
Aladino sintió miedo. Algo no estaba bien. Se negó a entregarla, y entonces el mago, furioso, dejó caer la losa de piedra. La cueva quedó sellada y todo se volvió oscuridad.
Aladino lloró, gritó y golpeó los muros durante dos días. Al tercer día, desesperado, juntó las manos para rezar. Al hacerlo, frotó sin querer el anillo.
¡Fuuuum! Una nube de humo azul llenó la cueva y apareció un genio enorme, de cabellos de fuego y voz de trueno.
—¡Soy el esclavo del anillo! ¿Qué deseas, amo?
—¡Sácame de aquí! —pidió Aladino.
En un parpadeo, el muchacho estaba de pie en la puerta de su casa, abrazando a su madre, que lo había dado por perdido.
Aladino le contó todo. Estaban tan hambrientos que decidió vender la vieja lámpara para comprar comida. Su madre tomó un trapo y comenzó a limpiarla para que valiera más.
Apenas la frotó, ¡fuuuum!, un humo espeso lo llenó todo y apareció un genio todavía más grande y poderoso.
—Soy el esclavo de la lámpara. Quien la tenga en sus manos es mi amo. ¿Qué deseas?
La madre gritó y casi se desmayó. Pero Aladino, que era valiente, respondió:
—Tenemos hambre. Tráenos algo de comer.
El genio desapareció y volvió con una mesa servida con platos de plata y manjares exquisitos. Comieron hasta quedar contentos. Desde ese día, Aladino y su madre vivieron con comodidad, pues siempre que necesitaban algo, el genio se lo traía. Aladino aprendió a ser prudente: no pedía más de lo necesario y no presumía de su secreto.
Pasaron los años y Aladino creció. Un día, el sultán ordenó que todos los habitantes se encerraran en sus casas porque su hija, la princesa Badroulbadour, iba a pasar por la ciudad camino del baño. Aladino, curioso, se escondió y la vio cuando levantó su velo. Era la joven más hermosa que había visto jamás, y desde ese instante supo que quería casarse con ella.
Le contó a su madre lo que sentía. Ella se asustó:
—¡Hijo, es la hija del sultán! ¡Nosotros somos gente humilde!
Pero Aladino insistió. Su madre, con un cesto lleno de aquellas piedras de colores que Aladino había traído de la cueva (ahora sabían que eran joyas de un valor increíble), se presentó ante el sultán y pidió la mano de la princesa para su hijo.
El sultán, deslumbrado por el regalo, no sabía qué decir. Su visir, que quería casar a la princesa con su propio hijo, le susurró al oído:
—Pida a ese muchacho un precio muy alto, Majestad. Así lo olvidará.
El sultán carraspeó.
—Tu hijo podrá casarse con la princesa si me envía cuarenta bandejas de oro macizo, llenas de joyas, llevadas por cuarenta sirvientes.
La madre volvió a casa desanimada, pero Aladino sonrió y frotó la lámpara. El genio apareció y, antes de que pasara una hora, una larga procesión de cuarenta bandejas relucientes avanzaba por las calles rumbo al palacio. La gente se asomaba a las ventanas con la boca abierta.
El sultán quedó maravillado, pero el visir aún intentó retrasar la boda. Sin embargo, Aladino siguió siendo paciente y educado. Pidió al genio un traje de seda, un caballo majestuoso y un séquito de nobles, y se presentó ante el sultán, quien lo recibió con admiración.
—Quiero que mi hija tenga un palacio digno de ella —dijo el sultán.
—Majestad —respondió Aladino con una reverencia—, déjeme ocuparme de eso.
Esa noche, el genio de la lámpara levantó, en un solo suspiro, un palacio como nunca nadie había soñado: muros de mármol blanco, ventanas de cristal, techos de oro y un jardín lleno de fuentes cantarinas. En el salón principal había una torre con veinticuatro ventanas, y en las paredes brillaban piedras preciosas de todos los colores.
Al día siguiente, la ciudad entera lo contemplaba asombrada. Aladino y la princesa Badroulbadour se casaron entre flores, música y banquetes que duraron muchos días. Aladino era amable con todos: ayudaba a los pobres y repartía alimentos, y el pueblo lo quería.
Durante varios años vivieron felices.
Pero en una lejana tierra, el mago africano, mirando en sus libros mágicos, descubrió con espanto que Aladino no solo había salido de la cueva, sino que era rico y poderoso. Entendió que la lámpara estaba en su poder, y la rabia lo consumió. Viajó durante semanas hasta llegar a la ciudad.
Esperó a que Aladino saliera de caza y, disfrazado de vendedor, paseó frente al palacio gritando con voz cantarina:
—¡Lámparas nuevas por lámparas viejas! ¡Cambio lámparas nuevas por viejas!
La gente se reía de él. Pero la princesa, que no sabía el secreto de la lámpara vieja que su esposo guardaba en un estante, pensó que sería una buena sorpresa regalarle una nueva y reluciente. Se la entregó a una criada, y el mago, con una sonrisa torcida, tomó la lámpara y la cambió por otra brillante.
En cuanto la tuvo en sus manos, la frotó.
—Oh, genio de la lámpara, llévate el palacio con la princesa dentro y colócalo en mi tierra, en África.
Ese mismo instante, el palacio se elevó entre nubes y desapareció del horizonte.
Cuando Aladino regresó, no encontró más que un enorme hueco vacío donde antes estaba su hogar. El sultán, enfurecido y desolado, ordenó que lo arrestaran.
—¡Tienes cuarenta días para devolverme a mi hija! —bramó.
Aladino salió de allí con el corazón roto, pero sin rendirse. Caminó por la orilla del río, pensando. Entonces, sin darse cuenta, frotó el anillo que aún llevaba en el dedo, y el genio del anillo apareció ante él.
—¡Amo! ¿Qué deseas?
—Devuélveme el palacio y a mi esposa —pidió Aladino.
—Eso no puedo hacerlo —respondió el genio con pesar—. Solo el genio de la lámpara puede deshacer lo que él hizo. Pero sí puedo llevarte hasta donde está tu palacio.
En un instante, Aladino voló por los aires y descendió bajo la ventana de la princesa, en tierras lejanas. Ella lo vio y sus ojos se llenaron de lágrimas de alegría.
—Perdóname por haber cambiado la lámpara —dijo Badroulbadour—. No sabía lo que hacía.
—No es tu culpa —respondió Aladino con dulzura—. Fue un engaño, y todos podemos ser engañados. Ahora pensemos cómo recuperarla.
La princesa le contó que el mago guardaba la lámpara siempre sobre su pecho. Entre los dos, idearon un plan: ella fingiría haber perdonado al mago e invitaría a cenar. Aladino, por su parte, consiguió unos polvos dormidores y los disolvió en una copa de vino. Luego se ocultó detrás de una cortina del gran salón, desde donde podría vigilarlo todo en silencio.
Aquella noche, el mago, creyéndose vencedor, aceptó la invitación. La princesa lo trató con cortesía, le sirvió la mejor comida y, al final, le ofreció la copa.
—Brindemos —dijo ella.
El mago, confiado, bebió. Un instante después, sus ojos se cerraron y cayó pesadamente al suelo. Su magia malvada terminó para siempre.
Aladino salió de su escondite, tomó la lámpara que brillaba entre las ropas del mago y la frotó con suavidad.
—Genio, regresa nuestro palacio a su lugar, junto con todos los que viven en él.
Y así fue. En un abrir y cerrar de ojos, el palacio voló de vuelta sobre montañas, desiertos y mares, y se posó en el mismo sitio donde había estado, ante los ojos asombrados del sultán, que corrió a abrazar a su hija.
—¡Mi querida hija! ¡Mi buen Aladino! ¡Perdóname por haber dudado de ti!
—Todo ha terminado bien, Majestad —sonrió Aladino.
Hubo una gran fiesta que duró siete días, con música, danzas y faroles en cada ventana. Aladino había aprendido que la riqueza sin prudencia puede perderse, que las apariencias engañan y que la bondad y la inteligencia valen más que cualquier tesoro.
Con el tiempo, el sultán, ya anciano, le entregó el trono. Aladino reinó con justicia durante muchos años y fue querido por su pueblo. A su lado siempre estuvieron la princesa Badroulbadour y su madre, a quien jamás dejó de agradecerle su amor y su paciencia.
La lámpara maravillosa se guardó en un lugar seguro, y el genio, desde entonces, solo se despertó cuando era realmente necesario.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.