Mensaje: La bondad, la paciencia y la ternura valen más que cualquier magia, y la magia se agota cuando se usa con ambición.
Valores: Bondad, paciencia, amistad, humildad, gratitud, justicia, resiliencia.
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Ye Xian, la Cenicienta china

Cuento tradicional chino, recogido hacia el año 860 por Duan Chengshi en el Youyang zazu.

Hace mucho, mucho tiempo, en las montañas del sur de China, a las aldeas se las llamaba cuevas, y cada año celebraban una gran fiesta. Allí vivía un jefe llamado Wu. Tenía dos esposas, y cada una le dio una hija. Cuando una de ellas murió, su hija, una niña llamada Ye Xian, quedó al cuidado de la otra esposa.

Ye Xian era lista, paciente y muy hábil con las manos. Su padre la quería mucho. Pero cuando él también murió, la madrastra comenzó a tratarla con dureza. Le daba los trabajos más pesados: recoger leña en lugares peligrosos y traer agua de pozos muy hondos.

Un día, Ye Xian pescó un pececito de apenas dos dedos de largo, con aletas rojas y ojos dorados. Lo llevó a casa y lo puso en un cuenco con agua. El pez creció y creció, y ella tuvo que cambiarlo de recipiente una y otra vez, hasta que ya no cupo en ninguno. Entonces lo llevó al estanque del jardín.

Todos los días, Ye Xian le llevaba un poco de comida. Cuando ella llegaba, el pez asomaba la cabeza y la apoyaba en la orilla. Pero si venía otra persona, se quedaba escondido en el fondo.

La madrastra notó que Ye Xian desaparecía cada día y quiso averiguar adónde iba. Pero cuando se acercó al estanque, el pez no salió.

Entonces la madrastra ideó un plan. Le dijo a Ye Xian:

—Debes de estar cansada. Toma, te doy este vestido nuevo. Ahora ve a traer agua de la fuente que está muy lejos.

En cuanto Ye Xian se fue, la madrastra se puso la ropa de la niña, se acercó al estanque y llamó al pez. Él asomó la cabeza, creyendo que era su amiga. Aquel fue su último día. La madrastra lo cocinó, y el pez, que ya era enorme, le supo mejor que cualquier otro. Luego escondió las espinas bajo un montón de estiércol.

Cuando Ye Xian volvió y el pez no asomó, se fue al campo abierto a llorar. Lloró durante mucho tiempo.

De pronto, desde el cielo bajó un hombre de cabello suelto y ropas sencillas, y le dijo con ternura:

—No llores, pequeña. Tu madrastra mató al pez y escondió sus espinas bajo el estiércol. Ve, recógelas y guárdalas en tu cuarto. Cuando desees algo, pídeselo a ellas y te será concedido.

Ye Xian hizo lo que le dijeron. Y cuando pedía oro, perlas, ropas o comida, las espinas se lo daban, siempre.

Llegó entonces la fiesta de la cueva, el gran festival del año, donde la gente de la región cantaba y bailaba. La madrastra fue con su propia hija y dejó a Ye Xian cuidando los árboles frutales del jardín.

Cuando se alejaron, Ye Xian esperó un rato. Luego corrió a su cuarto, se arrodilló ante las espinas y dijo bajito:

—Me gustaría ir al festival. Solo una vez.

Las espinas brillaron. Ye Xian se vio envuelta en una capa de plumas azules de martín pescador, con un vestido de seda verde y unas zapatillas de oro tan finas que parecían de luz. Y se fue a la fiesta.

Todos la miraban sin saber quién era. Pero su hermanastra la observó con atención y dijo:

—Mamá, esa joven se parece mucho a mi hermana.

Ye Xian lo oyó, se asustó y echó a correr. En la prisa, una de sus zapatillas doradas se le salió y se quedó atrás.

Llegó a casa antes que las otras, se quitó las ropas mágicas y se sentó junto a un árbol del jardín. Cuando la madrastra volvió, encontró a Ye Xian abrazada al tronco, dormida, y no sospechó nada.

Mientras tanto, un habitante de la cueva encontró la zapatilla y la vendió a un comerciante. Pasó de mano en mano, atravesó el mar y llegó hasta el rey de To’han, un reino de islas lejanas.

El rey se la probó a todas las mujeres de su palacio, pero era más pequeña que el pie más pequeño. Probó con todas las mujeres de su reino, y a ninguna le servía. La zapatilla era tan ligera que ni siquiera hacía ruido al pisar la piedra.

Por eso el rey pensó que alguien la había tomado sin permiso y mandó buscar por todas las casas. Así llegaron a la casa de Ye Xian, donde hallaron a la joven. Cuando ella se calzó la zapatilla, encajó perfectamente. Entonces se puso la capa de plumas y las zapatillas, y apareció tan hermosa que parecía una criatura del cielo.

El rey la llevó a su reino, y con ella se llevó las espinas del pez.

Aquel mismo día, desde el cielo cayó una lluvia de piedras sobre la madrastra y su hija, y así terminó su historia. La gente de la cueva, al saber lo ocurrido, sintió compasión: las enterraron en un lugar al que llamaron la Tumba de las Mujeres Afligidas. Y desde entonces, los jóvenes iban allí a pedir un buen matrimonio, porque se decía que lo que se pedía en aquel lugar se cumplía.

El rey de To’han hizo de Ye Xian su reina. Durante el primer año, el rey pidió a las espinas tesoros y riquezas sin medida, y las espinas se los dieron. Pero al año siguiente, cuando volvió a pedir, ya no pasó nada: la magia se había agotado.

Entonces el rey enterró las espinas a la orilla del mar, junto con cien cestas de perlas y un cinturón de oro, esperando poder recuperarlas algún día. Pero una noche la marea subió, y cuando el rey fue a buscarlas, todo había desaparecido. Nunca más se volvieron a encontrar.

Fin.