Mensaje: La alegría y la risa son tesoros que debemos cuidar, pues iluminan nuestras vidas y la de los demás.
Valores: Alegría, colaboración, amistad, perseverancia, gratitud.
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El día que Santa Claus perdió su risa

En el lejano y brillante Polo Norte, Santa Claus era conocido no solo por repartir regalos, sino también por su risa contagiosa:

—¡Ho, ho, ho! —reía con fuerza, alegrando a todos a su alrededor.

Sin embargo, un año, algo muy extraño ocurrió: Santa Claus perdió su risa.

Todo comenzó en la mañana del 23 de diciembre, cuando Santa se despertó y, al probar su primer sorbo de chocolate caliente, intentó reír como siempre:

—¡H… hhh…! —tosió—. ¡Oh, no! ¿Qué está pasando?

Por más que lo intentaba, no podía soltar su famoso ”¡Ho, ho, ho!”. Su risa parecía haberse ido a algún lugar desconocido. Los elfos, preocupados, corrieron al taller.

—¡Santa sin risa no es Santa! —gritó Pip, el elfo encargado de los juguetes.

—¿Cómo repartirá los regalos si no puede reír? —dijo Lila, la elfa de los adornos.

Santa, con cara de preocupación, suspiró:

—Amigos, no podemos permitir que esto arruine la Navidad. ¡Tenemos que encontrar mi risa!

La búsqueda de la risa perdida

Los elfos comenzaron a buscar la risa de Santa por todo el Polo Norte. Revisaron el taller de juguetes, donde pensaron que podría estar escondida entre los ositos de peluche. Nada. Buscaron en la fábrica de galletas, pero solo encontraron galletas mágicas que se reían solas.

—¡No está aquí! —gritó Tar, un elfo muy travieso, con la boca llena de galletas.

—¿Y si la risa está congelada afuera? —preguntó un reno curioso llamado Rodolfo.

Todos corrieron hacia la nieve, y al llegar, encontraron algo increíble: ¡había un pequeño sendero de huellas brillantes que llevaban a una cueva de hielo en lo profundo del bosque!

—¡Sigamos las huellas! —dijo Lila emocionada.

La cueva de las risas olvidadas

Dentro de la cueva, el aire era frío pero mágico. Las paredes brillaban con tonos azules y plateados, y se escuchaban suaves ecos de risas antiguas que rebotaban como campanitas.

—¿Santa? ¿Esta es tu risa? —preguntó Pip, señalando una luz dorada que flotaba en el centro de la cueva.

Santa se acercó y vio cómo su risa, convertida en una pequeña esfera dorada, saltaba de un lado a otro, ¡como si estuviera jugando a las escondidas!

—¡Ah, ahí estás! —dijo Santa con una gran sonrisa—. Parece que mi risa quiso tomarse un descanso.

—¡Atrápala, Santa! —gritaron los elfos.

Santa extendió las manos, y con mucho cuidado, atrapó la esfera dorada. Apenas la sostuvo, sintió una calidez inmensa y su barriga empezó a temblar. ¡La risa regresó de golpe!

—¡Ho, ho, ho! ¡Lo logramos! —exclamó Santa, riendo con más fuerza que nunca.

La cueva entera tembló con su risa, y la luz dorada se extendió por el cielo, iluminando el Polo Norte con un brillo navideño.

La Navidad salvada

Santa y los elfos regresaron al taller justo a tiempo para preparar el trineo. Los renos ya estaban listos, las cartas de los niños ordenadas y los regalos perfectamente empacados.

Santa, aún riendo con ganas, dijo:

—Gracias, amigos. Me recordaron algo muy importante: la risa y la alegría son mágicas, pero hay que cuidarlas siempre.

Y así, esa noche, mientras volaba por el mundo repartiendo regalos, Santa volvió a reír con más fuerza que nunca:

—¡Ho, ho, ho! ¡Feliz Navidad para todos!

Los niños, al escuchar su risa desde sus camas, sonreían felices, porque sabían que Santa Claus estaba cerca, llevando no solo regalos, sino también el espíritu de la Navidad.

Moraleja

La risa y la alegría son regalos muy especiales que debemos cuidar, compartir y nunca perder, porque son la verdadera magia de la Navidad.