Mensaje: La mentira constante destruye la confianza, incluso cuando se dice la verdad.
Valores: Honestidad, Responsabilidad, Confianza, Consecuencias de los actos
Tiempo de lectura: Aproximadamente 7 minutos

El pastor mentiroso

Basada en la fábula escrita por Esopo.

En un amigable pueblo, enclavado en un apacible rincón del mundo —allí donde el tiempo parece detenerse y los campos murmuran con el canto de los insectos— vivía un muchacho llamado Juan, pastor por oficio y soñador por naturaleza.

Cada día, con el alba aún bostezando sobre las colinas, Juan guiaba su rebaño de ovejas hasta lo alto de una verde pradera que se alzaba sobre el pueblo. Allí pasaba las horas bajo la sombra de un viejo roble, contando nubes, imaginando aventuras y escuchando cómo las campanillas de sus ovejas tintineaban con pereza.

Pero con el tiempo, la soledad comenzó a parecerle tediosa, y las nubes, que antes eran dragones, castillos y barcos, ya no le entretenían. Fue entonces cuando una idea traviesa brotó en su mente, como espina disfrazada de flor.

—¿Y si hiciera una broma? —murmuró con una sonrisa pícara.

Al mediodía, bajó corriendo la colina hacia el pueblo, con los ojos muy abiertos y el rostro cubierto de fingido terror.

—¡Un lobo! ¡Un lobo ha venido a devorar mis ovejas! ¡Auxilio, vecinos! ¡El rebaño está en peligro!

Los aldeanos, gente buena y diligente, no dudaron ni un instante. Hombres, mujeres y hasta los niños dejaron sus tareas y corrieron colina arriba, armados con palos, cubos, e incluso una sartén que la señora Bernarda, la panadera, blandía como si fuera una espada.

Mas al llegar al prado, no hallaron más que a Juan, riendo a carcajadas mientras sus ovejas pastaban tranquilas.

—¡Era una broma! ¡Solo quería ver cómo corrían! —decía entre risas.

Los aldeanos, entre molestos y confundidos, regresaron al pueblo murmurando que el chico tenía demasiada imaginación para su propio bien.

Pero Juan, encantado con el efecto de su travesura, repitió la escena unos días después. Corrió de nuevo al pueblo gritando:

—¡El lobo, el lobo ha vuelto! ¡Esta vez es real!

Aunque algo dudosos, los vecinos subieron otra vez. Y una vez más, encontraron solo el viento, las ovejas y a Juan, riéndose con aún más descaro.

—¡Oh, las caras que ponen cuando se asustan! —decía divertido—. Parecen gallinas sin cabeza.

La paciencia del pueblo, sin embargo, no era infinita, y los corazones que antes se llenaban de preocupación comenzaron a endurecerse como pan dejado al sol.

Pasaron algunos días más, hasta que, una tarde en la que el cielo se tornaba gris y el viento olía a tormenta, un verdadero lobo emergió del bosque cercano. Sus ojos brillaban como brasas encendidas, y sus dientes, largos y afilados, destellaban bajo la delgada luz del sol.

Juan, al verlo, sintió cómo el miedo subía por su garganta y le atrapaba la voz. Corrió colina abajo, más rápido que nunca, con los ojos abiertos de par en par y el corazón golpeando como un tambor.

—¡¡El lobo!! ¡Esta vez es verdad! ¡Por favor, ayúdenme!

Pero los aldeanos no se movieron.

—¿Otra broma, Juan? —preguntó el herrero sin levantar la vista de su yunque.

—Tal vez el lobo sea de peluche esta vez —murmuró un anciano entre risas secas.

—Que sus ovejas disfruten del chiste —dijo doña Bernarda, dejando caer la cortina de su ventana.

Juan gritó, suplicó, se arrodilló… pero no hubo respuesta, los habitantes del pueblo no lo auxiliaron, pues pensaron que se trataba de otra de sus bromas.

Cuando regresó al prado, todo era silencio. Las ovejas ya no balaban y el viejo roble parecía guardar un luto silencioso.

El lobo había cumplido su cometido, se había comido a todo el rebaño. Juan había perdido todas sus ovejas. Desconsolado, se dejó caer al pie del viejo roble, con las manos en la cara y el alma hecha pedazos. De manera trágica comprendió el daño que pueden causar las mentiras.

Moraleja:

Aquel que dice mentiras ya no será creído cuando diga la verdad.