Mensaje: El amor familiar y el tiempo compartido valen más que cualquier objeto material.
Valores: Gratitud, empatía, responsabilidad, humildad, amor, conciencia, autocontrol.
Tiempo de lectura: Aproximadamente 12 minutos

Todos los juguetes del mundo

En una ciudad de edificios altos, autos apurados y vitrinas siempre llenas de luces, vivía una niña llamada Martina. Era una niña despierta, dulce y muy inteligente. Tenía los ojos llenos de curiosidad, y en su cuarto guardaba un cuaderno donde anotaba sus ideas y hacía sus dibujos.

Martina tenía de todo: muñecas que hablaban, peluches gigantes, juegos electrónicos, patines, ropa y tenis nuevos todo el tiempo. Sus padres, Gabriel y Valeria, trabajaban muchísimo. Ambos salían temprano, llegaban tarde y, aunque cansados, hacían todo lo posible por darle a su hija una vida feliz. Muchas veces se privaban de cosas para sí mismos, pero nunca escatimaban en regalos para Martina. Querían darle todo lo que ellos no tuvieron cuando fueron niños… y lo hacían con gusto, con amor.

Al principio, ella se emocionaba. Saltaba de alegría cada vez que un paquete nuevo llegaba a casa. Pero con el tiempo, esa alegría empezó a apagarse. Nada parecía suficiente. Cada regalo nuevo era una chispa que se extinguía en cuestión de horas.

—Papá, ¿ya viste la nueva muñeca que habla y canta? ¡La quiero!
—Mamá, estos tenis ya no me gustan. Voy a necesitar otros nuevos —decía Martina, apenas unos días después de haberlos recibido para el nuevo ciclo escolar.

A veces, cuando sus padres no podían comprarle algo, reaccionaba con una actitud grosera:

—¡Todos mis amigos tienen uno! ¡Solo yo no!
—¿Para qué trabajan tanto si no me pueden comprar lo que quiero?

Valeria y Gabriel empezaron a sentirse preocupados. El esfuerzo que hacían parecía invisible para su hija. No se trataba solo del dinero… era la actitud de Martina. Poco a poco, comenzaron a poner límites.

—Martina, no todo lo que ves lo puedes tener.
—Las cosas cuestan. No solo cuestan dinero, también esfuerzo, tiempo, sacrificio.
—No podemos ni debemos darte todo lo que pides.

Martina no lo entendía. Pensaba que sus padres eran injustos. Empezó a encerrarse en su habitación, a evitar conversar. Todo le parecía poco.

Un día, mientras caminaban por el centro comercial, Martina vio una flamante bicicleta morada en una vitrina. Sus ojos se iluminaron.

—¡Papá, esa! ¡Esa es la que quiero para Navidad! ¡Tiene luces en las ruedas, lámpara, velocidades, brilla con la luz y además una bocina con sonidos de animales!

Gabriel se agachó para verla a los ojos y sonrió.

—Uy, mi amor… ¡se ve súper bien! Es una bicicleta muy bonita… y sí, un poco costosa —dijo con tono sincero—, pero vamos a considerarla seriamente para Navidad, ¿te parece? Vamos a ver cómo te portas en las siguientes semanas y entonces decidimos si la compramos.

Martina asintió con ilusión, apretando la mano de su papá.

Pasaron algunos días, y una tarde cualquiera, Gabriel llegó a casa más pálido de lo normal. Se dejó caer en el sofá, respirando lento, agitado. Valeria lo miró con alarma. Martina, desde la cocina, también lo notó.

—¿Papá, estás bien?

Gabriel intentó sonreír.

—Solo me siento un poco débil, mi amor. Es el trabajo… el cuerpo ya no da como antes.

Valeria lo convenció de ir al médico. Después de varias pruebas, llegaron los resultados: presión alta, agotamiento crónico, síntomas de ansiedad y estrés. El doctor fue claro:

—Necesita cuidarse. Está al límite. No puede seguir así.

El ambiente en casa cambió. Había menos risas, más silencios. Martina notaba que las cosas no eran como antes. Ese mes no hubo juguetes nuevos, ni restaurantes, ni siquiera salidas el fin de semana. Todo parecía detenerse.

Una noche, escuchó a su papá hablar con su madre:

—La medicina no está cubierta por el seguro…
—Sí, lo sé, pero no podemos gastar más este mes.
—Martina quiere una bicicleta nueva, pero… ya no sé cómo explicárselo sin herirla.

Martina, escondida tras la puerta, sintió un nudo en el pecho.

Al día siguiente, en la escuela, vio a una compañera mostrar su mochila nueva, con luces y compartimentos secretos. Todos la elogiaban. Martina, en cambio, llevaba una que ya tenía dos años. En ese momento comprendió que las cosas materiales eran solo eso: cosas materiales. Y entendió que su actitud había sido egoísta, sin darse cuenta de cuánto trabajo y sacrificio costaban realmente las cosas.

Esa tarde, al llegar a casa, encontró a su padre recostado en el sillón, con una manta en las piernas, y a su madre preparando sopa en silencio.

—¿Papá? —dijo en voz baja.

Gabriel levantó la vista.

—¿Sí, mi amor?

—Lo siento. Por todo.

Gabriel la miró un poco confundido.

—¿Por qué?

—Por no ver lo cansado que estabas… por enojarme cuando no me compraban algo. Por mi mala actitud. Por no dar las gracias. Por pensar que merecía todo solo porque sí.

Gabriel la abrazó fuerte.

—No te preocupes, pequeña. Lo importante es que ahora estoy mucho mejor y juntos vamos a salir adelante de todo esto. Me ayudas muchísimo cuando veo tus esfuerzos por ser buena alumna y buena hija. Gracias a ti, mi cielo.

Martina bajó la mirada. Luego lo miró a los ojos.

—Papá… ¿puedo decirte algo?
—Claro que sí, puedes decirme lo que quieras.
—Aunque tuviera todos los juguetes del mundo… no serviría de nada si tú no estás bien. Prefiero mil veces un día contigo que una bicicleta que brilla.

Gabriel la volvió a abrazar con fuerza.

—Todo va a estar bien, nena, ya lo verás.

En su corazón y en su mente, Martina se dio cuenta de que no eran la ropa ni los regalos los que llenaban sus días, sino el tiempo compartido en familia: jugar juegos de mesa, caminatas por el parque, cenas en casa sin apuro, pláticas y risas. Con el tiempo, Gabriel se recuperó y tenía más energía para jugar, para escuchar, para simplemente estar. Y en ese estar… todo lo demás comenzó a tener sentido.

Desde entonces, Martina empezó a cuidar más sus cosas, a jugar con los juguetes que ya tenía y a dejar de compararse con los demás. Se volvió más atenta, más agradecida. Descubrió que lo más valioso en la vida no tiene precio: un abrazo sincero, una cena en casa con risas, crecer, estudiar y tener a su familia cerca. Simplemente estar bien. Ahora, cada minuto en familia era más valioso.

Con el tiempo, Martina creció. Y aunque nunca tuvo todos los juguetes del mundo, sí tuvo lo que muchos niños anhelan sin saber: una familia que la amaba, valores que la guiaban, y un corazón que aprendió a ver más allá de lo material.

Porque, al final, lo verdaderamente valioso no se compra.

Fin.