| Mensaje: | La felicidad es una elección diaria que, al compartirse, tiene el poder de transformar a quienes nos rodean. |
| Valores: | Optimismo, amistad, empatía, tolerancia, perdón, resiliencia |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 9 minutos |
Un dinosaurio feliz
En un rincón exuberante y verde de la era mesozoica o la Era de los Dinosaurios, hace aproximadamente 251 millones de años… vivía Anqui, un joven anquilosaurio de color verde brillante. Era un dinosaurio grandote, más o menos del tamaño de un coche mediano, pero muy bajito, casi pegado al suelo. Su cuerpo estaba cubierto de placas duras, como si llevara una armadura hecha de hueso. ¡Era como un tanque de guerra con patas!
Estas placas lo protegían de otros dinosaurios más grandes y hambrientos. Tenía pinchos en la espalda, en la cola, ¡y hasta en los párpados! No eran pinchos para lastimar a nadie sin razón, solo para defenderse. Lo más divertido de Anqui era su cola. ¡Era como un mazo gigante! Al final de la cola, tenía una bola huesuda, como una gran roca. Como sus ancestros, si algún dinosaurio osase molestarlos, ¡pum!, les daba un buen golpe ¡con su cola huesuda!
Anqui era herbívoro, solo comía plantas. Le encantaban las hojas bajas y los helechos. Como era bajito, no tenía que esforzarse mucho para alcanzarlas. Pero a pesar de su aspecto de tanque de guerra con pinchos, el anquilosaurio era un dinosaurio tranquilo y bonachón. Se movía despacio y pasaba la mayor parte del tiempo comiendo plantas. Era como una tortuga gigante con armadura y un mazo en la cola. Pero Anqui no solo destacaba por su aspecto, sino por algo mucho más especial: su felicidad inquebrantable. Anqui era tan pero tan bueno y optimista que en su tribu le llamaban: “Anqui el feliz.”
Desde que nació, Anqui había aprendido a ver lo bueno en todo. Si el sol brillaba, celebraba su calor. Si llovía, bailaba bajo las gotas. Sin embargo, sus vecinos dinosaurios no compartían su entusiasmo.
“¿Por qué siempre estás tan feliz?” gruñía un triceratops malhumorado.
“Debe estar fingiendo,” decían los velociraptors, lanzándole miradas de desprecio.
A pesar de los comentarios, Anqui mantenía su sonrisa y su actitud positiva. Creía firmemente que la vida era demasiado corta como para desperdiciarla en quejas y amarguras.
Un día, mientras exploraba un valle lleno de flores y árboles frondosos, Anqui se encontró con “Rodolfo el Noble”, un enorme brontosaurio de cuello largo y mirada amable. Rodolfo, a diferencia de muchos otros dinosaurios, no juzgó a Anqui por su felicidad. En cambio, se sintió tremendamente intrigado por él y su actitud tan positiva e inspiradora.
“Eres diferente, Anqui,” dijo Rodolfo, inclinando su largo cuello para mirar a su nuevo amigo de cerca. “Me gusta eso.”
Los dos se convirtieron en amigos muy pronto. Paseaban juntos por el valle, compartiendo risas y aventuras. Al tener diferentes estaturas, se complementaban el uno al otro; Anqui le contaba cómo se veía la vida cerca del suelo y Rodolfo le contaba cómo se veían más cerca del cielo. Al verlos juntos, los demás dinosaurios comenzaron a respetar un poco más a Anqui, pero seguían sin creer en su genuina felicidad.
“Tal vez el brontosaurio lo protege y por eso actúa así de seguro de sí mismo…” murmuraban los triceratops con envidia.
“¡Nadie puede ser tan feliz de verdad!” gruñían los velociraptors.
“Son unos ridículos, que se pudran…” dijeron dos jóvenes tiranosaurios con actitudes burlonas y prepotentes.
“Tranquilos chicos. No hay necesidad de expresarse así de esos chicos. Es de pésima educación hablar así…” añadió una madre carnotauro que pasaba por ahí.
Rodolfo, quién además de noble era sabio y observador, tuvo una idea. “¿Por qué no les mostramos que tu felicidad sí es real? Podemos enseñarles una lección a través de pequeñas travesuras y trucos.”
Anqui estaba de acuerdo y sonrió con fuerza. Quería que los demás dinosaurios descubrieran que la felicidad era posible si abrían su corazón y cambiaban su perspectiva. Quería que sintieran lo que él sentía. Que dejar atrás toda esa envidia y amargura que lastimaba sus corazones, y los de los demás…
La primera lección fue para los triceratops. Rodolfo, con su alto cuello, vió a la familia de triceratops pastando en un claro. Anqui, con su sonrisa habitual, se acercó muy campante para hablar con ellos, pero los triceratops lo ignoraron y lo apartaron con un empujón de sus grandes cuernos.
“¿Otra vez tú, pequeño ingenuo?” gruñó el líder de los triceratops.
De pronto, Rodolfo agitó su enorme cola, derribando una fruta jugosa que aterrizó justo frente a los triceratops. Anqui comenzó a jugar con la fruta, rodándola de un lado a otro y riendo con un gozo absoluto, casi infantil. Pronto los triceratops se conmovieron y se unieron al juego.
Con sus anchas patas y torpes cabezas, parecían un poco zonzos y hasta un tanto ridículos, tanto que resultó bastante cómico para todos. Junto a Anqui y Rodolfo, los triceratops rieron tanto, tanto que olvidaron su mal humor.
“Tal vez ser feliz no es tan tonto después de todo,” admitió el líder de los triceratops, sonriendo por primera vez en años.
La segunda lección fue para los velociraptors. Estos dinosaurios rápidos y astutos se burlaban constantemente de Anqui, diciendo que su felicidad era solo una máscara. Un día, mientras los velociraptors planeaban una cacería, Rodolfo y Anqui prepararon una pequeña trampa: llenaron un charco de barro con flores flotantes.
Cuando los velociraptors corrieron hacia el charco, resbalaron y cayeron al barro. Aunque al principio estaban furiosos, no pudieron evitar reírse de lo ridículo que se veían cubiertos de barro y flores en la cabeza.
“Está bien, Anqui,” dijeron entre risas. “Quizás no seas tan tonto como pensábamos… Esta vez ¡sí que nos hiciste reír! Nos caes bien, también tu amigo el grandulón… sigan así.”
La última lección fue para un temible tiranosaurio. Este dinosaurio enorme y feroz era conocido por su mal genio. Rodolfo, con su gran tamaño, distrajo al tiranosaurio mientras Anqui colocaba unas frutas dulces en forma de carita feliz cerca de una roca.
Cuando el tiranosaurio las encontró, las analizó a detalle, acercando su cabeza y mirando de lado esas pequeñas frutillas. “Estas son… tienen forma de… huelen…” Tomó una fruta con sus diminutas manecillas y la arrojó hacia arriba, cachándola con su enorme y dientuda boca. Su humor cambió de inmediato. “Están… ¡Están deliciosas!” dijo el gran depredador con una dulce y dócil vocecilla, olvidando su furia por completo.
“Ves, incluso tú puedes disfrutar de ¡las cosas simples de la vida.!” le dijo Anqui con una sonrisa y gran entusiasmo.
Con cada lección, los dinosaurios comenzaron a cambiar. Aprendieron a apreciar las pequeñas cosas y a disfrutar de la belleza del valle. Se disculparon con Anqui por haberlo juzgado y lo nombraron el dinosaurio más feliz de la historia del valle.
Un día, el valle entero celebró una gran fiesta en honor a Anqui el feliz y Rodolfo el noble. Absolutamente todos los dinosaurios, carnívoros, hervíboros y omnívoros, se reunieron de manera pacífica y armoniosa; todos bailaron, cantaron y compartieron comida vegetariana bajo el cielo estrellado.
Rodolfo el noble pidió a Anqui que diera unas palabras para todos sus ahora amigos. El tímido anquilosaurio, quien no estaba acostumbrado a hablar en público, se sonrojó y dudó en hacerlo. Todos lo miraban con ternura y con ganas de escucharlo, por lo que para complacer al público y a su noble amigo, venció su miedo a dar un discurso público.
“Queridos amigos, queridos hermanos. Como han aprendido en carne propia, ser feliz no es una tontería, ni algo ridículo” dijo Anqui en su discurso. “Es una elección de todos los días. Y cuando eliges la felicidad, ayudas a otros a encontrarla también. Gracias por compartir su felicidad conmigo.”
Rodolfo añadió con una sonrisa: “Así es, Anqui. La felicidad es contagiosa. Y la vida es mucho más hermosa cuando la compartes con amigos, seres queridos y aquellos que irradian felicidad. Gracias, amigo, por enseñarnos eso cada día.”
Moraleja:
La felicidad no es algo que suceda por casualidad. Es una elección que podemos tomar cada día, y esa elección tiene el poder de inspirar y transformar a quienes nos rodean.