| Mensaje: | Dormir también es una aventura cuando se hace con amor, paciencia y conexión. |
| Valores: | Paciencia, amor, empatía, comprensión, responsabilidad. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 6 minutos |
El gatito que no se quería dormir
En algún lugar de la Argentina, en una casita en el campo, vivía un travieso y adorable gatito llamado Rulo. Tenía las patitas suaves como algodón, los bigotes curiosos como antenas y una energía que no se acababa ni después de corretear diez veces por el sofá.
Era de noche, y el cielo estaba tan oscuro como una caja de crayones negros. Las estrellas titilaban allá arriba, diciendo: “¡Es hora de dormir!”
Pero Rulo tenía otros planes.
—Rulitooo —canturreó mamá gata con voz dulce, mientras lo arropaba entre mantitas con estampado de ratoncitos—. Ya es hora de cerrar los ojitos y dormir, mi amor.
Rulo parpadeó lentamente, puso su mejor cara de “gatito inocente” y dijo:
—Mamá… necesito hacer ejercicio. Quiero ponerme fuerte como los gatos ninja.
—¿Ejercicio a esta hora? Pero mi amor, qué cosa estás pensando… ¿Cómo vas a querer ponerte a hacer abdominales ahora, si hasta la luna ya se puso la pijama?
—¡Voy a hacer abdominales! Uno, dos, tres… ¡Ay, me dio un calambre!
Mamá gato lo volvió a arropar con mucha paciencia.
—Listo, corazón. Ahora sí, a dormir como Dios manda… Buenas noches, mi cielo.
Pero Rulo tenía otra idea.
—Mami… tengo sed. ¿Me traés un vaso de agua? Pero con dos hielitos. Me gusta que suene “clin-clin”.
Mamá gato fue, le trajo el agua (sin hielitos, porque ya se habían derretido), y lo volvió a cubrir.
—Tomá, tesoro. Está fresquita. Y ahora sí, a soñar con sardinitas bailando.
—Espera, mami… ¿podemos hablar un poquito? Es importante. Es sobre… los bigotes de la vecina. Creo que son postizos.
—Ay, Rulo… ¡los bigotes de la vecina! Justo ahora se te ocurre. No sé si son postizos, mi amor, pero lo que sí sé es que vos deberías estar soñando con los tuyos, no chusmeando los de otros.
—¡Es en serio!
—No digo que no… pero ahora, a dormir.
—Ok, ok… pero antes… ¿puedo marcarle a abuelita? Tengo que contarle que el sol ya se fue a dormir. ¡Seguro no lo ha notado!
Mamá gato lo miró con ojos tiernos pero firmes.
—Ay, hijito, no… no ves la hora que es. La abuelita seguro ya está más dormida que un oso perezoso después de un asado.
Rulo soltó una risita, pero no se dio por vencido.
—Mamá… ¿me hacés un masajito en la espalda? Me ayuda a dormir…
—Bueno, vení… así… despacito. ¿Así está bien?
—No, un poquito más a la izquierda… ¡Uy! Me hiciste cosquillas. ¡Jajaja!
—Rulo… basta, por favor. No es momento de jugar al gatito cosquilludo.
—Pero mami, quiero esperar a papá. Me duermo hasta que llegue.
—Tu papá está en una reunión muy importante del club de los gatos dormilones. Y vos, con esa carita, podrías ser presidente honorario… si cerraras los ojitos.
—Bueno, está bien… pero contame un cuento.
—Ay, mi amor… me encantaría, pero ya es muy, muy tarde. Mañana, si te dormís temprano, te cuento uno bien bonito. Te lo prometo.
Rulo frunció el ceño. Sus orejitas se bajaron un poco. Luego miró a mamá gato con su mirada más dramática.
—Estoy muy cansado para dormir…
—¿Cómo es eso, mi cielo? Eso no tiene ni pies ni cabeza. Estás tan cansado que ni vos sabés qué decís.
—¡Sí tiene! Estoy tan cansado que no puedo ni cerrar los ojitos.
—Ay, por favor… sos un artista del drama. Cerrá los ojitos nomás, y vas a ver cómo se te pasa.
—¡Y si prendés un poquito el radio? El trato es este: si en 10 minutos no me duermo, lo apagás. Si sí me duermo, lo dejás prendido toda la noche… bajito, ¿sí?
Mamá gato se le quedó viendo fijamente. Luego habló con calma y determinación.
—Escuchame bien, Rulo. Te estoy hablando con cariño, sin levantar la voz, como una mamá buena. Pero si no me ayudás un poquito, me voy a tener que poner firme, ¿eh? Mañana vas a estar hecho un trapo, y no te voy a despertar, te aviso.
Rulo abrió los ojos como platos. Luego bajó las orejitas. Luego suspiró. Luego… se acurrucó.
Mamá gato suavizó la voz.
—Vamos a probar algo nuevo, ¿sí? Mirá…
Se acostó a su lado, puso una pata suave en su espalda y le dijo:
—Vamos a respirar juntitos. Yo cuento y vos respirás. Inhalá… 1, 2, 3… exhalá… 1, 2, 3, 4, 5…
Rulo obedeció.
—Ahora, imaginá que estás en un prado suave, lleno de mariposas. Ellas vuelan lento, como tus pensamientos. Flotan… y se alejan…
Rulo bostezó.
—Y cae una lluvia de estrellas que te acaricia el lomito. Mmmm… y todo tu cuerpecito se pone blandito como puré de sardinas.
Rulo cerró un ojo… luego el otro…
—Sos un gatito dormilón… muy, muy dormilón…
Y justo cuando mamá gato pensó que ya se había dormido, Rulo murmuró con voz soñolienta:
—Mami…
—¿Sí, mi amor?
—¿Me prometés que mañana me contás un cuento?
Mamá gato sonrió y le dio un beso en la frente.
—Prometido, mi vida. Y no uno… ¡dos, si querés!
Y así, por fin, el pequeño Rulo se quedó profundamente dormido… soñando con gatos ninja, bigotes postizos, abuelitas dormilonas, radios encendidos y uno que otro ratoncito saltarín.
Fin.