Mensaje: La esperanza y la imaginación pueden llevarnos a lugares maravillosos donde siempre hay un sueño esperándonos.
Valores: Esperanza, imaginación, amistad, ilusión, confianza, gratitud, generosidad, tranquilidad.
Tiempo de lectura: Aproximadamente 8 minutos

El gran cofre de los sueños

Había una vez una niña llamada Lina, de cabello castaño y sonrisa luminosa, que como todos los niños tenía noches de sueños hermosos… y otras en las que los sueños no eran tan buenos y le costaba descansar.

Una mañana, en la escuela, su amigo Mateo le dijo emocionado:

—¡Lina, soñé algo increíble! Encontré un cofre mágico en medio de un bosque de estrellas. Dentro había sueños preciosos, como un castillo hecho de caramelos y un río de música. ¡Es el cofre de la leyenda!

Los ojos de Lina brillaron.
—¿Un cofre? ¿De una leyenda? ¿De verdad?

Mateo asintió con la certeza de quien ha vivido algo especial.
—Sí. Dicen que cualquier niño puede soñar con él. No importa si tu día fue bueno o difícil, lo importante es tener un corazón lleno de esperanza para encontrarlo en tus sueños.

Esa tarde, Lina decidió contárselo a sus padres.

—Papá, mamá… ¿ustedes han escuchado hablar de un cofre de los sueños? —preguntó mientras cenaban.

Su mamá sonrió con dulzura.
—Sí, hija. Es una antigua leyenda. El Cofre de los Sueños está en el mundo de los sueños, y puede abrirse para cualquier niño que lo llegue a encontrar dentro de sus sueños. No es algo tan sencillo de lograr, pero cuando era niña recuerdo que algunos niños me contaron que lo habían encontrado.

—Es verdad, yo también escuché esa leyenda. Es muy bonita porque a pesar de lo bueno o malo que pase en nuestras vidas —añadió su papá—, ese cofre siempre guarda un lugar para ti, porque dentro de él hay cosas bonitas esperando.

Lina abrió los ojos con ilusión.
—¡Yo quiero encontrarlo!

Aquella noche, se puso su pijama de lunares, se lavó los dientes y se acomodó en su cama. Cerró los ojos y pensó:
—En mis sueños puedo ser tan feliz, libre y afortunada como yo quiera, voy a soñar con algo hermoso.

Poco a poco, el mundo de los sueños la envolvió.

Primero apareció un sendero de arena dorada que brillaba como si pequeñas luciérnagas vivieran en cada grano. Lina caminaba descalza y sentía el calorcito suave bajo sus pies.

A cada paso, escuchaba sonidos mágicos: el canto lejano de un pajarito y el murmullo de un río que no llevaba agua, sino estrellas líquidas y brillantes.

Lina se detuvo a mirarlas. Algunas estrellas se elevaban como burbujas luminosas y explotaban en pequeños arco iris.
—¡Qué hermoso! —susurró, con los ojos muy abiertos.

De pronto, el camino se abrió a un campo lleno de flores. Cada flor tenía un color distinto y al rozarlas con sus manos, las flores se movían como si quisieran bailar con ella. El aire olía a chocolate caliente y a galletas recién horneadas, tan dulce y reconfortante que Lina sonrió sin darse cuenta.

Mientras avanzaba, un viento suave sopló y la llevó flotando hacia un valle donde había árboles altísimos. Sus hojas eran campanitas de cristal que al chocar entre sí sonaban como música de cuna. Lina levantó la mirada y vio nubes que se movían despacio, como almohadas que la invitaban a descansar.

Entonces, apareció un puente hecho de arco iris. Lina lo cruzó y, al final, bajo un cielo lleno de constelaciones en forma de animales sonrientes, encontró el Cofre de los Sueños.

El cofre era dorado y resplandecía con una luz cálida. Tenía grabados en forma de lunas, estrellas y manos infantiles. Al acercarse, sintió que el corazón le latía despacio, tranquilo.

Cuando lo abrió, una brisa suave y luminosa se extendió alrededor. Dentro había sueños guardados como pequeños globos de cristal que flotaban y se movían con suavidad. Cada uno brillaba de un color distinto y, al acercar la mano, Lina podía ver el sueño que contenía.

Uno mostraba una paloma amable que enseñaba a volar, otro un día soleado y tranquilo en la playa, y otro un bosque donde los árboles contaban cuentos. Había sueños de mares de algodón de azúcar, de trenes que viajaban por el cielo, de animales que hablaban con voz dulce.

—¡Es maravilloso! —susurró Lina, con los ojos llenos de ilusión.

Y no estaba sola. De pronto, escuchó risas suaves. Eran otros niños que también habían llegado al Cofre. Algunos de su escuela, otros que no conocía, pero todos compartían la misma emoción en sus miradas.

—¡Lina! —gritó Mateo—. ¡Lo lograste!

Ella sonrió y decidió compartir uno de sus propios sueños: un jardín donde las mariposas tenían alitas hechas de arco iris y volaban regalando abrazos de colores. Cuando lo depositó en el cofre, se unió a los demás, y todos brillaron un poco más.

Los niños exploraron juntos los sueños. Se balancearon en columpios de nubes, nadaron en ríos de luz, corrieron detrás de burbujas gigantes que al estallar contaban chistes suaves que los hacían reír. Y cuanto más jugaban, más tranquilos y felices se sentían.

Finalmente, una brisa acarició a Lina, como si el cofre le dijera: “Aquí siempre habrá sueños esperándote. Vuelve cuando quieras.”

Al despertar por la mañana, Lina se sintió feliz y descansada. Tenía la certeza de que el cofre existía de verdad.

Sin importar si pasas por tiempos buenos o malos, cuando llega la noche podrás acostarte con la ilusión de encontrar el cofre y descubrir nuevos sueños que están esperando por ti.

Fin.