| Mensaje: | Escuchar los consejos de los mayores puede protegernos de peligros innecesarios. |
| Valores: | Obediencia, prudencia, responsabilidad, amor familiar, valentía |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 7 minutos |
La Caperucita Roja
Cuento tradicional recopilado por los Hermanos Grimm
Había una vez una niña chiquita y muy linda, que todos querían con solo verla, pero quien más la quería era su abuelita, que no sabía qué darle a la niña para hacerla feliz. Un día le regaló una caperuza de terciopelo rojo, y como le quedaba tan bien y no quería usar otra cosa, todos comenzaron a llamarla Caperucita Roja.
Un día su mamá le dijo:
—Ven, Caperucita Roja, aquí tienes un pedazo de pastel y una botella de vino. Llévaselos a tu abuelita, que está enferma y débil, y con eso se va a sentir mejor. Ponte en camino antes de que haga mucho calor, y cuando vayas por el bosque, camina derechito y no te salgas del sendero, porque te puedes caer y se te rompe la botella, y la abuelita se queda sin nada. Y cuando llegues a su casa, no se te olvide decir “buenos días” antes de andar viendo por todos lados.
—Haré todo bien —dijo Caperucita Roja dándole la mano a su mamá.
La abuelita vivía en medio del bosque, a media hora del pueblo. Cuando Caperucita entró al bosque, se encontró con el lobo. Pero como no sabía que era un animal malo, no le tuvo miedo.
—Buenos días, Caperucita Roja —le dijo el lobo.
—Gracias, lobo.
—¿A dónde vas tan temprano, Caperucita?
—A casa de mi abuelita.
—¿Y qué llevas debajo del delantal?
—Pastel y vino. Ayer horneamos, y mi abuelita está enferma, así que le llevo esto para que se reponga.
—¿Y dónde vive tu abuelita, Caperucita?
—Todavía hay que caminar un buen rato por el bosque, bajo tres encinos grandes está su casa. Abajo hay unos arbustos de nuez, seguro ya sabes cuál es —le dijo Caperucita.
El lobo pensó: “Esta niña tiernita es un bocado delicioso, ¡seguro sabe mejor que la viejita! Tengo que actuar con astucia para quedarme con las dos.”
Entonces caminó un rato al lado de Caperucita y le dijo:
—Mira nomás qué flores tan bonitas hay por aquí. ¿No escuchas cómo cantan los pajaritos? Caminas como si fueras a la escuela, ¡y es tan bonito el bosque!
Caperucita levantó la vista, y al ver cómo los rayos del sol bailaban entre los árboles y lo lleno que estaba todo de flores hermosas, pensó: “Si le llevo un ramo fresco a la abuelita, seguro también se alegra. Aún es temprano, seguro llego a tiempo.”
Así que se salió del camino y se fue al bosque a recoger flores. Pero cada vez que cortaba una, veía otra más bonita más adelante, y se metía más y más al bosque.
Mientras tanto, el lobo se fue directo a casa de la abuelita y tocó la puerta.
—¿Quién es?
—Soy Caperucita, traigo pastel y vino, ábreme.
—Empuja la manija —dijo la abuelita—, estoy muy débil y no puedo levantarme.
El lobo empujó la puerta, entró sin decir nada, fue directo a la cama y ¡se la tragó entera! Luego se puso su ropa, se acomodó su gorrito, se acostó en la cama y cerró las cortinas.
Caperucita, mientras tanto, había estado juntando flores. Cuando ya no podía cargar más, se acordó de su abuelita y se fue de nuevo al camino. Se sorprendió al ver que la puerta estaba abierta, y al entrar en la habitación, sintió algo muy extraño.
Pensó: “Ay, Dios mío, qué miedo me da hoy estar aquí, ¡si siempre me gusta venir con la abuelita!”
Gritó “¡Buenos días!”, pero no hubo respuesta. Se acercó a la cama, abrió las cortinas, y vio a su abuelita, con el gorro tapándole casi toda la cara, y que se veía muy rara.
—Abuelita, ¿por qué tienes las orejas tan grandes?
—Para oírte mejor.
—Y esos ojos tan grandes, ¿para qué son?
—Para verte mejor.
—¿Y esas manos tan grandes?
—Para agarrarte mejor.
—¡Pero abuelita! ¡Qué boca tan grande tienes!
—¡Para comerte mejor!
Y apenas dijo eso, el lobo saltó de la cama ¡y se tragó a la pobre Caperucita!
Después de saciar su hambre, el lobo volvió a acostarse y se quedó profundamente dormido, roncando fuertísimo. Justo pasaba por ahí un cazador y pensó: “¿Cómo ronca esta viejita? Mejor entro a ver si necesita ayuda.”
Entró a la habitación y al acercarse a la cama, vio al lobo acostado ahí.
—¡Te encontré, viejo pecador! —dijo—. ¡Hace rato que te ando buscando!
Iba a disparar su escopeta, pero pensó que tal vez el lobo se había tragado a la abuelita y que aún podía salvarla. Así que en vez de disparar, sacó unas tijeras y empezó a abrirle la panza al lobo dormido. Apenas hizo un par de cortes, vio el gorrito rojo brillar, y después de otros cuantos, ¡salió la niña!
—¡Ay, qué oscuro estaba dentro del lobo! —exclamó Caperucita.
Y luego también salió viva la abuelita.
Caperucita trajo rápido unas piedras grandes. Se las metieron al lobo en la panza, y cuando despertó y quiso echarse a correr, el peso de las piedras fue tanto que cayó muerto al instante.
Los tres estaban muy felices: el cazador le quitó el pellejo al lobo y se lo llevó a casa, la abuelita se comió el pastel y se tomó el vino que le trajo Caperucita, y se sintió mucho mejor.
Caperucita Roja pensó:
“Nunca más me voy a salir del camino y meterme al bosque sola, si mi mamá me ha dicho que no lo haga.”
Fin.