| Mensaje: | Nunca subestimes a nadie por su tamaño; incluso el más pequeño puede tener un gran impacto. |
| Valores: | Gratitud, Humildad, Amistad, Bondad, Empatía, Solidaridad |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 6 minutos |
Fábula del león y el ratón
Basada en la fábula escrita por Esopo.
En la inmensa sabana africana, donde las sombras se alargan como serpientes al atardecer y el aire huele a tierra caliente, dormía plácidamente el Rey León. Su melena era un fuego dorado esponjado por la brisa, y su hocico —grande, húmedo y vibrante— descansaba sobre sus patas como una corona sobre un trono. Nada lo molestaba. Ni los elefantes al fondo. Ni los tambores del viento. Ni siquiera una tormenta de chicharras.
Hasta que…
¡PIP-PIP-PIP-PIP!
Un ratoncito diminuto, apurado como si llevara un reloj invisible, corría como un loco escapando de una bandada de aves ruidosas. En su desesperada carrera, tropezó, cayó, rebotó y…
¡ZAS!
Le pasó por la nariz al mismísimo león.
—¿¡GRRAAARGHH!? —rugió el león, despertando de golpe, con un parpadeo tan lento como el pestañeo del sol al amanecer.
Antes de que el ratón pudiera decir “¡Ay, mis bigotes!”, una garra gigante lo sujetó contra el suelo.
—¿¡Quién se atreve a despertar a mí, Mako, rey de las fieras y señor de esta sabana!? —tronó el león con voz de trueno tragado por un tambor.
—¡Oh, majestad, magnánimo y peludo! —chilló el ratón temblando como una hoja de pasto en tormenta—. ¡Fue sin querer! ¡No me comas! ¡Te lo ruego!
El león arqueó una ceja peluda. Un ratón. ¡Un mísero ratón! ¿Qué daño podía hacerle?
—¿Y por qué no debería? Eres apenas un bocado… ¡crujiente!
—¡Porque si me dejas ir, te lo juro por todas las nueces del mundo que algún día te devolveré el favor!
El león lanzó una carcajada que hizo volar a una bandada de flamencos a kilómetros de distancia.
—¡Tú ayudarme! ¡Tú, una mota de polvo con cola! —rugió divertido—. ¡Muy bien, ratoncito valiente! Me has hecho reír. Hoy no morirás. ¡Corre y no mires atrás!
Y el ratón, con el corazón a punto de salirse por las orejas, corrió sin mirar atrás… aunque tropezó dos veces con una roca y una caca de ñu en el camino.
Pasaron los días. El sol seguía su rutina de pintar y despintar la sabana. Y una mañana, cuando Mako el león acechaba sigiloso a una cebra, ¡ZAS!, cayó en una trampa. Una red de cazadores humanos, fuerte y bien tejida, cayó desde las ramas como una telaraña de hierro.
—¡GRRAAAAAAAHHHHH! —rugió, pero la red no se rompía.
Pateó. Mordió. Zamarreó. Se enredó aún más.
Los animales de la sabana escucharon sus rugidos, pero nadie se atrevía a acercarse. Nadie… excepto uno.
Desde debajo de una piedra, el ratoncito —ahora con una hoja a modo de capa— reconoció la voz.
—¡Es él! ¡El león! —exclamó.
Corrió como un rayo hacia la trampa, trepó por la red como si fuera un juego de sogas y, con sus dientecillos afilados como navajas, comenzó a roer una de las gruesas cuerdas.
RAK—RAK—RAK—RAK
El león, atónito, dejó de rugir.
—¿Ratón…?
—¡Te dije que te lo pagaría! —respondió él, sin dejar de roer.
RAK—RAK—¡CRAACK!
Una cuerda cedió. Luego otra. Y otra. Hasta que…
¡PLAF!
La red cayó a un lado. El león, con la melena alborotada y los ojos como platos, quedó libre.
Se miraron un instante. Largo. Silencioso. Profundo.
Entonces el león sonrió, como solo sonríen los que aprenden algo muy grande.
—Gracias, pequeño. Nunca imaginé que un corazón tan valiente pudiera caber en un cuerpo tan pequeño.
Moraleja
Nunca subestimes a nadie por su tamaño. Incluso el más pequeño puede tener el poder de cambiar el destino de alguien mucho más grande. La bondad, como las semillas, florece donde menos lo esperas.