| Mensaje: | La responsabilidad, el esfuerzo y la previsión son claves para enfrentar los peligros y superar las dificultades. |
| Valores: | Responsabilidad, esfuerzo, prudencia, trabajo en equipo, solidaridad. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 8 minutos |
Los Tres Cerditos
Hace mucho, mucho tiempo, en el corazón de un verde y espeso bosque, vivían tres cerditos con su madre. Cada uno tenía una personalidad muy diferente: el más pequeño era juguetón y despreocupado, el segundo algo más responsable pero aún algo perezoso, y el mayor, muy trabajador y sabio.
Un día, la madre reunió a sus tres hijos y les dijo con voz dulce pero firme:
—Ha llegado el momento de que cada uno construya su propia casa y viva por su cuenta. Pero recuerden, mis pequeños, ¡el bosque es hermoso pero también peligroso! Tengan cuidado con el lobo feroz.
Los tres cerditos se despidieron de su madre con abrazos y besos, y partieron por distintos caminos, felices y emocionados por comenzar sus nuevas vidas.
El cerdito menor, que solo pensaba en jugar, decidió construir su casa con paja.
—¡Así terminaré rápido y tendré tiempo de sobra para cantar y bailar! —dijo, mientras reía y tarareaba una melodía.
En poco tiempo, su casa estuvo lista. Se recostó a la sombra de un árbol y comenzó a cantar:
¿Quién teme al lobo feroz, al lobo, al lobo?
¿Quién teme al lobo feroz? ¡Yo no!
El cerdito del medio era un poco más precavido. Quería una casa más fuerte, pero no quería trabajar demasiado, así que usó madera.
—No será la más fuerte, pero al menos es mejor que la de paja —se dijo mientras clavaba tablas.
Al terminar su casa, fue a buscar a su hermano menor para jugar en el bosque. Se burlaban del mayor, que aún trabajaba:
—¡Vamos! ¡Ya terminamos nuestras casas! ¿Por qué tanto esfuerzo?
Y juntos cantaban:
¿Quién teme al lobo feroz, al lobo, al lobo?
¿Quién teme al lobo feroz? ¡Yo no!
Mientras tanto, el cerdito mayor trabajaba sin descanso. Sabía que el bosque era hogar del temido lobo feroz, así que eligió ladrillos resistentes y construyó una sólida casa con ventanas fuertes, una puerta de madera gruesa y una chimenea bien alta.
—Puede que tarde más, pero estaré seguro —dijo con determinación.
Cuando sus hermanos lo invitaron a jugar, él respondió:
—El lobo siempre está al acecho. ¡Más vale prevenir!
No pasó mucho tiempo antes de que el lobo feroz oliera algo delicioso: ¡cerditos frescos! Con sigilo, se acercó a la casa de paja.
—¡Cerdito, cerdito! ¡Déjame entrar! —gruñó el lobo con voz espeluznante.
—¡No, no y no! ¡Ni aunque me lo pidas de rodillas! —gritó el cerdito, temblando.
Entonces el lobo dijo con fiereza:
—¡Soplaré, y soplaré, y tu casa derribaré!
Inhaló profundamente, infló su pecho y… ¡Sopló con todas sus fuerzas! La casa de paja salió volando, y el cerdito escapó gritando rumbo a la casa de madera.
El cerdito menor llegó corriendo y gritó:
—¡El lobo viene! ¡Derribó mi casa!
Su hermano lo dejó entrar, y juntos cerraron la puerta de madera. Pero no pasó mucho hasta que escucharon la voz del lobo otra vez:
—¡Cerditos, cerditos! ¡Déjenme entrar!
—¡No, no y no! —gritaron los cerditos.
—Entonces… ¡Soplaré, y soplaré, y su casa derribaré!
El lobo sopló con todas sus fuerzas. Las ventanas temblaron, las paredes crujieron… ¡Y la casa de madera cayó en pedazos!
Los dos cerditos corrieron sin mirar atrás, directo a la casa del hermano mayor.
—¡Hermano, ayúdanos! ¡El lobo viene y ya destruyó nuestras casas! —gritaron con lágrimas en los ojos.
El cerdito mayor abrió la puerta rápidamente y los dejó entrar. Cerró bien con cerrojo y les dijo:
—Tranquilos, esta casa resistirá.
Poco después, el lobo llegó y gritó:
—¡Cerditos, cerditos! ¡Déjenme entrar!
—¡No, no y no! —respondieron los tres a coro.
—Entonces soplaré, y soplaré, y su casa derribaré.
El lobo sopló una vez. Luego otra. Y otra más. Pero la casa no se movió ni un ladrillo. Enojado, pensó en un nuevo plan: escalaría al techo y entraría por la chimenea.
Pero lo que no sabía era que los tres cerditos lo esperaban con una gran olla de agua hirviendo bajo la chimenea.
Cuando el lobo se deslizó hacia abajo…
¡SPLASH!
—¡AAAAAAUUUUU! —aulló de dolor, y salió corriendo por el bosque, quemado y humillado, sin volver jamás.
Los tres cerditos se abrazaron y agradecieron al hermano mayor por su sabiduría y esfuerzo. A partir de entonces, vivieron juntos en la casa de ladrillo, aprendiendo a trabajar con esmero y sin burlarse del que piensa con el corazón y con la cabeza.
Y claro, nunca más cantaron “¿Quién teme al lobo feroz?”… pero bailaban felices, porque sabían que ya no tenían nada que temer.
Moraleja:
El trabajo duro, la prudencia y la preparación siempre vencen a la pereza y la improvisación. No basta con reír, hay que saber cuándo construir con firmeza.