| Mensaje: | El respeto por lo ajeno y las consecuencias de actuar sin permiso. |
| Valores: | Respeto, responsabilidad, amabilidad, educación, honestidad. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 9 minutos |
Ricitos de Oro y los Tres Osos
Basado en el cuento clásico “Ricitos de Oro y los Tres Osos”, popularizado por Robert Southey (1837)
Había una vez tres Osos que vivían juntos en una casa propia, en medio del bosque. Uno de ellos era Papá Oso, otro era Mamá Osa, y el otro era su hijo, un Pequeño Osito.
Cada uno tenía un tazón para su atole:
Un tazón grande para Papá Oso,
un tazón mediano para Mamá Osa,
y un tazón pequeño para el Pequeño Osito.
También cada uno tenía una silla para sentarse:
una gran silla para Papá Oso,
una silla mediana para Mamá Osa,
y una silla pequeña para el Pequeño Osito.
Y cada uno tenía una cama para dormir:
una gran cama para Papá Oso,
una cama mediana para Mamá Osa,
y una cama pequeña para el Pequeño Osito.
Un día, después de haber preparado su atole para el desayuno y de haberlo servido en sus tazones, los Tres Osos salieron a caminar por el bosque mientras el atole se enfriaba, para no quemarse la boca por empezar demasiado pronto, porque eran Osos educados y bien portados.
Mientras estaban fuera, una niña llamada Ricitos de Oro, que vivía al otro lado del bosque y había sido enviada por su mamá a hacer un mandado, pasó frente a la casa y miró por la ventana. Luego se asomó por el ojo de la cerradura, porque no era para nada una niña bien educada.
Al no ver a nadie en la casa, levantó el pestillo. La puerta no estaba cerrada con llave, porque los Osos eran buenos Osos, que no le hacían daño a nadie, y nunca pensaban que alguien quisiera hacerles daño. Así que Ricitos de Oro abrió la puerta y entró; y se puso muy contenta al ver el atole sobre la mesa.
Si hubiera sido una niña bien portada, habría esperado a que los Osos regresaran a casa, y entonces tal vez la habrían invitado a desayunar; porque eran buenos Osos —un poco rudos, como suelen ser los Osos, pero aun así muy amables y hospitalarios. Pero ella era una niña atrevida y grosera, así que decidió servirse sola.
Primero probó el atole de Papá Oso, pero estaba demasiado caliente para ella.
Luego probó el atole de Mamá Osa, pero estaba demasiado frío.
Y después fue al atole del Pequeño Osito, lo probó, y no estaba ni muy caliente ni muy frío, sino justo a la temperatura perfecta, y le gustó tanto que se lo comió todo, hasta la última cucharada.
Entonces Ricitos de Oro, que estaba cansada porque en vez de hacer su mandado había estado correteando mariposas, se sentó en la silla de Papá Oso, pero estaba demasiado dura para ella.
Luego se sentó en la silla de Mamá Osa, y estaba demasiado suave.
Pero cuando se sentó en la silla del Pequeño Osito, no estaba ni muy dura ni muy suave, sino perfecta. Así que se acomodó en ella, y ahí se quedó hasta que el fondo de la silla se rompió, y cayó de golpe al suelo; y eso la hizo enojar mucho, porque era una niña de mal carácter.
Decidida a descansar, Ricitos de Oro subió al cuarto donde dormían los Tres Osos.
Primero se acostó en la cama de Papá Oso, pero la almohada estaba demasiado alta.
Luego se acostó en la cama de Mamá Osa, y esa estaba demasiado alta de los pies.
Después se acostó en la cama del Pequeño Osito, y no estaba ni muy alta de la cabeza ni de los pies, sino perfecta. Así que se arropó cómodamente, y se quedó dormida profundamente.
Para ese momento, los Tres Osos pensaron que su atole ya estaría lo suficientemente frío para comerlo bien, así que regresaron a casa para desayunar.
Ahora bien, la descuidada Ricitos de Oro había dejado la cuchara de Papá Oso dentro de su tazón.
—¡ALGUIEN HA ESTADO COMIENDO MI ATOLE!
—dijo Papá Oso con su voz fuerte, ronca y grave.
Entonces Mamá Osa miró su atole y vio que también su cuchara estaba dentro.
—¡ALGUIEN HA ESTADO COMIENDO MI ATOLE!
—dijo Mamá Osa con su voz mediana.
Luego el Pequeño Osito miró el suyo, y ahí estaba la cuchara dentro del tazón… ¡pero el atole ya no estaba!
—¡ALGUIEN HA ESTADO COMIENDO MI ATOLE, Y SE LO COMIÓ TODO!
—dijo el Pequeño Osito con su vocecita chiquita.
Ante eso, los Tres Osos, al darse cuenta de que alguien había entrado a su casa y se había comido el desayuno del Pequeño Osito, empezaron a revisar por todos lados.
Ricitos de Oro, tan descuidada, no había acomodado el cojín duro cuando se levantó de la silla de Papá Oso.
—¡ALGUIEN SE SENTÓ EN MI SILLA!
—dijo Papá Oso con su voz fuerte, ronca y grave.
Y Ricitos de Oro había aplastado el cojín suave de la silla de Mamá Osa.
—¡ALGUIEN SE SENTÓ EN MI SILLA!
—dijo Mamá Osa con su voz mediana.
—¡ALGUIEN SE SENTÓ EN MI SILLA, Y LE ROMPIÓ EL FONDO!
—dijo el Pequeño Osito con su vocecita chiquita.
Entonces los Tres Osos pensaron que sería mejor seguir revisando por si se trataba de un ladrón, así que subieron al cuarto donde dormían.
Ricitos de Oro había movido la almohada de la cama de Papá Oso.
—¡ALGUIEN SE ACOSTÓ EN MI CAMA!
—dijo Papá Oso con su voz fuerte, ronca y grave.
Y Ricitos de Oro había movido también el respaldo de la cama de Mamá Osa.
—¡ALGUIEN SE ACOSTÓ EN MI CAMA!
—dijo Mamá Osa con su voz mediana.
Pero cuando el Pequeño Osito miró su cama, ¡el respaldo seguía en su lugar! ¡Y la almohada estaba sobre el respaldo!
¿Y sobre la almohada…?
¡Ahí estaba la cabecita amarilla de Ricitos de Oro, que no tenía nada que estar haciendo ahí!
—¡ALGUIEN SE ACOSTÓ EN MI CAMA, Y AQUÍ SIGUE!
—dijo el Pequeño Osito con su vocecita chiquita.
Ricitos de Oro, mientras dormía, había escuchado la voz fuerte, ronca y grave de Papá Oso, pero estaba tan dormida que le pareció como el ruido del viento o el retumbar de un trueno. También había oído la voz mediana de Mamá Osa, pero era como si alguien hablara en un sueño.
Pero cuando escuchó la vocecita chiquita del Pequeño Osito, era tan aguda y tan chillona que la despertó de inmediato.
Se levantó de un brinco y, al ver a los Tres Osos a un lado de la cama, se lanzó por el otro lado y corrió hacia la ventana.
Ahora bien, la ventana estaba abierta, porque los Osos, siendo ordenados y limpios, como buenos Osos que eran, siempre abrían la ventana de su cuarto al levantarse por la mañana.
Así que la traviesa y asustada Ricitos de Oro saltó; y si se rompió el cuello al caer, o si corrió al bosque y se perdió, o si logró salir del bosque y le dieron una buena regañada por portarse mal y no cumplir su encargo, nadie lo sabe.
Pero los Tres Osos nunca volvieron a saber nada de ella.
Fin.