| Mensaje: | La constancia y la perseverancia valen más que el talento natural; burlarse de los demás puede costarte caro. |
| Valores: | Perseverancia, humildad, constancia, disciplina, confianza en uno mismo. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 5 minutos |
La liebre y la tortuga
Basada en la fábula escrita por Esopo.
Había una vez, en un bosque tranquilo, una liebre de patas ligeras y lengua todavía más ligera. Corría más rápido que el viento entre los helechos, y no perdía ocasión de recordárselo a quien se cruzara en su camino.
Su blanco favorito era la tortuga, que caminaba siempre despacio, con paso firme y sin prisa alguna.
—Vaya manera de arrastrarte —le dijo un día la liebre, riendo—. A este paso, llegarás a donde vayas cuando ya nadie se acuerde de que saliste.
La tortuga levantó la mirada, sin alterarse.
—Ríete cuanto quieras —respondió—. Pero te propongo algo: una carrera. Y verás que no siempre gana quien corre más rápido.
La liebre soltó una carcajada tan fuerte que espantó a los pájaros de las ramas cercanas.
—¿Tú, compitiendo conmigo? Será la victoria más fácil de toda mi vida. Acepto, solo para que aprendas la lección.
Acordaron que la meta sería un viejo roble al otro lado del valle, y que partirían juntas al amanecer del día siguiente.
Cuando llegó el momento, ambas se colocaron una junto a la otra frente al sendero.
—¡En sus marcas! —dijo la liebre, más por costumbre que por necesidad—. ¡Ya!
Y salió disparada, tan veloz que en un abrir y cerrar de ojos ya casi no se la veía. La tortuga, en cambio, comenzó a caminar como siempre lo hacía: un paso, y luego otro, sin detenerse a pensarlo dos veces.
La liebre corrió y corrió, hasta que la meta quedó tan cerca que decidió que ya no había prisa. Miró hacia atrás y no vio ni rastro de la tortuga.
—Con lo lenta que es —pensó, bostezando—, tengo tiempo de sobra.
Se tumbó bajo la sombra fresca de un árbol, segura de su victoria. Cerró los ojos solo un momento, para descansar las patas… y sin darse cuenta, se quedó profundamente dormida.
Mientras tanto, la tortuga seguía su camino. No se detuvo a admirar el paisaje, ni a preguntarse cuánta ventaja le llevaba la liebre. Un paso, y luego otro. Así, sin prisa pero sin pausa, fue dejando atrás el sendero, el valle, y por fin, el árbol donde dormía su rival.
Cuando la liebre despertó, el sol ya estaba alto en el cielo. Se estiró, bostezó de nuevo, y entonces recordó la carrera. Miró hacia el roble a lo lejos… y su corazón dio un vuelco: una pequeña silueta ya casi tocaba la meta.
Se levantó de un salto y corrió como nunca antes había corrido, con las orejas hacia atrás y el corazón latiéndole con fuerza. Pero por más veloces que fueran sus patas, ya no había tiempo que recuperar.
La tortuga llegó al viejo roble, tranquila y sin aliento, justo un instante antes que la liebre.
La liebre se detuvo, jadeando, sin poder creer lo que veía.
—¿Cómo… cómo es posible? —preguntó, entre resoplidos.
La tortuga sonrió, sin un ápice de burla en su voz.
—Tú tenías las patas más rápidas —le dijo—. Pero yo nunca dejé de caminar.
Y así, bajo la sombra del roble, la liebre comprendió que la velocidad de nada sirve sin constancia, y que reírse de los demás es siempre el primer paso hacia la propia caída.
Moraleja
No siempre gana la carrera quien más rápido corre, sino quien no deja de avanzar. El talento sin esfuerzo vale poco: son la constancia y la perseverancia las que nos llevan a la meta.