| Mensaje: | El espíritu navideño nos motiva a compartir lo que tenemos, mirar con otros ojos lo que nos molesta y mantener la esperanza de que, incluso en la soledad, alguien llegará a nuestra puerta. |
| Valores: | Amistad, generosidad, paciencia, empatía, gratitud, sentido del humor, compañía, resiliencia, apertura mente abierta, familia. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 14 minutos |
La traviesa mosca navideña
El 2 de diciembre, Plácido abrió los ojos y pensó: Faltan veintitrés días para Navidad y yo estoy a nueve mil cuatrocientos cincuenta y cinco kilómetros de mi casa.
Tenía veintiocho años, un trabajo nuevo en una ciudad nueva y un departamento tan silencioso que se oía el refrigerador enfriando. Su mamá le había mandado por mensajería un arbolito de Navidad pequeño. «Para que el espíritu navideño te acompañe. Un fuerte abrazo y muchas bendiciones de luz», decía la nota. Plácido lo puso sobre la mesa de la sala, le colgó cuatro esferas y lo conectó. Las lucecitas parpadearon de colores y el silencio del departamento siguió ahí, sentado en el sofá.
Esa mañana, mientras desayunaba un omelette y cereal en la cocina, escuchó un zumbido.
Bzzzzzz.
Una mosca. Una mosca pequeña, de ojos como dos cuentas de vidrio rojo, giraba sobre la mesa con la seguridad de quien es dueña de la casa. Aterrizó junto al tazón, se frotó las patitas delanteras y lo miró.
—Ni lo pienses —le dijo Plácido.
La mosca ahora se posó en el borde del plato.
—¡Fuera! —Agitó la cuchara como si fuera un sable—. ¡Fuera de mi cocina!
La mosca salió volando, dio dos vueltas sobre su cabeza, como quien dice «ya me voy, ya me voy», y desapareció por la ventana. Plácido sonrió, victorioso. Cinco minutos después, bzzzzzz, estaba de vuelta.
—Increíble —murmuró, y siguió desayunando con la dignidad que le quedaba.
Por la tarde tenía que terminar un informe para el trabajo. Se instaló en el cuarto del escritorio, con la computadora, una lámpara y un vaso de agua. Escribió una línea. Escribió otra. Y entonces, justo frente a la pantalla, pasó un puntito negro a toda velocidad.
—No. No es posible. ¡Estabas en la cocina!
La mosca dio una vuelta de honor alrededor de la lámpara y se posó, muy campante, en el borde del vaso de agua.
—Eso es mío —dijo Plácido, ofendido, y la espantó con un papel doblado.
La mosca se fue, pero Plácido tardó un buen rato en concentrarse. ¿Me estará siguiendo?, pensó. ¿Una mosca puede seguir a una persona? ¿O solo es que esta casa es muy pequeña y los dos tenemos los mismos gustos en materia de vasos de agua?
A la mañana siguiente, cuando entró a la cocina, ahí estaba otra vez, patrullando la ventana.
Plácido se quedó de pie con la taza en la mano. Y entonces ocurrió algo raro: en lugar de enojarse, soltó una risa corta, de esas que se escapan solas.
—¿Ya viniste a desayunar o qué?
La mosca no contestó, claro. Pero ladeó la cabecita, o eso le pareció.
Sin pensarlo mucho, Plácido desmenuzó un pedacito de galleta de jengibre sobre la esquina de la mesa. Las galletas, que eran de su mamá, también venían en el paquete del arbolito y olían a canela, a clavo y a infancia.
—Para ti. Pero solo hoy.
La mosca fue directo a las migajas, como si siempre hubiera sabido que eran suyas. Plácido la miró comer. Era un espectáculo ridículo y pequeñísimo, y sin embargo, por primera vez en diez días, la cocina no se sentía vacía.
—Mmm —dijo—. Te llamaré Panchita.
No sabía por qué Panchita. Le salió así, de la nada, como salen los nombres cuando uno sabe exactamente cómo llamar a algo.
A partir de ese día, Panchita se volvió parte de la casa.
Aparecía en el baño mientras él se lavaba los dientes y se paraba en el espejo, como si quisiera revisar si se había cepillado bien. Se asomaba por encima de la pantalla de la computadora como revisando que los reportes estuvieran en orden, y una vez interrumpió una videollamada con su jefe aterrizando en la nariz de Plácido.
—¿Eso es una mosca? —preguntó el jefe.
—No —dijo Plácido con la cara muy seria—. Es una colega.
Panchita descubrió además que el arbolito era un lugar fantástico. Se paraba en la estrellita de arriba, que a la luz de las lucecitas parecía un trono, y desde ahí observaba el departamento con aire de reina. Recorría las luces de colores una por una, como si las inspeccionara. «Roja, verde, azul… aprobadas», parecía decir.
Plácido se descubrió hablándole.
—Mira, Panchita, en mi casa, en Nochebuena, mi abuela hace tamales para cuarenta personas, aunque seamos doce. Mi tío Rafael siempre se queda dormido antes de la cena y nadie lo despierta. Y mi hermana pequeña se sabe todos los villancicos, pero nunca la letra completa, así que inventa lo que falta.
Panchita escuchaba, patita sobre patita, en la orilla del plato.
Y entonces Plácido cantaba. Primero bajito, avergonzado, luego un poco más fuerte:
—Campana sobre campana…
—Bzzzzz —respondía Panchita, desafinada, pero con toda el alma.
Una noche, mientras cenaba sopa de sobre frente a la tele, se dio cuenta de algo:
—¿Sabes qué, Panchita? Estaba pensando que sería muy raro tener una mosca de mascota.
Se rio solo. Y luego, como nadie lo veía, se rio otro poco.
—Muy, muy raro.
Panchita se paró en su hombro, como diciendo que de raro, nada.
Pasaron los días. Veinte, veintiuno, veintidós de diciembre. Cada tarde, al volver del trabajo, Panchita lo esperaba en la pared del pasillo, como un guardia de seguridad muy pequeño.
—¿Todo en orden? —preguntaba él.
Bzzz, contestaba ella, que en su idioma significaba «todo en orden, jefe».
Pero el veintitrés, al llegar a casa, el pasillo estaba vacío.
—¿Panchita?
Nada.
—¿Panchita? ¡Ya llegué!
Plácido revisó la cocina, la mesa, la ventana. Miró en el baño, junto al espejo. Subió a la estrellita del arbolito, o más bien se asomó, porque el arbolito llegaba a la altura de su codo. Nada. Ningún zumbido, ningún puntito negro.
—Seguro anda por ahí —se dijo—. Seguro anda de paseo.
Pero esa noche cenó sin ganas y dejó una migaja de galleta en la mesa, por si acaso.
A la mañana siguiente, la migaja seguía ahí. Intacta.
Plácido empezó a buscar de verdad. Se agachó, miró bajo el sofá, en las paredes, detrás de las cortinas, en las esquinas donde se juntan las cosas olvidadas. Y entonces la vio.
Estaba junto a la mesa del arbolito, su lugar favorito, boca arriba, con las patitas encogidas contra el cuerpo, como una pasa con patas. No se movía.
Plácido se quedó quieto. Sintió el pecho apretado y se sorprendió de lo mucho que le apretaba.
—No… —dijo en voz baja—. ¡Ay, no! ¡Panchita!
Se sentó en el piso, con la espalda contra la pared. El arbolito parpadeaba sobre la mesa, rojo, verde, azul, ajeno a todo.
—¿Qué te pasó, eh? —murmuró, y la voz se le quebró un poco—. Antes de ayer estabas aquí. Habíamos quedado en que ibas a ayudarme a decorar.
Era absurdo. Era ridículo. Estaba verdaderamente afectado por una mosca. Un par de lágrimas bajaron por sus mejillas. Se acordó de sus primeros días en esta ciudad, de la mudanza, del silencio, de lo mucho que había extrañado a su familia. Se dio cuenta de que durante esas semanas Panchita había estado con él, su pequeña amiga. El departamento se sintió muy vacío.
—Gracias —dijo, limpiándose la cara con la manga—. Gracias por haberme hecho compañía.
Plácido organizó el funeral esa misma tarde. Fue una ceremonia solemne y absurda a la vez.
Envolvió a Panchita en un pedacito de servilleta navideña, de esas con renos dibujados. La colocó con muchísimo cuidado dentro de una cajita de cerillos vacía. Escogió una maceta con una planta que sobrevivía de milagro, hizo un hoyito con una cuchara y la enterró ahí, bajo una hojita verde.
—Querida Panchita —dijo, con las manos juntas y la voz muy seria—. Fuiste una mosca atrevida, entrometida, poco respetuosa del espacio personal. Aterrizaste en mi vaso, en mi taza y en mi nariz durante una videollamada con mi jefe. Pero fuiste mi amiga. Feliz Navidad hasta el cielo de las moscas. Descansa en paz.
Se quedó callado un momento, y de pronto empezó a reírse otra vez, con lágrimas y todo. La risa y el llanto se le mezclaron, y por primera vez en semanas sintió que algo en su pecho se aflojaba.
Buscó en internet, ya que estaba. Y leyó que una mosca doméstica vive, con suerte, unas cuatro semanas.
—Cuatro semanas —repitió en voz alta—. O sea que viviste una vida entera. Y la pasaste en Navidad.
No estaba mal. No estaba nada mal.
Esa noche, 24 de diciembre, Plácido puso la computadora sobre la mesa de la sala, junto al arbolito. Se había puesto una camisa que no estaba tan arrugada y un gorro de Santa Claus que le habían regalado en la oficina. Respiró hondo y marcó.
Primero apareció una pantalla temblorosa, luego un caos de voces, luego la cara enorme de su tío Rafael que ya se estaba quedando dormido, y por último toda la familia amontonada frente a una cámara, cuarenta personas o doce, imposible saberlo.
—¡Plácido! —gritó su mamá—. ¡Hijo! ¡Te ves flaco!
—¡Mamá, estoy igual!
—¡Feliz Navidad, primo! —gritaron cinco voces.
Su hermana pequeña empezó a cantar un villancico con una letra completamente inventada. Su abuela le mostró los tamales a la cámara. Y Plácido, entre tanta algarabía, sintió que el departamento por fin tenía sonido.
—Oigan —dijo cuando todos se calmaron un poco—. Les tengo que contar algo. Hace unas semanas conocí a alguien.
Todos se quedaron callados.
—¡¿A alguien?! —preguntó su mamá, con los ojos como platos.
—A una mosca.
Hubo un silencio. Luego su tío Rafael abrió un ojo.
—¿Una qué?
Plácido les contó todo: una mosca bastante intrépida con un gusto especial por las galletas de jengibre había aparecido una mañana cuando desayunaba y le había estado haciendo compañía durante todo ese tiempo. De alguna manera, no se había sentido tan solo. A todos les pareció una historia extraordinaria y lamentaron mucho su pérdida. Su hermana pidió que le contara la historia completa otra vez. Su mamá dijo algo que Plácido guardó para siempre:
—Hijo, qué bueno que no estuviste solo y que, a través de Panchita, el espíritu navideño llegó a ti. Tú pensaste que Panchita llegó a hacerte compañía. Pero fíjate bien: ella llegó, y tú le diste lo que tenías. Una migajita de galleta, un nombre, un lugar en tu casa. Eso es la Navidad: la alegría de compartir lo poco que uno tiene y descubrir que alcanza para dos. La paz de dejar de pelear con lo que nos molesta y mirarlo con otros ojos. La esperanza de que, incluso en el invierno más callado, alguien va a tocar a tu puerta, o a tu ventana.
Y entonces Plácido entendió que Panchita había venido, a su manera pequeña y zumbante, a enseñarle algo. Que a veces las cosas que primero nos molestan terminan siendo las que más nos acompañan. Que si uno les da una migajita de paciencia y de buen humor, se pueden convertir en una alegría inesperada. Y que tomarse la vida con una sonrisa, incluso cuando llega en forma de mosca, a veces es el mejor regalo de Navidad.
Epílogo: Un año después
El 23 de diciembre siguiente, Plácido tenía una maleta lista junto a la puerta.
Esta vez sí viajaba. El pasaje estaba comprado desde octubre, y el corazón le brincaba de solo pensar en los tamales, en el tío Rafael dormido, en los villancicos inventados de su hermana. Tomó las llaves, el abrigo y el gorro de Santa Claus.
Pero antes de salir, se detuvo en la cocina. Sacó del paquete una galleta de jengibre, de las que mandaba su mamá, con olor a canela y a clavo. La puso con cuidado sobre el borde de la ventana, donde entraba el sol.
—Por si pasa una mosquita con hambre —dijo, hablándole a la cocina vacía—. En Navidad nadie debería quedarse sin algo rico.
Cerró la puerta. Y en la ventana, entre los rayos de sol de diciembre, algo diminuto y de ojos rojos aterrizó junto a la galleta, se frotó las patitas delanteras y, con mucha dignidad, empezó a comer.
Fin.