Mensaje: Tu valor no depende de tu apariencia ni de las modas: cada cosa llega a su tiempo, y ser tú misma es lo que te hace querida.
Valores: Autoestima, autenticidad, amistad, confianza, empatía, comprensión, respeto, paciencia, gratificación diferida, conciencia, honestidad.
Tiempo de lectura: Aproximadamente 19 minutos

Sarita, sin filtro. Cada cosa a su tiempo

Capítulo 1. La novedad de Kelsy

El lunes, Kelsy llegó al colegio con las uñas azules y toda la escuela lo supo antes del primer timbre.

—¿Ven? —dijo, abriendo los dedos como un abanico frente a la mesa de Sarita—. Me las pintaron en un local del centro comercial. Mi mamá pagó y ni preguntó cuánto costaba.

Las niñas se amontonaron a mirar. Valeria dijo «guau». Emi dijo que ella quería unas iguales. Sarita miró sus propias manos: una curita en el pulgar, tierra bajo una uña, restos de tinta verde del proyecto de ciencias. Las escondió bajo el pupitre sin saber exactamente por qué, tal vez porque no lucían como las de Kelsy.

Sarita tenía nueve años y, hasta esa mañana, pensaba que sus manos estaban perfectas. Con ellas trepaba el árbol grande del patio, dibujaba dinosaurios con más dientes de los necesarios y hacía el nudo marinero que le había enseñado su papá.

Kelsy tenía diez. Era la primera en enterarse de todo: de las canciones nuevas, de los chistes nuevos, de lo que «ya no se usaba». Tenía su propio teléfono, cosa que nadie más en cuarto grado tenía, y unos papás que decían que sí a todo, casi sin escuchar la pregunta. Sarita los había visto en la puerta del colegio: el papá mirando su pantalla, la mamá con prisa, los dos repitiendo «sí, mi vida, lo que quieras» mientras Kelsy ya se bajaba del coche.

Sarita la admiraba. Kelsy era divertida, atrevida y, sobre todo, generosa. Cada recreo abría su mochila y repartía galletas de chispas de chocolate como quien reparte sol.

—Mañana te traigo un esmalte rosa —le susurró en el recreo—. Para que tú también tengas unas uñas super cool.

—No sé… mi mamá…

—Tu mamá no tiene por qué enterarse de todo —dijo Kelsy, encogiéndose de hombros como quien habla del clima.

Sarita sonrió, porque no supo qué otra cosa hacer. Esa noche, mientras se cepillaba los dientes, se miró largo rato en el espejo del baño. Y por primera vez se preguntó algo que nunca se había preguntado:

«¿Y si me falta algo?».

Capítulo 2. Las Bling-C-Queens

Todo el mundo hablaba de las Bling-C-Queens.

Eran cuatro cantantes con trajes plateados que parecían hechos de espejitos, botas altas, pestañas largas como abanicos y labios brillantes como caramelo. Su canción, «Mírame brillar», sonaba en el patio, en las tiendas, en los coches de las mamás y en cada teléfono del colegio.

—Así se ve una chica cool —sentenció Kelsy en el recreo, mostrando el video en su pantalla mientras las demás se apretaban para verlo—. Así quiero verme yo.

Sarita tenía que reconocer que era hermoso. Las luces daban vueltas, las Queens bailaban perfectamente coordinadas y el escenario echaba chispas. Pero cuando el video terminó, apareció otro. Y otro. Uno enseñaba «cómo lucir como una Queen en cinco minutos». Otro decía «lo que toda niña cool tiene que comprar». Nadie los pedía, pero llegaban solos, uno tras otro, como olas.

—Mira, ahora con filtro —dijo Kelsy, y se tomó una foto con su teléfono.

En la pantalla, como si fuera magia, la cara de Kelsy cambió sola: aparecieron pestañas enormes, labios rosados, una piel lisa como porcelana. Sarita miró la Kelsy de la pantalla y luego a la Kelsy de verdad. La de la pantalla era estilizada y llamativa. La de verdad tenía pecas, un granito en la barbilla y una risa que le arrugaba un poco la nariz.

—¿Verdad que me veo mejor? —preguntó Kelsy.

—Sí —dijo Sarita.

Y sintió, muy adentro, que acababa de decir algo que no era del todo cierto. Tal vez simplemente no quería contradecir a su amiga.

Esa noche, en su cuarto, Sarita vio videos de las Queens hasta que su mamá le pidió que apagara la tableta. Ya no las miraba como cantantes. Sin darse cuenta, las miraba como una lista de cosas que le faltaban.

Capítulo 3. El cajón del baño

El sábado por la mañana la casa olía a pan tostado. Su papá había salido al mercado y su mamá estaba en la cocina, tarareando.

Sarita entró al baño de sus papás y abrió, muy despacio, el cajón de arriba.

Ahí estaban: un labial color cereza, un cepillito negro para las pestañas, brochas, un estuche con polvos y un frasquito dorado. Todo tenía olor a mamá. Sarita tomó el labial y giró la base. Salió una punta roja, brillante, perfecta.

Se pintó la boca frente al espejo. Le salió más grande que su boca. Trató de arreglarlo y se corrió hacia la barbilla. Probó con las pestañas y se le pegaron unas con otras; un ojo le lloró y se le manchó la mejilla. Se miró. No se parecía a las Queens. Tampoco se parecía a ella. Parecía una niña de nueve años disfrazada de alguien diferente.

Oyó pasos en el pasillo. Con el corazón a mil, agarró la toalla de manos y se frotó la cara hasta dejarla roja, ahora de tanto restregar. Guardó todo en el cajón y salió corriendo.

Esa noche, su mamá encontró la toalla manchada de rojo cereza. La miró un momento. Después miró a Sarita, que en la cena removía la sopa con demasiado interés. Su papá contaba un chiste sobre un pato que no sabía nadar y todos se rieron, aunque Sarita solo un poco.

Su mamá no dijo nada. Había aprendido que hay preguntas que se hacen mejor cuando la otra persona está lista para contestarlas, y que un regaño a destiempo enseña a esconderse mejor, no a confiar.

Así que esperó.

Capítulo 4. La bolsa de la tienda

Sarita llevaba tres meses guardando su mesada en una alcancía con forma de tortuga. Era para un cuaderno de dibujo de esos con hojas gruesas, el que había visto en la papelería y soñaba cada noche.

Pero el siguiente sábado, Kelsy la invitó al centro comercial.

—Vamos a ir a la tienda nueva, la de las Queens —dijo—. Tienen toda la colección.

La tienda era una explosión de brillos. Las paredes centelleaban, la música retumbaba y de los percheros colgaban blusas plateadas, faldas cortitas, botas altas. Kelsy se probó cuatro cosas y su mamá, que esperaba afuera mirando el teléfono, contestó a todas: «Sí, mi vida, llévate lo que quieras».

Sarita se detuvo frente a una blusa brillante, cortita, de esas que suben un poco y dejan ver el ombligo.

—Esa te queda increíble —dijo Kelsy—. Con esa, nadie te va a decir que eres una niña chiquita.

La vendedora sonrió: «Está de moda». Sarita pensó en la tortuga, en el cuaderno, en Kelsy esperando. Sacó su dinero y pagó.

El lunes se puso la blusa debajo de la chamarra y llegó al colegio con el estómago apretado. Cuando se quitó la chamarra en el recreo, las niñas hicieron un coro de exclamaciones.

—¡Te ves tan grande! —dijo Emi.

—¡Increíble! —aplaudió Kelsy.

Sarita sonrió, y por un momento fue feliz y sintió que era la niña más cool. En ese momento a los niños del patio se les había escapado la pelota y todos corrían a atraparla. Alguien gritó «¡Sarita, te toca!» y ella quiso echarse a correr, pero la blusa se le subía, tenía que sujetarla con las dos manos, el viento le enfriaba la espalda y el brillo labial le pegaba el cabello a la boca. Quiso trepar al árbol y comprendió que así vestida no podía.

Terminó sentada en la banca, mirando cómo los demás jugaban.

Se veía más grande, sí. Pero muy aburrida: vestida así no podía jugar ni saltar como antes.

Capítulo 5. Detrás de cámaras

Esa noche, Sarita no podía dormir. Prendió la tableta, buscó a las Bling-C-Queens y, entre videos de conciertos, encontró uno distinto: «Detrás de cámaras».

Una de las cantantes, Coral, aparecía sentada en un sillón, sin trajes plateados, con el cabello recogido en una cola y una pijama de dinosaurios.

—Para el escenario me arreglo cuatro horas, ¡pueden creerlo! —decía, riendo—. Hay un equipo entero que está a mi lado y me ayuda: peinadores, maquilladores, gente que cose los trajes. Es como el traje de un astronauta: sirve para un trabajo específico y, en mi caso, es para presentarme en cada concierto. Pero un martes cualquiera, en mi casa, yo soy esto. —Y levantó su taza de cereal con una sonrisa enorme.

Sarita se quedó muy quieta. Coral no se parecía a la cantante del escenario. Se parecía a alguien que también trepaba árboles, una chica sencilla, simple, como cualquier otra.

«Es como un personaje», pensó. «Es como un disfraz de trabajo. Y yo lo estaba usando para ir a cuarto grado».

Se quedó pensativa por unos momentos. Alguien golpeó suavemente la puerta.

—¿Puedo pasar? —preguntó su mamá.

Se sentó en la orilla de la cama sin encender la luz grande. Detrás de ella asomó su papá, con dos tazas de chocolate caliente en las manos. Sarita lo miró, se puso colorada y habló bajito.

—Papá… ¿puedo platicar algo nada más con mamá?

Su papá no se ofendió ni hizo preguntas. Sonrió, dejó las tazas sobre el buró y le dio un beso en la frente.

—Claro, campeona. Aquí estoy, por si me necesitas.

Y cerró despacito, sin hacer ruido.

Sarita respiró hondo y lo soltó todo de golpe: el labial, el espejo, la toalla, la tortuga vacía, la blusa, la banca. Su mamá escuchó sin interrumpir, sin abrir mucho los ojos ni apretar los labios, solo escuchando.

—¿Cómo te sentiste hoy con esa blusa nueva? —preguntó por fin.

—Al principio muy bien—dijo Sarita —. Pero, después ya no tanto, tenía frío y no pude jugar ni subir al árbol.

—¿Y qué esperabas que pasara al ponértela? —preguntó su mamá, con voz tranquila.

Sarita tardó un poco.

—Que me miraran. Que me quisieran más. Que pensaran que soy muy bonita y muy cool, que estoy a la moda, verme como las Bling-C-Queens, como otras niñas de la escuela que son populares.

Hubo un silencio largo y suave. Su mamá le apartó el cabello de la frente.

—Mi amor, escúchame bien, porque quiero que se te quede grabado —dijo—. Tú vales muchísimo para papá y para mí. Y no por cómo te ves, sino por quien eres: por lo curiosa que eres, por cómo te ríes, por cómo cuidas a tus amigas. Ya eres muy querida. No tienes que ganártelo con ninguna blusa. Tal vez no es el momento para que uses ese tipo de ropa.

A Sarita le reconfortó mucho escuchar eso, pero todavía le rondaba una duda.

—Pero es que todas lo hacen, mamá. Kelsy, Emi, Valeria… ¿Por qué ellas sí y yo no?

—Porque cada casa decide distinto, y no pasa nada con ellas ni con sus familias —respondió su mamá, sin apuro—. Pero yo no soy la mamá de Kelsy ni la de Emi. Soy la tuya, y a mí me toca cuidarte a ti. Tenemos nuestras propias reglas, nuestras costumbres y nuestra forma de ver las cosas. El maquillaje y la ropa más abierta puede esperar, mi amor. No lo digo porque hayas hecho algo malo, sino porque todavía no es para tu edad. Y el hecho de que hoy te diga que no nunca quiere decir que vales menos. Quiere decir que me importas, me importas mucho.

Sarita se quedó callada un momento.

—¿Y si otras niñas o niños se burlan de mí?

—Puede que alguien diga algo. Duele un poquito, y pasa. Las amigas de verdad se quedan y respetan tus decisiones. —Su mamá sonrió—. Y las Queens no se visten así todos los días porque sí. Es su trabajo, ¿te acuerdas de Coral y su cereal?

Sarita soltó una risita.

—Verse bien no es parecerse a una cantante —siguió su mamá—. Verse bien es andar limpia, peinada, ordenada, con ropa cómoda y sencilla. Eso nunca pasa de moda. Ni hoy, ni cuando tengas mi edad, ni cuando tengas la de la abuela Rosa.

—¿La abuela Rosa?

—Ella casi nunca se pintaba, y cuando lo hacía era muy discreta. Iba siempre limpia, peinada sencillita, con su suéter azul. Y todo el mundo decía que era una señora elegante. ¿Sabes por qué? No era por lo que se ponía, sino por cómo trataba a la gente. Con ella, todos se sentían importantes.

—A los diez años me puse los tacones de mi tía —contó su mamá, riendo—. Me caí frente a todo el salón. Todavía me acuerdo del ruido.

Sarita soltó una risita juguetona, imaginándose la escena.

—El labial no se acaba, Sari —añadió su mamá—. Va a estar en el cajón cuando llegue el momento. Lo que no vuelve es esto: poder trepar un árbol sin preocuparte de cómo te ves.

Cuando su papá se asomó otra vez, el chocolate ya estaba tibio y los acuerdos, sobre la mesa. Fueron dichos con calma y con abrazo. La tableta dormiría en la cocina. Los videos se verían juntos, los domingos, en la sala, con palomitas y con permiso para platicar sobre todo lo que quisieran. La blusa se guardaría en una caja hasta que hubiera una fiesta de disfraces. Y la tortuga volvería a llenarse; su papá la ayudaría a hacer un trato: trabajitos en casa y un cuaderno de dibujo a fin de mes.

Sarita descubrió algo curioso: un «no» dicho con un abrazo se sentía muy distinto a un «sí» dicho sin mirar.

Capítulo 6. Sarita, sin filtro

El miércoles, Sarita llegó al colegio con jeans, tenis y una trenza sencilla. Kelsy la miró de arriba abajo.

—¿Y la blusa?

—Hoy quería trepar el árbol, jugar, correr, disfrutar del recreo.

Kelsy no dijo nada. En el recreo, Sarita la encontró sentada en la banca, con las uñas azules ya descascaradas y el teléfono apagado sobre las piernas.

—Mi mamá ni se dio cuenta de mis uñas —dijo Kelsy de pronto, sin levantar la vista—. Ni de que las llevo así desde hace dos semanas. Ni de nada. —Se quedó un momento callada—. Creo que me las pinté para que alguien me viera.

Sarita se sentó a su lado.

—Yo te veo.

—¿Aunque tenga granitos?

—Con granitos, con pecas y todo. —Sarita sonrió—. ¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? No son las uñas. Son las galletas. Siempre las compartes con todos. Eres súper cool, chistosa, amable, por eso eres mi amiga, no por la ropa que llevas ni por las uñas azules.

Kelsy la miró, sonriendo.

—Muchas gracias, amiga, eres la mejor.

—Vamos al árbol —dijo Sarita.

—Con mi falda no puedo.

—Entonces la próxima vez —dijo Sarita, y le tendió la mano.

Esa tarde trepó Sarita, y desde arriba vio a Kelsy quitarse la chamarra, sujetarse a la primera rama y subir un poco, muy poquito, feliz y emocionada por subir de nuevo al árbol. Después llegaron Emi y Valeria. Después, sin que nadie lo planeara, medio recreo estaba colgado del árbol como una bandada de pájaros desordenados.

Desde abajo, una profesora les tomó una foto a todas: despeinadas, con rodillas sucias, con hojas en el cabello y las bocas abiertas de risa.

Se veían un poquito revueltas, un poquito manchadas y muy felices.

Esa noche, antes de dormir, Sarita pensó en el cajón del maquillaje. Algún día, cuando ella quisiera y llegara el momento, lo abriría. Pero no era hoy. Hoy había habido un árbol y mucha diversión.

Todo llega a su tiempo. Y el tiempo de Sarita, ese día, fue subir feliz a un árbol muy alto, divertirse con sus amigas, y una foto sin filtro, no hizo falta.

Fin.