| Mensaje: | La bondad sincera nunca se pierde: hay que agradecer lo que recibimos mientras lo tenemos y recordarlo cuando ya no está. |
| Valores: | Bondad, generosidad, gratitud, honestidad, humildad, diligencia, compasión, respeto a la naturaleza. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 11 minutos |
La Doncella del Caracol de Agua
Cuento tradicional chino basado en el relato Bai Shui Su Nü, recogido en el Soushen Houji de la dinastía Jin.
Hace mucho, muchísimo tiempo, en una aldea pequeña a orillas de un río ancho y tranquilo, vivía un joven llamado Xie Duan. Era huérfano desde niño y no tenía hermanos ni primos que lo acompañaran. Su única compañía era un pedazo de tierra prestada y un corazón bondadoso que no sabía negarle ayuda a nadie.
Trabajaba de sol a sol, y aunque sus manos eran fuertes y su espalda resistente, la cosecha nunca alcanzaba para llenar del todo su olla. Pero jamás se quejaba. Cuando veía a un anciano cargando leña, le ayudaba. Cuando un niño perdía su cometa en el árbol, él la bajaba. Y cuando encontraba un animalito herido en el camino, lo llevaba a casa y lo cuidaba hasta que sanaba.
Una tarde, mientras cavaba en el barro para abrir un canal de riego, su azada chocó contra algo duro. Xie Duan se agachó y, entre el lodo, encontró un caracol de agua. No era un caracol cualquiera: su concha era enorme, del tamaño de un melón, y brillaba con un color blanco lechoso, como si dentro guardara luz de luna.
—Vaya —murmuró el joven—. Nunca había visto uno tan grande. Debe ser muy viejo.
No se le ocurrió cocinarlo ni venderlo. Lo lavó con cuidado en el río, lo puso en un cuenco de barro con agua limpia y lo dejó junto a la ventana de su cabaña. Esa noche durmió tranquilo, sin saber que aquel caracol guardaba un secreto.
A la mañana siguiente, Xie Duan salió al campo como siempre. Volvió al atardecer, cansado, con el sol quemándole la nuca. Y al empujar la puerta de su cabaña, se quedó de piedra.
Sobre la mesa humeaba un tazón de arroz blanco. Había verduras salteadas, sopa caliente y hasta un plato de pescado con jengibre. La casa estaba barrida. Su ropa rota estaba remendada y doblada sobre el banco.
—¿Quién…? —preguntó en voz alta, pero nadie respondió.
Pensó que quizá una vecina se había apiadado de él. Comió con gratitud, aunque con desconfianza, y a la mañana siguiente fue a agradecer a la señora de la casa vecina. Pero ella negó con la cabeza.
—Yo no fui, muchacho. Y no conozco a nadie que haya ido.
Lo mismo le dijeron en las otras casas. Xie Duan volvió a trabajar confundido. Y al regresar, otra vez encontró la mesa puesta. Y al día siguiente, también. Y al otro.
La comida era siempre deliciosa. La casa siempre estaba limpia. Y su ropa siempre estaba remendada con hilo tan fino que parecía obra de hadas.
Una noche, Xie Duan decidió averiguar la verdad. Salió como siempre, pero en lugar de ir al campo, se escondió detrás de unos juncos cerca de su ventana. Esperó con el corazón latiéndole fuerte.
Al poco rato, escuchó un suave chapoteo. La concha del caracol de agua se abrió despacio, como una flor que despierta. Y de dentro salió una joven.
Era alta y esbelta. Vestía una túnica blanca como la espuma del río, y su cabello negro le caía hasta la cintura. Caminaba sin hacer ruido, como si sus pies apenas tocaran el suelo. Se acercó al fogón, encendió el fuego y comenzó a cocinar con una gracia que Xie Duan nunca había visto.
El joven no pudo contenerse. Salió de su escondite y corrió hacia la puerta.
—¡Espera! —gritó—. ¿Quién eres? ¿Por qué me cuidas?
La joven se giró. No se asustó. Sus ojos eran oscuros y profundos, como pozos que guardaban siglos de paciencia. Lo miró con una tristeza suave, como quien despide a alguien que aún no se ha ido.
—Me has visto —dijo, y su voz sonó como agua corriendo sobre piedras—. Ahora debo decírtelo todo.
Se sentó en el banco de madera y él se sentó frente a ella, sin atreverse a respirar.
—Soy la Doncella del Caracol de Agua —comenzó—. Vivo en el río Celestial, donde el Emperador del Cielo gobierna sobre las nubes y las estrellas. Él te vio desde arriba. Vio que trabajas sin descanso, que eres pobre pero honesto, que ayudas a quien lo necesita aunque a ti te falte todo. Y se apiadó de ti.
Xie Duan parpadeó.
—Me envió —continuó ella— para que cocinara para ti, para que cuidara tu casa y para que, con el tiempo, tu vida mejorara. Debía quedarme diez años. Al terminar, cuando ya fueras un hombre próspero y tuvieras esposa e hijos, regresaría al cielo. Pero había una condición: que nunca me vieras.
El joven sintió un nudo en la garganta.
—¿Y ahora?
—Ahora me has visto —dijo ella, y una lágrima le rodó por la mejilla—. Mi forma ha sido revelada. Ya no puedo quedarme.
Xie Duan se levantó de golpe.
—¡No! —exclamó—. No te vayas. Quédate. No me importa de dónde vengas. Puedo cuidarte yo a ti. Puedo…
Ella negó con la cabeza, despacio.
—No es tu culpa. Ni la mía. Así son las reglas del cielo. Si me quedo, romperé algo que no puedo romper.
Entonces tomó el cuenco de barro donde descansaba el caracol y se lo entregó.
—Quédate con esto —le dijo—. Dentro de esta concha hay grano que nunca se acaba. Siempre que siembres, la cosecha será abundante. Siempre que cocines, no faltará el arroz. No volverás a pasar hambre, Xie Duan. Eso te lo dejo.
El joven tomó el caracol con manos temblorosas.
—¿Volveré a verte?
Ella sonrió, y fue la sonrisa más triste que él había visto jamás.
—Cuando mires el río, mírame. Cuando escuches la lluvia, escúchame. Cuando cocines el arroz de esta concha, acuérdate de mí.
Dicho esto, se levantó. Caminó hacia la puerta. Xie Duan quiso seguirla, pero sus pies parecían pegados al suelo.
Afuera, el viento comenzó a soplar. Las nubes se arremolinaron sobre la cabaña. Y la Doncella del Caracol de Agua alzó los brazos, como quien llama a la lluvia.
—Adiós, Xie Duan —dijo—. Gracias por ser bueno.
Y entonces el viento la envolvió. Subió al cielo como una hoja blanca, girando, girando, hasta perderse entre las nubes. La lluvia cayó suave sobre el tejado, como si el cielo también llorara un poco.
Xie Duan se quedó de pie en la puerta, mirando el río.
Pasaron los años. El joven sembró la tierra con el grano del caracol, y nunca le faltó comida. Con el tiempo se casó con una mujer buena de la aldea, tuvo hijos, y llegó a ser un hombre respetado. Pero jamás olvidó a la doncella de blanco.
Cada noche, antes de dormir, miraba el río. Y cuando el agua brillaba bajo la luna, le parecía verla, apenas un instante, sonriendo desde la corriente.
Y les contaba a sus hijos la historia de la Doncella del Caracol de Agua. Les decía que la bondad nunca se pierde, aunque a veces se despida. Que hay regalos que llegan sin pedirlos, y se van sin avisar. Y que hay que agradecerlos mientras están, y recordarlos cuando ya no.
Porque el cielo, decía Xie Duan, siempre está mirando a los que hacen el bien sin esperar nada a cambio.