| Mensaje: | No todo lo desconocido debe ser atrapado o explicado; a veces, lo mágico está en aceptar el misterio. |
| Valores: | Aceptación, curiosidad, empatía, mente abierta, respeto por lo diferente, tolerancia. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 6 minutos |
Eme de Monstruo
En un pequeño pueblo rodeado de montañas, había una leyenda que se susurraba entre los habitantes: el misterioso “Eme de Monstruo”. Nadie sabía cómo era exactamente, porque cada vez que alguien lo veía, su apariencia cambiaba por completo. A veces tenía escamas verdes y una cola enorme, otras veces era peludo y anaranjado, con una nariz tan larga que parecía un tobogán.
Podía ser pequeño como un gato o gigantesco como una casa. Pero lo más extraño de todo era que su olor también cambiaba: a veces olía a rosas frescas, y otras, a calcetines sudados olvidados en un rincón.
A Eme le encantaba asustar al pueblo, no porque fuera malvado, sino porque encontraba diversión en las caras sorprendidas de la gente. “¡Boo!” gritaba, apareciendo en el mercado con un aspecto espeluznante. Los mercaderes soltaban sus frutas y verduras, y salían corriendo. Pero cuando los policías llegaban, Eme ya no estaba.
“¡Era azul y tenía alas enormes!” decía un mercader.
“¿De qué hablas? ¡Era rosa con un cuerno en la cabeza!” replicaba otro.
“¡No, no! ¡Olía a queso podrido y tenía tres patas!” añadía un niño que lo había visto en el parque.
La confusión en el pueblo era total. Nadie podía ponerse de acuerdo sobre cómo era realmente el monstruo, y esto lo hacía prácticamente imposible de atrapar.
Pero entonces, un día, llegó al pueblo un extraño personaje: Jero, el encantador de monstruos. Era un hombre alto y delgado, con un sombrero de ala ancha y una capa llena de parches que contaban historias de sus aventuras.
“Escuché que tienen un problema con un monstruo,” dijo Jero, con una voz tranquila pero segura. “Puedo encontrarlo, pero necesitaré su ayuda.”
El alcalde, intrigado, le ofreció una recompensa. “Si logras atraparlo, el pueblo te recompensará generosamente.”
Jero aceptó, aunque no por el dinero, sino porque tenía una pasión por entender criaturas únicas como Eme.
Jero comenzó su investigación. Entrevistó a todos los que habían visto a Eme. Pero las descripciones eran tan diferentes que parecían estar hablando de criaturas distintas.
“¿Cómo atrapas algo que cambia todo el tiempo?” se preguntó Jero, mientras dibujaba diferentes versiones del monstruo en su cuaderno.
Eme, por su parte, observaba a Jero desde las sombras. “Este tipo parece interesante,” pensó el monstruo, cambiando su forma a un pequeño erizo de color púrpura para pasar desapercibido.
Un día, mientras Jero paseaba por el bosque buscando pistas, escuchó una risa juguetona. “¡Boo!” gritó Eme, apareciendo detrás de un árbol con forma de dragón brillante. Jero no se asustó; en cambio, sonrió.
“Así que tú eres Eme,” dijo con calma.
“¿No te asusté?” preguntó el monstruo, sorprendido.
“No, pero estoy fascinado. Nunca había visto algo como tú,” respondió Jero.
Eme, intrigado por la falta de miedo de Jero, decidió hablar con él. Durante horas, conversaron en el bosque. Jero le preguntó sobre sus cambios de forma, y Eme explicó que su apariencia cambiaba según sus emociones y el ambiente que lo rodeaba.
“Cuando estoy feliz, me vuelvo brillante y colorido. Pero cuando estoy asustado o triste, me vuelvo oscuro y pequeño,” confesó el monstruo.
Jero se dio cuenta de algo importante: Eme no era malo, solo quería ser comprendido. “¿Por qué asustas a la gente?” le preguntó.
“Porque es divertido ver cómo reaccionan. Pero nadie se ha quedado a hablar conmigo, como tú lo haces ahora,” respondió Eme, con una sonrisa torcida.
Mientras tanto, en el pueblo, los habitantes seguían buscándolo desesperadamente. Los niños, los policías y los mercaderes intentaron de todo para atraparlo: trampas con dulces, redes gigantes, incluso formaron patrullas nocturnas. Pero cada intento fallaba, porque Eme siempre estaba un paso adelante.
Al final, Jero regresó al pueblo y les dijo a todos: “No necesitan atrapar a Eme. Él no quiere hacerles daño. Solo quiere que entiendan que no todo lo que vemos o escuchamos tiene que ser controlado o atrapado.”
El pueblo no quedó completamente convencido, pero poco a poco dejaron de buscar al monstruo. Sin embargo, Eme no se marchó. De vez en cuando, dejaba mensajes ocultos por todo el pueblo: en la nieve, en las ventanas empañadas, o incluso en las frutas del mercado. Decían cosas como:
“Disfruta lo que tienes.”
“No todo tiene que ser explicado.”
“Sé feliz con lo real y lo mágico.”
Aunque nunca volvieron a verlo directamente, los habitantes comenzaron a sentir que, de alguna manera, Eme siempre estaba cerca, recordándoles que la vida no necesita todas las respuestas para ser maravillosa.
Moraleja
No todo lo desconocido debe ser atrapado o entendido completamente. A veces, las cosas más fascinantes de la vida son las que nos dejan con un toque de misterio y magia.