Mensaje: La inteligencia, el ingenio y la estrategia pueden cambiar el destino, incluso en situaciones desfavorables.
Valores: Ingenio, lealtad, confianza, creatividad, perseverancia.
Tiempo de lectura: Aproximadamente 12 minutos

El Gato con Botas

Cuento tradicional recopilado por Charles Perrault.

Un molinero, al morir, dejó como única herencia para sus tres hijos un molino, un burro y un gato. El reparto se hizo sin notario ni abogado: la pobreza del legado no justificaba mayores formalidades. El hijo mayor recibió el molino; el segundo, el burro; y el más joven… sólo el gato.

Este último no podía consolarse por haber recibido un lote tan pobre.

—Mis hermanos —decía con tristeza— pueden unirse y ganarse la vida honradamente. Pero yo… cuando me haya comido al gato y me haga un manguito con su piel, tendré que morirme de hambre.

El Gato, que lo escuchaba atentamente aunque fingía no hacerlo, se le acercó con aire tranquilo y le dijo con voz seria:

—No se aflija, mi señor. Solo necesito que me dé un saco y me mande hacer un par de botas para caminar entre la maleza. Verá que su suerte no es tan mala como cree.

Aunque su joven dueño no confiaba demasiado en sus palabras, recordaba haberlo visto hacer maravillas cazando ratones y ratas. A veces se colgaba de las patas, otras se revolcaba en la harina para fingir estar muerto. Había esperanza.

Una vez con el saco y las botas, el Gato se los calzó con valentía, colgó el saco al cuello, tomó los cordeles con sus patas delanteras y se dirigió a una conejera donde vivían muchos conejos. Puso salvado y ortigas dentro del saco, se tendió en el suelo como si estuviera muerto y esperó pacientemente a que algún conejito joven, ingenuo aún, entrara a curiosear.

No tardó en obtener resultados: un conejo imprudente se metió en el saco, y el Gato, tirando con rapidez de los cordeles, lo atrapó sin piedad.

Orgulloso de su presa, se dirigió al palacio del rey y pidió audiencia. Lo hicieron subir al aposento real. Al entrar, hizo una profunda reverencia y dijo con elegancia:

—Majestad, traigo un conejo de la conejera del señor marqués de Carabás —éste fue el nombre que el Gato se inventó para su amo—, quien me ha encargado entregarlo en su nombre.

—Dile a tu amo —respondió el rey— que le estoy muy agradecido. Me complace su obsequio.

Tiempo después, el Gato volvió a actuar. Se escondió en un campo de trigo con el saco abierto, y al ver que dos perdices entraban, tiró rápidamente de los cordeles y las atrapó. Como antes, fue a presentárselas al rey, quien recibió encantado el regalo y ordenó que se le diera una buena recompensa.

Durante dos o tres meses, el Gato repitió su estrategia: cazaba y ofrecía sus presas al rey en nombre del ficticio marqués de Carabás. Poco a poco, el nombre de su amo se fue haciendo familiar en la corte.

Un día, el Gato supo que el rey saldría de paseo por la orilla del río. Se acercó a su joven amo y le dijo:

—Si me hace caso, su fortuna está asegurada. Solo métase a bañar en el río, justo donde yo le indique, y déjeme el resto a mí.

Sin entender bien para qué servía todo aquello, el joven obedeció. Mientras se bañaba, el Gato comenzó a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡El señor marqués de Carabás se ahoga!

El rey, al oír los gritos desde su carruaje, reconoció al Gato que tantas veces le había llevado obsequios. Ordenó de inmediato que sus guardias acudieran al rescate.

Mientras sacaban del río al supuesto marqués, el Gato se acercó al carruaje real y explicó:

—Majestad, mientras mi señor se bañaba, unos ladrones se llevaron su ropa. Grité “¡Al ladrón!” con todas mis fuerzas, pero fue inútil.

En realidad, el Gato había escondido la ropa bajo una gran piedra.

El rey, conmovido, ordenó a sus oficiales del guardarropa que trajeran uno de sus trajes más elegantes para vestir al marqués. El joven, que era apuesto y bien formado, lucía ahora aún mejor con aquellas ropas. El rey, encantado con su porte, lo invitó a subir al carruaje y unirse al paseo real.

El Gato, viendo que su plan marchaba a la perfección, corrió adelante y se encontró con unos campesinos que segaban un prado. Les dijo en tono amenazante:

—¡Buenas gentes! Si no le dicen al rey que este prado pertenece al señor marqués de Carabás, los cortaré en pedacitos como carne para empanadas.

El rey, que poco después pasó por el lugar, preguntó a los campesinos:

—¿De quién es este prado que segáis?

—Del señor marqués de Carabás —respondieron todos al unísono, aterrados.

—¡Qué hermosa propiedad! —exclamó el rey, impresionado.

—Como puede ver, Majestad —respondió el marqués—, este prado da un gran rendimiento cada año.

El Gato, que siempre iba un paso adelante del carruaje real, llegó a un campo donde varios trabajadores cosechaban trigo. Se acercó a ellos y repitió con firmeza:

—Buenas gentes que cosechan, si no dicen que todo este trigo pertenece al señor marqués de Carabás, serán picados en pedacitos como carne para empanadas.

Poco después, el rey pasó por allí y preguntó:

—¿De quién es este trigo tan abundante?

—Del señor marqués de Carabás —respondieron los cosechadores, tan asustados como obedientes.

El rey volvió a mostrarse encantado con las tierras del joven marqués. El Gato siguió su camino, repitiendo el mismo truco con cada grupo de campesinos que encontraba. A todos los amenazaba con la misma advertencia, y todos, aterrados, afirmaban que las tierras pertenecían al marqués. El rey estaba cada vez más asombrado por la riqueza de su nuevo acompañante.

Finalmente, el maestro Gato llegó a un imponente castillo, cuya propiedad pertenecía a un ogro muy temido y extremadamente rico. Todas las tierras por las que había pasado el rey eran suyas. Pero el Gato, astuto como él solo, ya había averiguado quién era aquel ogro y qué habilidades poseía.

Se presentó en el castillo diciendo que no podía pasar tan cerca sin rendirle un homenaje. El ogro, algo sorprendido pero cortés, lo recibió e incluso lo invitó a descansar.

—Me han contado —dijo el Gato con gesto de admiración— que usted tiene el don de transformarse en cualquier animal. Que puede, por ejemplo, convertirse en un león o un elefante.

—¡Así es! —rugió el ogro, y al instante se convirtió en un enorme león.

El Gato se asustó tanto al verlo, que saltó hacia las canaletas del techo con gran dificultad, ya que las botas no eran nada prácticas para moverse por las tejas.

Un rato después, cuando el ogro volvió a su forma original, el Gato bajó con cautela, aún algo tembloroso.

—Admito que me ha impresionado mucho —dijo el Gato—. Pero también me han contado, aunque cuesta creerlo, que puede transformarse en animales muy pequeños… ¡incluso en un ratón! Francamente, eso sí me parece imposible.

—¿Imposible? —bramó el ogro— ¡Mira esto!

Y, en un segundo, el temible ogro se convirtió en un pequeño ratón que comenzó a corretear por el suelo.

El Gato no perdió tiempo: saltó sobre él y lo devoró en un abrir y cerrar de ojos. Así terminó el ogro, dueño de todas aquellas tierras.

Mientras tanto, el carruaje del rey se acercaba al castillo. Al ver su magnificencia, el rey quiso entrar.

El Gato, al oír el ruido del carruaje cruzando el puente levadizo, salió corriendo a recibirlo:

—¡Bienvenido, Su Majestad, al castillo del señor marqués de Carabás!

—¿También este castillo es suyo, señor marqués? —exclamó el rey, asombrado—. ¡Nunca he visto un lugar más bello! ¡Qué patio, qué torres, qué jardines!

—Sería un honor para mí mostrarle todo por dentro —respondió el joven con una reverencia.

Entraron al gran salón, donde había una mesa espléndidamente servida. Era una merienda que el ogro había preparado para recibir a unos amigos que, al enterarse de la visita del rey, no se atrevieron a acercarse.

El rey, encantado con la elegancia, la generosidad y —sobre todo— las riquezas del marqués de Carabás, no tardó en levantar su copa y brindar varias veces.

Después del quinto brindis, ya no pudo contener su entusiasmo:

—Solo falta que usted, señor marqués, sea mi yerno.

El joven, con gran humildad, aceptó el honor que se le ofrecía, e inmediatamente se celebraron los preparativos para la boda.

Ese mismo día, se casó con la princesa.

Desde entonces, el Gato se convirtió en un gran señor, y solo volvió a cazar ratones… por pura diversión.

Fin.