Mensaje: El amor más tierno y puro se encuentra en el vínculo entre un padre y su hija.
Valores: Amor, ternura, familia, cuidado, responsabilidad, conexión emocional.
Tiempo de lectura: Aproximadamente 6 minutos

El cuento más tierno del mundo

Era de noche, y como de costumbre, Luis llevaba a su pequeña Lucía a la cama. La arropó con cuidado, acomodó la almohada bajo su cabecita y le dio un beso en la frente. Entonces Lucía, con esos ojitos brillantes que parecían dos luceros, le dijo:

—Papá, papá… quiero que me cuentes un cuento. Pero no cualquier cuento, quiero que me cuentes el cuento más tierno de todo el mundo, el más tierno que nunca ha existido.

Luis la miró sorprendido.
—¿El más tierno de todo el mundo? Uy, Lucía… pero, está medio complicado ¿no crees? Tenemos muchos cuentos aquí, mi amor, te puedo leer cualquiera.

Lucía negó con la cabeza y sonrió.
—Esos ya los conozco, papá. Quiero un cuento más tierno, el cuento más lindo.

Luis suspiró y acarició su cabello.
—Bueno, está bien, mi amor. Te voy a contar un cuento que es muy, muy tierno. Pero este cuento no tiene que ver ni con cachorritos, ni con conejitos, ni con florecitas, ni con gatitos. Creo que eso sería lo más obvio, ¿verdad? No, este cuento es distinto. Es un cuento verdaderamente tierno.

Lucía, intrigada, se acomodó bajo las cobijas y lo escuchó con atención.


Luis comenzó a narrar el cuento más tierno:

“Hace algún tiempo, una pareja de jóvenes esperó durante nueve largos meses la llegada de una pequeña niña. La esperaban con tanto cariño, con tanto esmero, con nervios, con un poquito de miedo, pero sobre todo con una emoción inmensa de por fin conocerla.

El gran día llegó. La madre, llena de amor y valentía, estuvo muchas horas en labor de parto. Dio todo de sí, hasta quedar exhausta, como una heroína. Y entonces, con un esfuerzo lleno de valentía, trajo al mundo a su hija.

El padre, a su lado, no podía dejar de sentir orgullo por ambas: por la madre, tan fuerte y amorosa, y por la pequeña bebé, que llegaba al mundo con la fragilidad de un pétalo y la fuerza de una estrella nueva.

Esa primera noche, la madre dormía profundamente, agotada por todo lo que había sucedido. Y el padre, emocionado, con el corazón latiendo fuerte, permaneció despierto, sosteniendo en brazos a su pequeña hija recién nacida. La miraba con asombro, con sorpresa, con amor… y también con un sentimiento de gran responsabilidad.

Hubo un instante que jamás olvidaría: mientras la abrazaba, la bebé tomó uno de sus dedos con su diminuta manita. Abrió lentamente sus ojos, y el padre, al mirarlos, sintió que eran como dos ventanas hacia el cielo.

En ese momento pensó: En la mirada de un bebé se refleja el poder más puro y maravilloso del universo.

Y allí, en lo profundo de su pecho, nació un sentimiento tan grande que no cabía dentro de él. Era una emoción inmensa, indescriptible, que lo llenaba todo. En ese instante, entendió lo que era el verdadero amor: un amor que trasciende el tiempo, el espacio, la distancia… incluso la misma vida.

Al ver los ojos de su hija, comprendió la divinidad misma. Y entonces se prometió a sí mismo que siempre estaría allí para ella, que siempre la protegería, que siempre la amaría. Desde su corazón le dijo con dulzura:
—”Sin duda eres el amor de mi vida”


Luis hizo una pausa y miró a Lucía, que lo observaba fascinada. Entonces continuó, con voz suave y emocionada:

—¿Sabes, Lucía? Lo que sintió aquel padre por su pequeña aquella primera noche, lo mismo siento yo cada vez que veo tus hermosos ojos. También, cuando te miro dormir, tan frágil y tan fuerte a la vez, siento ese mismo amor inmenso.

Luis sonrió y le acarició la mejilla.
—El cuento más tierno del mundo, Lucía, no es de ositos, ni de gatitos, ni de perritos. El cuento más tierno del mundo trata de lo más preciado que tenemos en nuestra vida: nuestros hijos. Tú, mi amor, eres lo más bonito y tierno que existe en este mundo para mí.

Luis tomó a su hija Lucía de la mano y le dijo suavemente:
—Y así como aquella pequeña bebé dormía en los brazos de su papá, ahora quiero que te duermas tú, mi Lucía, mi tesoro. Duerme tranquila, porque aquí estaré siempre contigo.

Lucía cerró los ojos con una sonrisa tranquila. Su respiración se volvió suave, y se dejó llevar por el sueño, arropada en la certeza de que el amor más tierno del mundo la acompañaría siempre.

Fin.