| Mensaje: | Aceptar lo que somos y aprender a canalizarlo con propósito puede convertir una aparente debilidad en una gran virtud. |
| Valores: | Autoaceptación, transformación, paciencia, amistad, resiliencia, propósito, empatía. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 6 minutos |
La dura vida de una verdura
En un rincón frío y oscuro del refrigerador, dentro del cajón de las verduras, vivía La Cebolla de la Borbolla. Era redondita, con una piel brillante y un corazón lleno de capas blancas como la nieve.
Sin embargo, había algo que la hacía diferente: La Cebolla de la Borbolla lloraba todo el tiempo. Su llanto y su olor era tan fuerte y persistente que las zanahorias, los tomates y hasta el apio estaban al borde de perder la paciencia.
“¡No podemos seguir así!” exclamó una zanahoria, tapándose los ojos llorosos con sus hojas.
“¡Mis semillas se están lavando de tanto llorar!” se quejó un tomate.
“Si esto sigue, vamos a terminar todos como una sopa de tristeza,” murmuró el apio, exhausto.
Después de mucho discutir, los vegetales tomaron una decisión. Con todo el cuidado del mundo, movieron a La Cebolla de la Borbolla fuera del refrigerador y la colocaron en la cocina, justo al lado de la estufa. Pensaban que un poco de aire y de espacio le ayudaría a calmarse. Pero eso solo hizo que la cebolla llorara aún más.
“¡Me han desterrado! ¡Nadie me quiere! ¡Soy una cebolla incomprendida!” sollozaba, dejando un pequeño charco de lágrimas a su alrededor.
Mientras se lamentaba en su rincón, escuchó un suave “pst, pst”. La cebolla dejó de llorar por un momento y miró alrededor. Frente a ella, una olla brillante y robusta se balanceaba ligeramente en la estufa.
“¡Oye, cebollita! ¿Por qué lloras tanto?” preguntó la olla con una voz suave y cálida.
“¿Por qué? ¡Porque nadie me entiende! Todos piensan que solo sé hacer llorar a los demás, pero yo no puedo evitarlo. ¡Es parte de mi esencia!” respondió la cebolla entre sollozos.
La olla se quedó pensativa y luego dijo: “¿Sabes? A veces, lo que creemos que es un defecto puede ser lo que nos hace especiales. Pero si sigues llorando así, te arriesgas a que alguien te ponga dentro de mí y te convierta en sopa de cebolla.”
“¿Sopa de cebolla?” preguntó la cebolla, horrorizada.
Antes de que pudiera decir más, un cucharón largo y metálico que colgaba de un gancho intervino: “Es verdad. He ayudado a hacer muchas sopas, y créeme, no es tan divertido para las cebollas. Pero si trabajas en calmarte un poco, quizá puedas encontrar otro destino,” dijo el cucharón, girando en el aire para parecer más convincente.
En ese momento, un cuchillo afilado que descansaba sobre la tabla de cortar habló con voz grave: “Además, si sigues así, no solo te arriesgas a ser sopa. Podrías terminar en una ensalada, picada en pequeños trozos. Piensa en eso, Cebolla de la Borbolla.”
La cebolla tembló de miedo al imaginarse en esas situaciones. “¡No quiero ser sopa ni ensalada! ¡Quiero vivir más tiempo y ser especial!” gritó desesperada.
La olla, el cucharón y el cuchillo intercambiaron miradas. Juntos comenzaron a planear formas de ayudarla. Hablaron con ella cada día, recordándole que aunque las cebollas a veces hacían llorar, también eran esenciales para dar sabor y vida a los demás platillos.
Mientras hablaban, La Cebolla de la Borbolla comenzó a sentirse más tranquila. Descubrió que, al escuchar a sus nuevos amigos, su llanto disminuía poco a poco. Poco a poco se conocían mejor e incluso tenían días llenos de risas…
Una tarde, mientras la cebolla disfrutaba de una conversación tranquila con la olla, apareció un alto e imponente frasco de vidrio en la encimera. Su tapa metálica brillaba bajo la luz de la cocina, y dentro de él había unos tiernos pepinos persas encurtidos perfectamente alineados. Los juguetones pepinillos la miraban con admiración.
“Hola, cebollita,” dijo el frasco con voz melodiosa. “He escuchado que quieres un destino diferente al de las sopas y las ensaladas.”
“¡Sí, sí! ¡Quiero algo más!” respondió la cebolla con entusiasmo.
“Bueno,” continuó el frasco, “si te portas bien y dejas de llorar tanto, puede que termines como yo: una conserva. Aquí dentro, vivirás por mucho tiempo, mantendrás tu esencia y belleza, y serás un regalo para los amantes de los sabores únicos.”
La cebolla quedó maravillada con la idea. Desde ese día, se esforzó por controlar su llanto. Aunque todavía derramaba algunas lágrimas de vez en cuando, ahora lo hacía con moderación y, sobre todo, con propósito.
Unos días después, los dueños de la casa notaron lo brillante y tierna que estaba La Cebolla de la Borbolla. Decidieron no cortarla, sino convertirla en una deliciosa conserva junto con otras verduras. La cebolla se sintió orgullosa y agradecida. Ahora vivía dentro de un hermoso frasco, acompañada de especias y otros vegetales, lista para aportar sabor y alegría a quien la probara.
Asimismo, la cebolla continuó estando cerca de sus entrañables amigos, los instrumentos de la cocina que le cambiaron todo, hasta la vida.
Moraleja
Todos tenemos aspectos únicos que nos hacen especiales, pero aprender a manejarlos y encontrar un propósito puede transformar una aparente debilidad en nuestra mayor fortaleza.
Fin.