| Mensaje: | Nadie merece pasar la Navidad solo; un pequeño acto de bondad puede devolver la luz y el sentido a quienes han sido olvidados. |
| Valores: | Empatía, compasión, valentía, solidaridad, compañía, generosidad, memoria, espíritu navideño. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 5 minutos |
La casa de las campanas olvidadas
En un pequeño pueblo cubierto de nieve, había una vieja casa al final de la calle más oscura. Nadie vivía allí desde hacía muchos años, y los niños del pueblo la llamaban la casa de las campanas olvidadas. Nadie sabía por qué le decían así, pero en la víspera de Navidad, cuando todo estaba en silencio, se escuchaba un leve tintineo de campanas proveniente de esa dirección.
Un día, tres hermanos, Lucas, Marina y Tomás, decidieron averiguar qué ocurría. “Seguro que son solo ratas o el viento”, dijo Tomás, el mayor, aunque no sonaba muy convencido. Con linternas en mano y bien abrigados, los tres se dirigieron a la casa cuando el reloj dio las ocho de la noche.
Al acercarse, escucharon las campanas. Eran suaves, como si alguien las tocara muy despacio: tilín, tilín…. Las ventanas estaban empañadas, y la puerta principal rechinaba con el viento.
—No entremos —susurró Marina—. Las campanas suenan solas.
Pero Lucas, el más valiente, empujó la puerta que se abrió lentamente con un sonido espeluznante. Dentro, todo estaba cubierto de polvo y telarañas, pero había algo extraño: un árbol de Navidad decorado con adornos viejos y oxidados. A su alrededor, campanas pequeñas colgaban del techo.
—¿Quién las toca? —preguntó Tomás.
De repente, las campanas dejaron de sonar. La luz de la linterna de Marina iluminó una figura al fondo de la sala: ¡era un anciano de aspecto fantasmal! Su piel era pálida como la nieve y su ropa parecía de otra época.
—¡Ah, por fin alguien viene a visitarme! —dijo la figura con voz temblorosa pero amable—. Me llamo Don Mateo, y solía vivir aquí cuando era joven. Nadie me recuerda ya. Solo toco mis campanas cada Navidad, esperando que alguien venga a celebrar conmigo.
—¿Eres un… fantasma? —preguntó Lucas, con los ojos abiertos como platos.
Don Mateo asintió. —Pero no soy un fantasma malo. Solo estoy solo. Las campanas son mi llamada. La Navidad no debe celebrarse en soledad.
Los tres hermanos se miraron y, aunque tenían un poco de miedo, decidieron quedarse. Limpiaron un poco, encendieron las luces del árbol y cantaron villancicos junto a Don Mateo. El anciano sonreía feliz mientras las campanas tintineaban en armonía.
Cuando el reloj dio la medianoche, Don Mateo se levantó. —Gracias por traer el espíritu navideño a esta casa. Ahora puedo descansar en paz.
Y, de repente, su figura comenzó a desvanecerse, dejando solo el suave sonido de las campanas. Cuando los hermanos salieron de la casa, se dieron cuenta de que ya no parecía vieja ni oscura. Era como si la Navidad le hubiera devuelto la vida.
Desde aquella noche, cada víspera de Navidad, las campanas de la casa suenan, pero ahora no dan miedo. Suenan como una canción alegre, recordando a todos que nadie debe pasar la Navidad solo.
Fin.