| Mensaje: | La codicia ciega y lo deja a uno sin nada, mientras que la honestidad, la astucia y la lealtad traen verdadera riqueza. |
| Valores: | Honestidad, generosidad, lealtad, inteligencia, valor, prudencia, gratitud, humildad, perdón, solidaridad. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 20 minutos |
Alí Babá y los cuarenta ladrones
Adaptación para todo público del cuento tradicional de Las mil y una noches, según la versión recogida por Antoine Galland a partir de los relatos de Hanna Diyab.
Hace mucho, mucho tiempo, en una ciudad de la antigua Persia, rodeada de murallas de color miel y de caminos que se perdían en el desierto, vivían dos hermanos que habían heredado la misma casa pequeña y el mismo apellido, pero no la misma suerte.
El mayor se llamaba Cassim. Se casó con una mujer de buena familia, abrió una tienda en el bazar y poco a poco fue llenando su casa de alfombras, de cofres y de llaves. Cuantas más cosas tenía, más cosas quería, y su corazón se volvió tan cerrado como sus cofres.
El menor se llamaba Alí Babá. Se casó con una mujer sencilla y trabajadora, y su único tesoro era un pequeño hacha y tres burros pacientes. Cada mañana, antes de que el sol terminara de despertarse, Alí Babá partía hacia el bosque, cortaba leña, la cargaba en sus animales y la vendía en el mercado. No era rico, pero dormía tranquilo y compartía lo poco que tenía.
El secreto del bosque
Una tarde, mientras cortaba ramas en lo más espeso del bosque, Alí Babá oyó un redoble lejano, como un trueno que se arrastraba por el suelo. Al mirar hacia el horizonte vio una nube de polvo que avanzaba hacia él y, dentro de ella, destellos de metal.
—Jinetes —murmuró—. Y no parecen gente de paz.
Condujo a sus burros tras unos matorrales, trepó a un árbol frondoso y se quedó quieto como una hoja. Los jinetes eran cuarenta, con capas oscuras y miradas duras, y sus caballos llevaban pesadas alforjas. Se detuvieron frente a una gran roca que se alzaba solitaria al pie de una colina. El jefe, un hombre de barba negra y ojos fríos, levantó los brazos y exclamó con voz poderosa:
—¡Ábrete, Sésamo!
Alí Babá contuvo el aliento. La roca crujió, tembló y se abrió como una puerta, mostrando una entrada oscura. Los cuarenta hombres entraron con sus alforjas, y la roca se cerró tras ellos. Pasó un largo rato. Las sombras de los árboles se estiraron sobre el suelo. Por fin la roca volvió a abrirse y los hombres salieron con las alforjas vacías. El jefe dijo:
—¡Ciérrate, Sésamo!
La roca obedeció, y la banda se alejó al galope hasta perderse entre el polvo.
Alí Babá esperó a que el silencio volviera al bosque. Bajó del árbol con las piernas temblorosas, se acercó a la roca y, con un hilo de voz, dijo:
—Ábrete, Sésamo.
La roca se abrió al instante, y Alí Babá se quedó sin palabras. No era una cueva oscura y húmeda, sino una sala enorme, de techo alto y luz dorada. Había montañas de monedas de oro, cofres rebosantes de joyas, sedas de todos los colores, alfombras bordadas y copas de plata. El aire olía a especias y a siglos guardados. Eran los tesoros de muchos años de robos, escondidos por una banda que vivía de lo que no era suyo.
Alí Babá pensó en su esposa, en sus burros y en las noches de invierno con la despensa casi vacía. Sin embargo, no se dejó llevar por la ambición. Tomó solo unas cuantas bolsas de monedas, las que podían cargar sus animales, y las ocultó bajo la leña. «Esto basta para vivir con holgura», se dijo, «y lo demás no me pertenece». Salió, pronunció las palabras para cerrar la roca y volvió a casa por caminos poco transitados.
La balanza prestada
Esa noche, Alí Babá vació las bolsas sobre la mesa y contó a su esposa todo lo que había visto. Las monedas brillaban tanto que la habitación parecía iluminada por mil lámparas.
—¡Debemos saber cuántas son! —dijo ella—. Iré a pedir prestada una balanza a tu cuñada.
Pero la esposa de Cassim, que era tan curiosa como su marido era codicioso, se preguntó para qué querría pesar algo una familia tan modesta. Untó un poco de sebo en el fondo de la balanza, y cuando le fue devuelta, una moneda de oro se había quedado pegada a ella.
Cassim, al saberlo, sintió que los celos le hervían por dentro. A la mañana siguiente fue a ver a su hermano con el ceño fruncido.
—Hermano, ¿de dónde sacas tanto oro? Dímelo todo, o iré a contar a la ciudad que escondes una fortuna.
Alí Babá, que era noble y no sabía guardar rencor, le contó la verdad. Le explicó dónde estaba la roca, qué palabras debía decir y le ofreció compartir lo que quisiera. Pero Cassim no se conformó con la mitad.
—Iré yo solo —respondió— y me llevaré todo.
La cueva de las palabras olvidadas
Al amanecer, Cassim partió con diez mulas y grandes cofres. Llegó a la roca, dijo «¡Ábrete, Sésamo!» y entró deslumbrado. Corrió de montón en montón, llenó cofres, bolsas y sacos. «¡Todo será mío!», repetía, y cada vez le parecía poco.
Cuando por fin decidió marcharse, cargado hasta los dientes, se detuvo ante la puerta y se dio cuenta de que no recordaba las palabras para abrirla.
—¡Ábrete, trigo! ¡Ábrete, cebada! ¡Ábrete, arroz! —gritaba—. ¡Ábrete, avena!
La roca no se movió. La codicia le había llenado la cabeza de oro y no le había dejado espacio para el recuerdo. Cassim se puso cada vez más nervioso y, al cabo de un rato, oyó un trote de caballos que se acercaba. La banda regresaba.
El jefe de los ladrones descubrió las mulas atadas junto a la roca y, con una sonrisa sombría, abrió la entrada con las palabras mágicas. Lo que ocurrió después en aquella cueva nadie lo vio, y no es necesario contarlo. Basta saber que Cassim jamás volvió a salir de allí, y que sus riquezas robadas no le sirvieron de nada.
Cuando el cielo se oscureció y Cassim no regresó, su esposa corrió a casa de Alí Babá, llorando. Alí Babá, con el corazón encogido, tomó a sus burros y marchó a la cueva en plena noche. Allí encontró a las mulas de su hermano, y en la roca, la triste certeza de lo ocurrido. Con respeto y en silencio, trajo a Cassim de vuelta a casa, pues, a pesar de todo, era su hermano.
La ingeniosa Morgana
Había un problema grave: si la ciudad sabía que Cassim había muerto de ese modo, los ladrones podrían descubrir que alguien más conocía su secreto, y Alí Babá y su familia correrían un gran peligro. Por suerte, en casa de Cassim vivía Morgana, una joven criada de gran inteligencia, serena y astuta, que quería a la familia como si fuera suya.
—No se preocupen —dijo Morgana—. Yo me encargaré de todo.
Primero fue a una botica y compró medicinas, diciendo en voz alta que su amo se había enfermado de pronto. Los vecinos la vieron entrar y salir con frascos durante varios días y se compadecieron de la familia. Después fue al barrio de los zapateros y buscó a Baba Mustafá, un remendón de manos hábiles y buen carácter.
—Amigo —le dijo, poniendo en su palma una moneda de oro—, necesito que vengas conmigo con los ojos vendados y que cosas lo que haga falta. A cambio, recibirás otra moneda como esta y mi agradecimiento. Y nunca debes decir nada.
Baba Mustafá aceptó. Con los ojos cubiertos por un pañuelo, Morgana lo guio por calles y rincones hasta la casa. Allí, con paciencia y con la cabeza baja, hizo su trabajo, y cuando terminó, Morgana lo llevó de regreso y le dio la segunda moneda. Así pudo la familia despedir a Cassim con honores y sin sospechas. Los vecinos pensaron que había muerto de enfermedad, y el secreto quedó a salvo.
Alí Babá, por su parte, acogió a la viuda de su hermano como si fuera de su familia, se hizo cargo de la tienda de Cassim y se la confió a su hijo Abdalá, un muchacho honrado y trabajador.
Las marcas en las puertas
Mientras tanto, los ladrones encontraron la cueva en desorden. Faltaban monedas, y el cuerpo de Cassim ya no estaba.
—Alguien más conoce nuestro secreto —gruñó el capitán—. Debemos encontrarlo.
Envió a un hombre a la ciudad, disfrazado de viajero, para averiguar quién había muerto recientemente. El espía llegó al amanecer, cuando el mercado aún estaba medio dormido, y se topó con Baba Mustafá, que ya estaba abriendo su tienda.
—Qué temprano madrugas, zapatero —le dijo—. ¿Has cosido algo curioso últimamente?
Baba Mustafá, que había prometido no hablar, se encogió de hombros. Pero el espía sacó una moneda de oro, y el zapatero, aunque no dijo nada de lo ocurrido, aceptó guiarlo con los ojos vendados, tal como había hecho con Morgana. Así recorrió el mismo camino, doblando las mismas esquinas, hasta detenerse frente a una puerta.
—Es esta —dijo, quitándose el pañuelo.
El espía marcó la puerta con una cruz de tiza y se fue corriendo a avisar a la banda.
Cuando Morgana salió a hacer sus recados, vio la marca y se detuvo.
—Alguien ha señalado nuestra casa —murmuró—. Esto no puede ser casualidad.
Sin perder un instante, tomó un trozo de tiza y dibujó una cruz idéntica en todas las puertas de la calle. Cuando el espía regresó con el capitán, no supieron cuál era la correcta. Todas las puertas lucían la misma cruz.
El capitán, furioso por el error, no perdonó el fracaso y apartó de su banda al espía para siempre. Eligió a otro, que repitió la hazaña, pero esta vez marcó la puerta con una pequeña marca roja, en un lugar discreto. Y Morgana, que era tan atenta como lista, la descubrió de nuevo. Una vez más, sin hacer ruido, copió la marca en todas las casas del barrio. Y el capitán, ante tantas marcas iguales, tampoco pudo saber cuál era la casa de Alí Babá. También él decidió que ya no confiaría en nadie más.
—Iré yo mismo —dijo.
Las tinajas de aceite
El capitán ideó entonces un plan astuto y peligroso. Compró treinta y ocho grandes tinajas de barro y diecinueve mulas. Dentro de treinta y siete de ellas escondió a sus hombres, armados y en silencio, y en la última puso aceite de oliva, de modo que, si alguien inspeccionaba las tinajas, solo viera el líquido dorado. Él mismo se vistió con ropas de rico mercader y se hizo llamar Cogia Hussein.
Llegó a la ciudad al caer la tarde, con su caravana de mulas, y llamó a la puerta de Alí Babá.
—Buen hombre —dijo con voz amable—, vengo de lejos para vender aceite. Es tarde, y no conozco a nadie. ¿Podría pasar la noche en su patio con mis mulas?
Alí Babá, que siempre ofrecía su casa a quien lo necesitaba, abrió los brazos.
—¡Faltaba más! Esta casa es suya. Pase, descanse, y cenará con nosotros.
Alí Babá hizo desatar las mulas, les dio de comer y colocó las tinajas en el patio. El falso mercader se sentó a su mesa, sonriendo con cortesía, pero sin dejar de calcular, en silencio, cuándo despertaría a sus hombres.
La voz en la tinaja
Esa noche, cuando todos dormían, Morgana se dio cuenta de que la lámpara de la cocina estaba a punto de apagarse y que no quedaba aceite para encenderla.
—No importa —se dijo—. En el patio hay tinajas llenas. Tomaré un poco.
Salió al patio. La luna iluminaba las vasijas, grandes y silenciosas. Se acercó a la primera, y al agacharse para destaparla oyó un susurro que venía de dentro:
—¿Ya es la hora?
Morgana sintió un escalofrío, pero no se movió. Mantuvo la calma, y, con una voz grave que no parecía la suya, respondió en un susurro:
—Todavía no. Pronto.
Fue de tinaja en tinaja y en cada una oyó lo mismo. Comprendió, de golpe, todo el engaño: aquel hombre no era un mercader, y las tinajas escondían la mayor amenaza que había conocido la casa. Con el corazón desbocado pero la mente fría, Morgana corrió a la cocina y puso al fuego un gran caldero. Esperó a que el aceite hirviera y, con cuidado, volvió al patio con una jarra.
Una por una, repitió lo mismo en cada tinaja, y no hubo nadie en el patio que escuchara más voces. Cuando terminó, solo quedaba el silencio, y ningún ladrón volvió a salir de allí.
Morgana regresó a su cuarto, apagó la lámpara y se asomó por la ventana, esperando.
El capitán huye
A medianoche, el falso mercader se levantó y se asomó al patio. Silbó dos veces, la señal convenida. Nadie respondió. Silbó otra vez, con más fuerza. Nada. Se acercó a las tinajas, destapó una y entendió, en un instante, que su plan se había derrumbado. Su banda había desaparecido para siempre.
El capitán, pálido de rabia y de miedo, saltó la tapia del patio y huyó hacia el desierto sin mirar atrás. Morgana lo vio desaparecer entre las sombras y respiró hondo. Solo entonces fue a despertar a Alí Babá y le contó todo lo ocurrido.
Alí Babá escuchó con los ojos muy abiertos. Cuando ella terminó, se levantó, tomó las manos de Morgana y le dijo:
—Morgana, nos has salvado la vida. Desde hoy eres libre, y tendrás en esta casa el lugar de una hija.
Juntos enterraron las tinajas lejos de la ciudad, y volvieron a casa para esperar el día.
El mercader de la tienda de enfrente
Pasó el tiempo. El capitán, que había perdido a toda su banda, no podía quitarse de la cabeza la venganza. Cambió de aspecto, se hizo pasar por un comerciante de telas llamado Cogia Hussein y abrió una tienda justo frente a la de Abdalá. Con buenos modales y regalos ocasionales, se hizo amigo del muchacho y le ofreció su compañía.
Un día, Abdalá, agradecido, invitó al mercader a cenar con la familia.
—Hoy no, joven amigo —respondió él—. No puedo probar comidas con sal.
Abdalá, extrañado, se lo comentó a Morgana, que preparaba la cena. Ella dejó el cucharón en la mesa y se quedó pensativa. «Un hombre que no prueba sal en casa ajena», pensó. «Y esa mirada…». Al verlo entrar, Morgana lo reconoció al instante bajo sus ropas elegantes: era el capitán de los ladrones.
Morgana no dijo nada. Sirvió la cena con una sonrisa tranquila y, cuando terminaron de comer, se puso un vestido de bailarina, tomó una pandereta y llamó a Abdalá para que la acompañara.
—Con su permiso, amo —dijo con una reverencia—. Hoy tenemos un invitado muy especial. Permítame honrarlo con un baile.
Alí Babá sonrió, pensando que se trataba de una sorpresa, y el falso mercader, confiado, se recostó en los cojines.
Morgana comenzó a girar con ligereza, con una daga en la mano que brillaba con cada vuelta, trazando círculos en el aire. Danzó a su alrededor con tanta gracia que nadie sospechó nada. Y en un giro final, rápido como un parpadeo, se acercó al falso mercader y puso fin para siempre a sus planes de venganza.
Alí Babá se levantó, horrorizado:
—¡Morgana! ¿Qué has hecho?
Ella se limitó a abrir la capa del falso mercader. Debajo asomaba una daga escondida.
—Este hombre es el capitán de los cuarenta ladrones —dijo Morgana—. Vino a buscar su venganza. Ahora ya no podrá hacerle daño a nadie.
Alí Babá la miró en silencio. Comprendió que, una vez más, la sabiduría y la lealtad de esa joven habían salvado a toda su familia.
Un final feliz
Alí Babá abrazó a Morgana con lágrimas de gratitud.
—Eres más valiosa que todo el oro de la cueva. No sé cómo recompensarte.
Y como Abdalá la quería y la admiraba, y ella también lo apreciaba a él, Alí Babá les propuso casarse. Hubo una gran fiesta, con música, bailes y dulces, y toda la ciudad celebró la boda de Morgana, que había pasado de criada a la hija más querida de la casa.
Alí Babá volvió a la cueva, ahora sin peligro, y se llevó solo lo que necesitaba para vivir con comodidad y ayudar a quienes tenían menos que él. Compartió su fortuna con los vecinos, con los pobres y con los viajeros, y jamás presumió de ella. Fue recordado en toda la comarca como un hombre honrado y generoso. El secreto de la roca, con sus palabras mágicas, pasó solo a su hijo, para que lo guardara con la misma prudencia.
Y así, los que quisieron tenerlo todo terminaron sin nada, y los que supieron usar la honestidad, la inteligencia y la lealtad vivieron felices para siempre.
Moraleja
La codicia ciega a quien la sigue y lo deja sin nada. La honestidad, la astucia y la lealtad, en cambio, abren puertas mucho más valiosas que cualquier tesoro.
Fin.