Mensaje: La verdadera belleza está en aceptarse a uno mismo; el valor no está en cómo se nace, sino en lo que uno es por dentro.
Valores: Autoestima, resiliencia, aceptación, empatía, respeto, perseverancia
Tiempo de lectura: Aproximadamente 25 minutos

El patito feo

Adaptación al español del cuento “El patito feo” de Hans Christian Andersen.

Era tan hermoso allá en el campo. Era verano: los campos de trigo estaban dorados, la avena verde, y entre los prados verdes, el heno estaba apilado. Por ahí andaba la cigüeña, caminando con paso corto sobre sus patas rojas, castañeteando en egipcio, que era el idioma que su madre le había enseñado. Alrededor de los campos y praderas se alzaban vastos bosques, en los cuales se escondían lagos profundos. Sí, de verdad que era hermoso allá en el campo.

En medio del resplandor del sol se alzaba una vieja casa señorial, rodeada de hondos canales. Desde el muro hasta el agua crecían grandes plantas trepadoras formando una bóveda tan alta que dentro de ella podía estar de pie un niño pequeño, más por dentro estaba tan enmarañado, que parecía el interior de un bosque. En ese bosque de hojas, tan denso como el bosque mismo, una pata estaba sentada en su nido, incubando sus huevos. Ya se estaba cansando un poco, porque estar sentada es un trabajo muy aburrido y casi nadie venía a visitarla. Las otras patas preferían nadar por los canales en vez de caminar hasta allá y sentarse bajo la enramada para platicar con ella.

Pero al fin las cáscaras de los huevos comenzaron a romperse, una tras otra.
—¡Pío, pío! —dijeron los pequeños, al cobrar vida y asomar sus cabecitas.
—¡Cuac, cuac! —dijo la pata, y tan rápido como pudieron, todos salieron tambaleándose para ver el mundo verde bajo las hojas. Su madre les permitió mirar todo lo que quisieran, porque el verde es bueno para los ojos.

—Qué grande es el mundo —dijeron todos los patitos, pues ciertamente tenían mucho más espacio que cuando estaban dentro de los huevos.

—¿Creen que esto es todo el mundo? —preguntó su madre—. Pues se extiende y se extiende, hasta el otro lado del jardín y más allá, hasta el campo del párroco, aunque yo nunca he llegado tan lejos. Espero que ya todos hayan salido —dijo levantándose—. No, aún no. Todavía queda el huevo más grande. ¿Cuánto más va a tardar? Ya me estoy cansando de esto —dijo, pero volvió a acomodarse en su nido.

—¿Y cómo va todo? —preguntó una pata vieja que había venido a visitarla.

—Ese huevo se está tardando mucho —dijo la pata en el nido—. No quiere romperse, pero mira a los otros. Son los patitos más lindos que he visto. Se parecen exactamente a su padre, ¡el muy desgraciado! No ha venido a verme ni una sola vez.

—Déjame ver ese huevo que no quiere romperse —dijo la pata vieja—. Es un huevo de pavo, te lo aseguro. A mí me pasó una vez. ¡Qué problema y qué trabajo me dieron esos pavitos! Porque, te lo digo, les da miedo el agua. No pude meterlos en ella. Les graznaba y les daba picotazos, pero no servía de nada. Déjame ver el huevo. Claro que es un huevo de pavo. Déjalo, y ve a enseñarles a nadar a tus otros hijos.

—Ay, voy a quedarme un poco más. Ya he estado tanto tiempo que bien puedo quedarme la mitad del verano.

—Como gustes —dijo la pata vieja, y se fue caminando.

Al fin el huevo grande se rompió.
—¡Pío! —dijo el recién nacido, y salió rodando, pero era tan grande y tan feo.

La pata lo miró.
—Ese patito está terriblemente grande —dijo—. No se parece en nada a los demás. ¿Será acaso un pavo? Bueno, bueno, ¡ya lo averiguaré! Lo meteré al agua, aunque tenga que empujarlo yo misma.

Al día siguiente, el clima estaba espléndido y el sol brillaba sobre todas las hojas verdes de la enramada. La madre pata condujo a toda su familia hasta el canal. ¡Splash! Se metió al agua.
—¡Cuac, cuac! —dijo, y uno tras otro, los patitos se lanzaron. El agua los cubrió por completo, pero salieron en un instante y flotaban perfectamente. Sus patitas se movían solas, y ahí estaban todos en el agua. Incluso el grande, feo y gris nadaba sin problema.

—¡Vaya, no es un pavo! —dijo—. Mira qué bien mueve las patas y qué derecho mantiene el cuerpo. Es mi hijo, al fin y al cabo, y hasta se ve bien si lo miras con atención. ¡Cuac, cuac! Vengan conmigo. Los llevaré al mundo y los presentaré en el corral de las patas. Pero manténganse cerca de mí, no sea que los pisen, y ¡cuidado con el gato!

Así entraron al corral de las patas, donde todo era un alboroto porque dos familias se peleaban por la cabeza de una anguila. Pero al final, el gato se la llevó.

—¿Ven? Así es el mundo —dijo la madre pata, relamiéndose el pico, porque ella también quería la cabeza de la anguila—. ¡Muevan esas patas! ¡Muévanse! Y asegúrense de inclinar el cuello ante esa pata vieja que está allá. Es la más noble de todas y tiene sangre española. Por eso está tan gorda. ¿Ven ese trapo rojo que lleva en la pata? Es algo maravilloso, la más alta distinción que puede tener una pata. Eso significa que no quieren perderla, y que debe recibir atención especial de humanos y animales. ¡Sacúdanse! ¡No metan los dedos de las patas hacia adentro! Un patito bien educado apunta los dedos hacia afuera, igual que su padre y su madre —así, miren. ¡Eso es! Ahora, bajen el cuello y digan “¡cuac!”

Hicieron lo que ella les indicó, pero las demás patas los observaban y dijeron en voz alta:
—¡Vaya! ¿Ahora tenemos que aguantar a esta camada también, como si no fuéramos ya suficientes? Y… ¡puaj! ¡Qué feo está ese patito! No lo vamos a permitir.

Una pata se le echó encima y le mordió el cuello.

—¡Déjalo! —dijo su madre—. No está haciendo nada malo.

—Tal vez no —respondió la pata que lo había mordido—, pero es demasiado grande y extraño, y por eso necesita una buena tunda.

—Qué lindos hijos tienes, madre —dijo la pata vieja con el trapo en la pata—. Todos están muy bonitos, excepto ese. Ese no salió tan bien. Es una lástima que no puedas incubarlo de nuevo.

—Eso no se puede, su señoría —respondió la madre—. No será tan guapo, pero es tan bueno como los demás, y nada igual de bien, o diría yo que incluso un poco mejor. Espero que con el tiempo mejore su aspecto, y que después ya no se vea tan grande. Tardó demasiado en salir del huevo, y por eso su figura no es la ideal —le dio un pellizquito en el cuello y le acomodó las plumas—. Además, es macho, así que no importará tanto. Creo que será bastante fuerte, y estoy segura de que llegará a ser algo en la vida.

—Los otros patitos son bastante bonitos —dijo la pata vieja—. Ahora pónganse cómodos, y si encuentran una cabeza de anguila, me la traen a mí.

Así que se sintieron como en casa. Pero el pobre patito que había salido de último del huevo, y que era tan feo, fue picoteado, empujado y burlado por las demás patas y también por los pollos.
—Es demasiado grande —decían todos.

El pavo, que se creía un emperador porque había nacido con espolones, se infló como un barco con todas las velas desplegadas y se le fue encima, glugluteando sin parar hasta ponerse rojo de la cara. El pobre patito no sabía dónde atreverse a quedarse ni por dónde caminar. Estaba tan triste porque era terriblemente feo y porque todos en el corral se burlaban de él.

Así pasó el primer día, y después las cosas fueron de mal en peor. El pobre patito era perseguido y maltratado por todos. Hasta sus propios hermanos lo molestaban.
—Ojalá el gato te atrapara, cosa tan fea —le decían siempre.
Y su madre también dijo:
—Ojalá estuvieras a kilómetros de aquí.

Las patas lo mordían, las gallinas lo picoteaban, y la muchacha que los alimentaba lo apartaba a puntapiés.

Entonces huyó, y voló por encima de la cerca. Los pajarillos en los arbustos salieron volando asustados.
—Es porque soy tan feo —pensó, y cerró los ojos, pero siguió corriendo hasta llegar a un gran pantano donde vivían los patos salvajes. Ahí se quedó toda la noche, cansado y desanimado.

Cuando amaneció, los patos salvajes volaron hacia él para ver a su nuevo compañero.
—¿Qué clase de criatura eres tú? —preguntaron, mientras el patito se volteaba en todas direcciones, saludándolos con su mejor reverencia.
—Eres terriblemente feo —le dijeron—, pero eso no nos importa mientras no te cases con alguien de nuestra familia.

¡Pobre patito! El matrimonio, claro está, nunca había pasado por su mente. Lo único que quería era que lo dejaran quedarse entre los juncos y beber un poco de agua del pantano.

Ahí permaneció dos días completos. Entonces conoció a dos gansos salvajes, o más bien gansos machos. No hacía mucho que habían salido del cascarón, y por eso se sentían tan seguros de sí mismos.

—Oye, camarada —le dijeron—, eres tan feo que hasta nos caes bien. Ven con nosotros y sé un ave migratoria. En otro pantano cercano hay unas gansas muy bonitas, jovencitas que saben graznar muy bien. Eres tan feo que las volverás locas.

¡Bing! ¡Bang! Sonaron disparos en el aire, y aquellos dos gansos cayeron muertos entre los juncos. El agua se tiñó de rojo con su sangre. ¡Bing! ¡Bang! Volvieron a sonar los disparos, y mientras bandadas enteras de gansos salvajes levantaban vuelo entre los juncos, otra ráfaga estalló. Era una gran cacería. Los cazadores estaban escondidos alrededor del pantano, y algunos incluso trepados en las ramas de los árboles que colgaban sobre los juncos. El humo azul se elevaba como nubes desde la sombra de los árboles y flotaba lejos, sobre el agua.

Los perros de caza llegaron haciendo ¡chap, chap! por el pantano, doblando los juncos y las cañas por todos lados. Esto asustó tanto al pobre patito que torció el cuello para esconder la cabeza bajo el ala. Pero justo en ese momento apareció a su lado un perro enorme y aterrador. Sacaba la lengua por la boca y lo miraba con unos ojos terribles. Abrió sus enormes fauces, mostró sus afilados dientes y —¡chap, chap!— siguió su camino sin tocar al patito.

—Gracias al cielo —suspiró—, ¡soy tan feo que ni el perro se molestó en morderme!

Se quedó completamente quieto, mientras las balas silbaban entre los juncos con cada disparo. Pasó mucho tiempo antes de que todo volviera a la calma, y aun así el pobre patito no se atrevía a moverse. Esperó varias horas antes de atreverse a mirar a su alrededor, y luego salió corriendo del pantano tan rápido como pudo. Cruzó campos y praderas. El viento era tan fuerte que tenía que hacer esfuerzo para mantenerse en pie.

Ya tarde por la noche llegó a una casucha miserable, tan destartalada que no sabía hacia qué lado caerse, y por eso mismo seguía en pie. El viento golpeaba tan fuerte al patito que el pobre tuvo que sentarse sobre la cola para resistirlo. La tormenta soplaba cada vez con más fuerza, pero el patito notó que una bisagra se había soltado y que la puerta colgaba tan torcida que podía colarse por la rendija, y eso fue justo lo que hizo.

Ahí vivía una anciana con su gato y su gallina. El gato, al que llamaba “Michi”, podía arquear el lomo, ronronear e incluso sacar chispas, aunque para eso había que acariciarlo al revés. La gallina tenía unas patitas muy cortas, así que le decían “Cortapatas”. Ponía buenos huevos, y la anciana la quería como si fuera su propia hija.

A la mañana siguiente, notaron enseguida al extraño patito. El gato empezó a ronronear y la gallina a cacarear.

—¡Pero qué cosa! —exclamó la anciana, mirando a su alrededor, pero como era miope, confundió al patito con un pato gordo que se había perdido—. ¡Qué buena suerte! —dijo—. Ahora tendré huevos de pato… a menos que sea macho. Vamos a averiguarlo.

Así que lo probaron durante tres semanas, pero no puso ni un solo huevo.

En esa casa el gato era el amo y la gallina era la dueña. Siempre decían: “Nosotros y el mundo”, porque se creían la mitad del mundo, y además la mejor mitad. El patito pensaba que tal vez había otras formas de ver las cosas, pero la gallina no quería ni oír hablar de eso.

—¿Puedes poner huevos? —preguntó la gallina.
—No.
—Entonces, por favor, guarda silencio.

El gato preguntó:
—¿Puedes arquear el lomo, ronronear o sacar chispas?
—No.
—Entonces guarda tu opinión cuando la gente sensata esté hablando.

El patito se sentó en un rincón, muy triste. Entonces recordó el aire fresco y la luz del sol. Le dieron tantas ganas de nadar en el agua que no pudo evitar contárselo a la gallina.

—¿Pero qué te pasa? —exclamó la gallina—. No tienes nada que hacer, y por eso se te meten esas tonterías en la cabeza. Pon un huevo o aprende a ronronear, y se te pasará.

—Pero es tan refrescante flotar en el agua —dijo el patito—, tan refrescante sentir cómo sube sobre tu cabeza cuando te sumerges.

—¡Sí, ha de ser una maravilla! —dijo la gallina—. Debes de estar completamente loco. Pregúntale al gato, que es el ser más sabio que conozco, si le gusta nadar o sumergirse en el agua. Yo no digo nada de mí misma. Pero pregúntale a la anciana, nuestra ama. No hay nadie más sabio que ella. ¿Acaso crees que quiere nadar y sentir el agua subir sobre su cabeza?

—No me entienden —dijo el patito.

—Bueno, si no te entendemos nosotros, ¿quién lo haría? Seguramente no pensarás que eres más listo que el gato y la anciana… sin contarme a mí. No seas tan engreído, criatura. Da gracias a tu Creador por toda la bondad que te hemos mostrado. ¿Acaso no entraste en esta casita tan acogedora y diste con personas que saben lo que es correcto? Pero eres tan tonto que no da gusto tenerte cerca. Créeme, te lo digo por tu bien. Yo digo verdades que duelen, pero es la única forma de saber quiénes son tus verdaderos amigos. Así que asegúrate de poner algunos huevos. Aprende a ronronear o a echar chispas, ¿quieres?

—Creo que será mejor salir al mundo —dijo el patito.

—Como quieras —respondió la gallina.

Así que el patito se fue. Nadó en el agua, se sumergió, pero aún así todos los seres vivos lo rechazaban por su fealdad.

Llegó el otoño. Las hojas del bosque se tornaron amarillas y marrones. El viento las levantaba y las hacía girar por el aire. El cielo se veía frío, con nubes bajas cargadas de nieve y granizo. El cuervo, posado en la cerca, graznaba “¡cruaa, cruaa!” y tiritaba de frío. Daba escalofríos solo de pensarlo. ¡Pobre patito!

Una tarde, justo cuando el sol se ponía en todo su esplendor, apareció una gran bandada de aves grandes y hermosas saliendo de los juncos. El patito nunca había visto aves tan bellas. Eran de un blanco deslumbrante, con largos cuellos elegantes. Eran cisnes. Emitieron un sonido muy extraño mientras desplegaban sus magníficas alas para volar desde esa tierra fría hacia países más cálidos y aguas abiertas. Subieron tan alto, tan alto, que el pobre patito feo sintió una inquietud extraña al verlos. Daba vueltas y vueltas en el agua, como una rueda. Estiró el cuello para seguir su curso, y soltó un grito tan agudo y extraño que él mismo se asustó. ¡Oh! No podía olvidarlos, aquellas espléndidas y felices aves. Cuando ya no pudo verlos, se sumergió hasta el fondo del agua. Y cuando volvió a salir, estaba completamente fuera de sí. No sabía qué aves eran ni a dónde se dirigían, pero las amaba más que a nada en el mundo. No era envidia, porque jamás habría soñado con alcanzar tanta belleza. Se habría sentido feliz si al menos los patos lo hubieran tolerado —a él, la pobre criatura fea.

El invierno se volvió cada vez más frío —tan terriblemente frío que el patito tenía que nadar de un lado a otro para evitar que el agua se congelara por completo. Pero cada noche el agujero donde nadaba se hacía más y más pequeño. Entonces el frío fue tan intenso que el patito tenía que patalear constantemente para evitar que el hielo crujiente lo atrapara. Finalmente, agotado, ya no pudo moverse, y quedó congelado en el hielo.

A la mañana siguiente, un campesino pasó por ahí, y al ver lo que ocurría, entró al estanque, rompió el hielo con su zueco de madera y se llevó al patito a casa con su esposa. Allí el patito revivió, pero cuando los niños quisieron jugar con él, pensó que lo iban a lastimar. Aterrorizado, revoloteó y cayó dentro de un balde de leche, salpicando leche por toda la habitación. La mujer gritó y levantó las manos mientras el patito salía volando al barril de mantequilla, y luego dentro y fuera del tonel de harina. ¡Imagínate cómo quedó! La mujer chillaba y le tiraba con las tenazas del fuego. Los niños se tropezaban entre sí tratando de atraparlo, riendo y gritando. Por suerte, la puerta estaba abierta y el patito salió corriendo entre los arbustos, donde se dejó caer sobre la nieve recién caída, como aturdido.

Pero sería demasiado triste contar todas las penurias y miserias que tuvo que soportar durante aquel invierno tan cruel. Cuando el sol cálido volvió a brillar, el patito seguía vivo entre los juncos del pantano. Las alondras empezaron a cantar otra vez. Era una hermosa primavera.

Entonces, de pronto, levantó sus alas. Cortaron el aire con mucha más fuerza que antes, y sus poderosos aletazos lo llevaron lejos. Antes de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, se encontró en un gran jardín donde florecían manzanos. Las lilas llenaban el aire con su dulce aroma y colgaban en racimos de largas ramas verdes que se inclinaban sobre un arroyo serpenteante. ¡Oh, qué hermoso era todo ahí, con la frescura de la primavera!

Del matorral que tenía delante salieron tres hermosos cisnes blancos. Erizaban sus plumas y nadaban con ligereza en el arroyo. El patito reconoció a aquellas nobles criaturas, y una extraña tristeza lo invadió.

—Volaré cerca de esas aves reales, y me picotearán hasta matarme, porque yo, que soy tan feo, me he atrevido a acercarme a ellas. Pero no me importa. Es mejor morir a sus picos que seguir siendo mordido por las patas, picoteado por las gallinas, pateado por la muchacha del corral, o pasar tantas miserias en el invierno.

Así que se lanzó al agua y nadó hacia los espléndidos cisnes. Ellos lo vieron y se dirigieron hacia él con las plumas alzadas y susurrantes.
—¡Mátenme! —dijo la pobre criatura, e inclinó la cabeza sobre el agua esperando la muerte.

Pero ¿qué fue lo que vio allí, reflejado en el agua clara? Vio su propia imagen, y ya no era el reflejo de un ave torpe, sucia, gris, fea y despreciable. ¡Él mismo era un cisne!
No importa haber nacido en un corral de patos, si lo que salió del cascarón era un huevo de cisne.

Se sintió verdaderamente feliz de haber pasado por tantas dificultades y desgracias, porque ahora comprendía mejor su propia dicha, y podía apreciar la belleza cuando la encontraba. Los grandes cisnes nadaban a su alrededor y lo acariciaban con sus picos.

Varios niños entraron al jardín para lanzar granos y migajas de pan al agua. El más pequeño gritó:
—¡Hay uno nuevo!
Y los demás se alegraron:
—¡Sí, ha llegado uno nuevo!
Aplaudieron, corrieron, y fueron a llamar a su papá y mamá.

Y lanzaban pan y pastel sobre el agua, mientras todos decían:
—El nuevo es el más hermoso de todos. Es tan joven y tan lindo.

Los cisnes viejos se inclinaron en su honor.

Entonces él se sintió muy tímido, y escondió la cabeza bajo el ala. No sabía qué significaba todo eso. Se sentía tan, tan feliz, pero no estaba nada orgulloso, porque un buen corazón nunca se vuelve orgulloso. Pensó en cómo había sido perseguido y despreciado, y ahora escuchaba que todos decían que él era el más hermoso de todas las aves hermosas. Las lilas inclinaban sus racimos hacia el arroyo delante de él, y el sol brillaba cálido y reconfortante. Él agitó sus plumas y levantó su esbelto cuello, y con el corazón lleno exclamó:

—¡Jamás imaginé que podría haber tanta felicidad, cuando yo era el patito feo!