Mensaje: La astucia, la esperanza y el amor fraternal pueden vencer incluso las situaciones más difíciles.
Valores: Astucia, valentía, esperanza, solidaridad, amor fraternal, resiliencia, confianza, ingenio
Tiempo de lectura: Aproximadamente 19 minutos

Hansel y Gretel

Cuento tradicional recopilado por los Hermanos Grimm

Vivía una vez, junto a un gran bosque, un pobre leñador con su esposa y sus dos hijos; el niño se llamaba Hansel y la niña, Gretel. Tenían muy poco que comer, y un día, cuando una gran escasez azotó la región, ya no pudieron conseguir ni siquiera el pan de cada día.

Una noche, mientras el hombre yacía en la cama dándole vueltas a sus preocupaciones y sin poder dormir por tanta angustia, suspiró y le dijo a su esposa:

—¿Qué va a ser de nosotros? ¿Cómo vamos a alimentar a nuestros pobres hijos si ya no tenemos nada ni para nosotros?

—¿Sabes qué, viejo? —respondió la mujer—. Mañana muy temprano vamos a llevar a los niños al bosque, hasta lo más profundo, donde está bien espeso. Allí les encendemos una fogata y les damos a cada uno un pedacito de pan. Luego nos vamos a trabajar y los dejamos solos. No sabrán cómo regresar a casa, y así nos libramos de ellos.

—¡No, mujer! —dijo el hombre—. ¡Eso no lo haré! ¿Cómo podría dejar a mis hijos solos en el bosque? ¡Las fieras salvajes pronto llegarán y los despedazarán!

—¡Ay, qué menso eres! —respondió ella—. Entonces, ¿quieres que todos nos muramos de hambre? Pues vete haciendo unos ataúdes para los cuatro.

Y no dejó de insistir hasta que el hombre, muy a su pesar, terminó por aceptar.

—Pero… me dan mucha lástima los pobres niños —dijo él.

Los dos niños tampoco podían dormir por el hambre, y habían escuchado todo lo que la madrastra le había dicho a su padre. Gretel lloraba amargamente y le dijo a Hansel:

—Ya nos llevó la fregada.

—Tranquila, Gretel —le respondió Hansel—. No te preocupes, yo me voy a encargar de que salgamos de esta.

Y cuando los padres se durmieron, se levantó, se puso su chaquetita, abrió despacito la puerta trasera y salió. Afuera, la luna brillaba intensamente, y los guijarros blancos que había frente a la casa relucían como si fueran monedas de plata. Hansel se agachó y metió en su bolsita todas las piedritas que pudo. Luego regresó y le dijo a Gretel:

—Ánimo, hermanita querida, duérmete tranquila. Dios no nos va a abandonar.

Y se volvió a meter en la cama.

Cuando apenas comenzaba a amanecer, antes de que saliera el sol, la mujer ya estaba despierta y fue a levantar a los niños:

—¡Levántense, flojos! Vamos al bosque a recoger leña.

Después les dio a cada uno un pedacito de pan y les dijo:

—Aquí tienen algo para el almuerzo, pero no se lo coman antes, porque no hay más.

Gretel guardó el pan bajo el delantal, porque Hansel llevaba los guijarros en la bolsa.

Después emprendieron todos el camino hacia el bosque. Luego de haber caminado un rato, Hansel se detuvo y miró hacia la casa; lo hizo una y otra vez. El padre le dijo:

—¿Qué haces, Hansel, que te quedas atrás mirando? ¡Ponte listo y no te olvides de mover las piernas!

—Ay, papá —dijo Hansel—, estoy viendo a mi gatita blanca que está allá arriba en el techo y me quiere decir adiós.

—Tonto —dijo la mujer—, ¡esa no es tu gatita! Es el sol de la mañana que está brillando sobre la chimenea.

Pero Hansel no estaba viendo a ninguna gatita, sino que, cada vez que se detenía, arrojaba uno de los guijarros brillantes de su bolsa al camino.

Cuando estuvieron en medio del bosque, el padre dijo:

—Ahora recojan leña, niños, voy a encender una fogata para que no tengan frío.

Hansel y Gretel juntaron ramas secas y formaron un montoncito alto. El padre prendió fuego al montón, y cuando las llamas subieron bien alto, la mujer dijo:

—Ahora acuéstense junto al fuego, niños, y descansen un rato. Nosotros vamos más adentro del bosque a cortar leña. Cuando terminemos, volveremos por ustedes.

Hansel y Gretel se sentaron junto al fuego, y cuando llegó el mediodía, cada uno comió su pedacito de pan. Como escuchaban los golpes del hacha, creyeron que su papá todavía andaba cerca. Pero no era el hacha, sino una rama que él había amarrado a un árbol seco y que el viento hacía golpear de un lado a otro.

Y como estuvieron sentados ahí tanto rato, el sueño les fue cerrando los ojos y se quedaron profundamente dormidos. Cuando por fin despertaron, ya era noche cerrada. Gretel empezó a llorar y dijo:

—¿Y ahora cómo vamos a salir del bosque?

Pero Hansel la consoló:

—Espera tantito, hasta que salga la luna. Entonces ya encontraremos el camino.

Y cuando salió la luna llena, Hansel tomó a su hermanita de la mano y siguió el rastro de los guijarros, que brillaban como si fueran monedas recién acuñadas, y les mostraban el camino. Caminaron toda la noche y, al amanecer, llegaron otra vez a la casa de su padre.

Tocaron a la puerta, y cuando la mujer abrió y vio que eran Hansel y Gretel, dijo:

—¡Niños malcriados! ¿Qué hacían durmiendo tanto tiempo en el bosque? Pensamos que ya no iban a regresar.

Pero el padre se alegró mucho, pues le remordía el corazón haberlos dejado solos.

No pasó mucho tiempo antes de que la necesidad volviera a apretarlos por todos lados, y los niños oyeron una noche cómo la madre, acostada en la cama, le decía al padre:

—Ya no queda nada, todo se ha acabado. Sólo tenemos medio pan, y cuando se termine, se acabó la canción. Los niños se tienen que ir. Esta vez los llevaremos más adentro del bosque, para que no puedan encontrar el camino de regreso. No hay otra salida.

Al hombre se le apachurró el corazón y pensó: “Sería mejor que compartiéramos el último bocado con nuestros hijos”. Pero la mujer no quiso escuchar razones, lo regañó y le echó en cara muchas cosas. “El que dice A, tiene que decir B”, y como ya había cedido una vez, tuvo que hacerlo de nuevo.

Pero los niños seguían despiertos y habían escuchado la conversación.

Cuando los padres se durmieron, Hansel se levantó otra vez, queriendo salir para recoger más piedritas como la vez anterior. Pero la mujer había cerrado la puerta con llave, y Hansel no pudo salir.

Entonces consoló a su hermanita y le dijo:

—No llores, Gretel, y duerme tranquila. Diosito no nos va a abandonar.

Muy temprano por la mañana, la mujer fue a despertar a los niños. Les dio su pedacito de pan, que esta vez era aún más pequeño que la vez anterior. Mientras iban de camino al bosque, Hansel lo fue desmoronando en su bolsa, y a cada rato se detenía para tirar una migaja al suelo.

—Hansel, ¿por qué te paras y volteas tanto? —le preguntó el padre—. ¡Sigue caminando!

—Estoy viendo a mi palomita blanca, que está en el techo y me quiere decir adiós —contestó Hansel.

—¡Tonto! —dijo la mujer—. Esa no es tu paloma, es el sol de la mañana que está brillando sobre la chimenea.

Pero Hansel seguía tirando sus migajas una por una a lo largo del camino.

La mujer llevó a los niños más adentro del bosque, a un lugar donde nunca en su vida habían estado. Allí se encendió de nuevo una gran fogata, y la madre les dijo:

—Quédense aquí sentados, niños. Si se cansan, pueden dormir un rato. Nosotros vamos a cortar leña más allá, y cuando terminemos por la tarde, regresamos por ustedes.

Cuando fue mediodía, Gretel compartió su pan con Hansel, porque él había tirado el suyo por el camino. Luego se quedaron dormidos, y la tarde pasó… pero nadie vino por ellos. Despertaron hasta que la noche estaba bien oscura, y Hansel consoló a su hermana:

—Espera, Gretel, hasta que salga la luna. Entonces veremos las migajas de pan que dejé en el camino, y ellas nos guiarán de regreso a casa.

Pero cuando salió la luna y empezaron a buscar, no encontraron ni una sola migaja, porque los miles de pajaritos que vuelan por el bosque y los campos se las habían comido todas.

Hansel le dijo a Gretel:

—De todos modos encontraremos el camino.

Pero no lo encontraron. Caminaron toda la noche y siguieron caminando al día siguiente, desde la mañana hasta la noche, pero no lograron salir del bosque. Y tenían tanta hambre que sólo pudieron comer unas cuantas moras silvestres que encontraron en el suelo. Estaban tan cansados que ya ni las piernas les respondían, así que se recostaron bajo un árbol y se quedaron dormidos.

Ya era el tercer día desde que habían salido de la casa de su padre. Por la mañana, se levantaron otra vez y se internaron aún más en el bosque. Si no recibían ayuda pronto, se iban a morir de hambre.

Cuando fue mediodía, vieron un pajarito blanco, precioso, que estaba posado en una rama. Cantaba tan bonito que se quedaron quietos escuchándolo. Y cuando terminó de cantar, agitó sus alas y voló delante de ellos. Los niños lo siguieron hasta que llegaron a una casita. El pajarito se posó en el techo, y cuando los niños se acercaron bien, vieron que la casita estaba hecha de pan y cubierta con pastel, y las ventanas eran de azúcar transparente.

—¡Nos va a ir muy bien aquí! —dijo Hansel—. Vamos a darnos un buen banquete. Yo me voy a comer un pedazo del techo, y tú, Gretel, puedes comer de la ventana, que seguro está dulce.

Hansel se estiró, arrancó un pedacito del techo para ver qué tal sabía, y Gretel empezó a mordisquear el marco de una ventana.

Entonces se oyó una vocecita aguda que venía desde dentro de la casa:

—¡Cruj, cruj, cruj,
¿quién se está comiendo mi casita?

Los niños contestaron:

—¡Es el viento, el viento,
el niño del cielo!

Y siguieron comiendo, sin preocuparse.

A Hansel le gustó tanto el techo que se arrancó un pedazo más grande, y Gretel empujó una ventana entera, se sentó y se puso a disfrutarla.

De pronto se abrió la puerta y salió una mujer viejísima, apoyada en un bastón. Hansel y Gretel se asustaron tanto que dejaron caer lo que tenían en las manos.

Pero la anciana movió la cabeza y les dijo:

—Ay, niños queridos, ¿quién los trajo hasta aquí? Entren, no tengan miedo. Aquí no les va a pasar nada.

Los tomó de la mano y los llevó adentro de la casa. Les sirvió una buena comida: leche, hotcakes con azúcar, manzanas y nueces. Luego les preparó dos camitas limpias y suaves, y Hansel y Gretel se acostaron creyendo que estaban en el cielo.

Pero la anciana sólo fingía ser amable: en realidad era una bruja malvada que cazaba niños, y había construido la casita de pan nada más para atraerlos.
Cuando alguno caía en sus manos, lo mataba, lo cocinaba y se lo comía, y para ella eso era un verdadero festín.

Las brujas tienen los ojos rojos y no ven muy lejos, pero tienen un olfato finísimo, como el de los animales, y pueden darse cuenta en cuanto se acerca alguien.
Cuando Hansel y Gretel se aproximaron, la bruja se rió con malicia y murmuró con voz burlona:

—¡Ahora sí, estos ya son míos! ¡No se me escapan!

A la mañana siguiente, antes de que los niños despertaran, la vieja se levantó temprano. Al verlos dormir tan tranquilos, con sus mejillas redonditas y coloradas, murmuró para sí:

—¡Qué bocadillo tan bueno van a ser!

Entonces agarró a Hansel con su mano huesuda, lo cargó hasta un pequeño establo y lo encerró detrás de una puerta con rejas. Por más que él gritó y lloró, no sirvió de nada.
Luego fue con Gretel, la sacudió para despertarla y le gritó:

—¡Levántate, floja! ¡Trae agua y cocina algo rico para tu hermano! Está en el corral y tiene que engordar. Cuando esté bien gordo, ¡me lo voy a comer!

Gretel rompió en llanto amargo, pero no le sirvió de nada: tenía que hacer todo lo que la bruja ordenara.

Al pobre Hansel le daban la mejor comida, pero a Gretel sólo le tocaban las cáscaras de los cangrejos.
Cada mañana, la vieja se acercaba al corral y gritaba:

—Hansel, saca el dedito para que vea si ya estás gordo.

Pero Hansel, que era muy listo, le sacaba un huesito de pollo, y como la bruja tenía la vista mala, no se daba cuenta y creía que era su dedo. Así pasaron las semanas, y la bruja no entendía por qué el niño no engordaba.

Después de cuatro semanas, al ver que Hansel seguía igual de flaco, la vieja se desesperó y dijo:

—¡Ya basta! —gritó—. ¡Gretel, ven acá! ¡Apúrate y trae agua! Gordo o flaco, mañana voy a matar a Hansel y a cocinarlo.

¡Ay, cómo sufrió la pobre Gretel mientras cargaba el agua! Las lágrimas le corrían por las mejillas, y sollozando decía:

—¡Ay, Diosito, ayúdanos! Si tan sólo los animales salvajes nos hubieran comido en el bosque, por lo menos habríamos muerto juntos…

—¡Cállate ya, chillona! —le gritó la vieja—. ¡De nada te sirve llorar!

Muy temprano por la mañana, Gretel tuvo que salir, colgar el caldero con agua y encender el fuego.

—Primero vamos a hornear —dijo la bruja—. Ya calenté el horno y amasé la masa.

Empujó a la pobre Gretel hacia el horno, del cual ya salían lenguas de fuego.

—Métete —le ordenó— y fíjate si ya está bien caliente, así podemos meter el pan.

Pero la bruja en realidad planeaba cerrar la puerta del horno en cuanto Gretel estuviera adentro, para asarla viva y después comérsela.

Gretel, que se dio cuenta de lo que la vieja planeaba, le dijo:

—No sé cómo hacerlo. ¿Cómo le hago para meterme ahí?

—¡Mensita! —dijo la bruja—. ¡La entrada es suficientemente grande! Mira, hasta yo podría meterme…

Entonces se arrastró hacia el horno y metió la cabeza para mostrarle.
En ese instante, Gretel la empujó con todas sus fuerzas, la bruja se fue de lleno para adentro, y la niña cerró la puerta de hierro y puso el cerrojo.
¡Uf! La bruja comenzó a gritar y a aullar de manera espeluznante, pero Gretel salió corriendo, y la malvada bruja tuvo un final miserable, quemándose viva.

Gretel fue corriendo directo al corral, abrió la reja y gritó:

—¡Hansel, ya estamos libres! ¡La bruja vieja está muerta!

Hansel salió de un brinco, como pajarito al que le abren la jaula. ¡Qué alegría sintieron! Se abrazaron, saltaron, rieron, se dieron besos… ¡no podían creer que se habían salvado!

Como ya no tenían nada que temer, entraron a la casa de la bruja. En todos los rincones había cofres llenos de perlas y piedras preciosas.

—¡Esto vale más que las piedritas! —dijo Hansel, y llenó los bolsillos todo lo que pudo.

—Yo también quiero llevar algo a casa —dijo Gretel, y llenó su delantal con todo lo que cupo.

—Pero ahora vámonos —dijo Hansel—, tenemos que salir de este bosque de brujas.

Caminaron durante unas horas hasta que llegaron a un gran río.

—No podemos cruzar —dijo Hansel—. No hay puente ni vado.

—Ni tampoco hay barca —dijo Gretel—. Pero mira, allá viene nadando un patito blanco. Si le pedimos, a lo mejor nos lleva del otro lado.

Entonces Gretel cantó:

—Patito, patito,
aquí están Gretel y Hansel.
No hay puente ni barca,
llévanos en tu espalda blanca.

El patito se acercó, y Hansel quiso subir con Gretel. Pero ella dijo:

—No, mejor uno por uno. Pobrecito, se va a cansar si nos carga a los dos.

El animalito bueno los cruzó por turnos, y cuando estuvieron del otro lado, caminaron un rato más, y el bosque les empezó a parecer conocido, cada vez más, hasta que por fin vieron a lo lejos la casa de su padre.

Corrieron hacia ella, entraron a la cabaña y se echaron al cuello de su papá. Desde que los había dejado en el bosque, el hombre no había tenido un solo momento de felicidad. La madrastra ya había muerto.

Gretel sacudió su delantal y las perlas y piedras preciosas salieron rodando por toda la habitación. Hansel también vació los bolsillos y arrojó puñados de tesoros.

Así terminó toda su tristeza, y vivieron felices y contentos el resto de sus días.