| Mensaje: | El amor verdadero y la esperanza pueden superar el aislamiento, la adversidad y la separación. |
| Valores: | Amor, esperanza, perseverancia, valor, compasión. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 9 minutos |
Rapunzel
Cuento tradicional recopilado por los Hermanos Grimm. Versión adaptada para niños.
Érase una vez un hombre y una mujer que desde hacía mucho tiempo deseaban tener un hijo. Con el tiempo, la mujer empezó a tener esperanzas de que su deseo se cumpliera.
La pareja tenía, en la parte trasera de su casa, una pequeña ventana desde la cual se veía un jardín espléndido, lleno de las flores y hierbas más hermosas. Pero el jardín estaba rodeado por un muro muy alto, y nadie se atrevía a entrar en él, porque pertenecía a una hechicera de gran poder, a quien todo el mundo temía.
Un día, la mujer miraba hacia el jardín desde la ventana cuando descubrió un bancal sembrado con los rapónchigos (una verdura de hojas verdes parecida a la espinaca) más hermosos que había visto jamás. Se veían tan frescos y verdes que sintió un deseo enorme de probarlos.
Ese anhelo crecía cada día más. Y como sabía que no podría conseguir ninguno, empezó a decaer y a ponerse pálida.
Su marido se asustó y le preguntó:
—¿Qué te pasa, querida esposa?
—Ay —respondió ella—, si no consigo comer rapónchigos del jardín de detrás de casa, no sé qué será de mí.
El hombre, que la quería mucho, pensó: “Antes que verla sufrir así, iré a buscarle rapónchigos, cueste lo que cueste.”
Al anochecer, trepó el muro hasta el jardín de la hechicera, arrancó a toda prisa un puñado de rapónchigos y se los llevó a su esposa. Ella preparó enseguida una ensalada y la comió con verdadera alegría.
Le supieron tan bien que, al día siguiente, sintió un antojo todavía mayor. Así que, para que ella tuviera tranquilidad, el hombre tuvo que volver al jardín.
Al anochecer se dirigió allí de nuevo, pero apenas había bajado del muro cuando se llevó un buen susto: la hechicera estaba de pie frente a él.
—¿Cómo te atreves —dijo ella con mirada severa— a entrar en mi jardín y tomar mis rapónchigos como un ladrón? Esto tendrá consecuencias.
—Ay —respondió él—, tened piedad. No lo hice sino por gran necesidad: mi esposa vio vuestros rapónchigos desde la ventana y sintió un antojo tan grande que temí por su salud.
Entonces la hechicera calmó su enfado y le dijo:
—Si es tal como dices, te dejaré llevarte todos los rapónchigos que quieras, pero con una condición: debes entregarme al hijo que tu esposa traiga al mundo. Le irá bien, y yo cuidaré de él como una madre.
El hombre, sin saber qué otra cosa hacer, aceptó. Y cuando la esposa dio a luz, la hechicera apareció enseguida, puso a la niña el nombre de Rapunzel y se la llevó consigo.
La torre en el bosque
Rapunzel se convirtió en la niña más hermosa bajo el sol. Cuando cumplió doce años, la hechicera la llevó a vivir a una torre que se alzaba en medio de un bosque. La torre no tenía escalera ni puerta, solo, muy arriba, una pequeña ventana.
Cuando la hechicera quería entrar, se colocaba debajo y llamaba:
“Rapunzel, Rapunzel, suéltame tu cabello.”
Rapunzel tenía un cabello largo y espléndido, fino como hilos de oro. En cuanto oía la voz de la hechicera, se soltaba las trenzas, las enrollaba en un gancho junto a la ventana, y el cabello caía hasta abajo, para que la hechicera trepara por él.
Al cabo de unos años, el hijo del rey cabalgaba por el bosque y pasó junto a la torre. Entonces oyó un canto tan dulce que se detuvo a escuchar. Era Rapunzel, que en su soledad entretenía las horas dejando resonar su hermosa voz.
El príncipe quiso subir a conocerla y buscó una puerta en la torre, pero no encontró ninguna. Regresó a su castillo, mas el canto le había conmovido tanto que, desde entonces, iba cada día al bosque a escucharlo.
Un día, oculto tras un árbol, vio llegar a la hechicera y la oyó llamar:
“Rapunzel, Rapunzel, suéltame tu cabello.”
Rapunzel dejó caer sus trenzas, y la hechicera trepó hasta ella.
“Si esa es la escalera por la que se sube —pensó el príncipe—, también yo probaré mi suerte alguna vez.”
Al día siguiente, cuando empezaba a oscurecer, fue hasta la torre y llamó:
“Rapunzel, Rapunzel, suéltame tu cabello.”
Enseguida cayó el cabello, y el príncipe subió.
El encuentro
Al principio, Rapunzel se asustó mucho al ver entrar a un hombre, pues jamás había visto uno. Pero el príncipe le habló con mucha amabilidad y le contó que su canto había llegado tan hondo en su corazón que no había tenido paz hasta conocerla.
El miedo de Rapunzel se fue disipando. Cuando él le preguntó si quería ser su esposa, y ella vio que era joven y de buen corazón, pensó: “Él me querrá mejor que la vieja Madre Gothel.” Y dijo que sí, y puso su mano en la de él.
—Con gusto me iré contigo —le dijo—, pero no sé cómo bajar desde tan alto. Cada vez que vengas, trae una madeja de seda; con ella tejeré una escalera, y cuando esté lista, bajaré contigo.
Acordaron que él vendría a verla cada atardecer, ya que de día solía venir la hechicera.
Todo iba bien, hasta que un día Rapunzel, sin pensarlo, le preguntó a la hechicera:
—Decidme, Madre Gothel, ¿cómo es que a vos os cuesta mucho más subir que al joven príncipe, que en un instante ya está aquí?
—¡Ay, criatura! —exclamó la hechicera, muy alterada—. ¡Creía haberte apartado del mundo entero, y me has engañado!
Presa de la ira, tomó unas tijeras y cortó las hermosas trenzas de Rapunzel, que cayeron al suelo. Y esa misma noche, la llevó lejos, a un paraje solitario donde Rapunzel tuvo que aprender a vivir sola, con lo poco que encontraba a su alrededor.
La torre vacía
Esa noche, la hechicera ató las trenzas cortadas al gancho de la ventana. Cuando llegó el príncipe y llamó:
“Rapunzel, Rapunzel, suéltame tu cabello.”
ella dejó caer el cabello. El príncipe subió, pero arriba no encontró a su amada, sino a la hechicera, que lo miraba con ojos duros y fríos.
—¡Ajá! —dijo ella—. Vienes a buscar a tu amada, pero ya no está aquí, y no volverás a encontrarla.
El príncipe, abatido por la pena, bajó de la torre a duras penas y, al llegar al pie, tropezó entre los espinos que crecían alrededor. Las espinas le rozaron los ojos con tanta mala fortuna que, desde ese momento, perdió la vista.
Así, ciego y triste, anduvo errante por el bosque, alimentándose de raíces y bayas silvestres, pensando siempre en su amada Rapunzel y sin perder la esperanza de volver a encontrarla algún día.
El reencuentro
Vagó de este modo durante mucho tiempo, hasta que finalmente llegó al paraje apartado donde Rapunzel vivía. Oyó una voz que le resultó extrañamente familiar y se encaminó hacia ella.
Al acercarse, Rapunzel lo reconoció y corrió a abrazarlo, llena de alegría y de lágrimas. Dos de esas lágrimas cayeron sobre los ojos del príncipe, y en ese mismo instante recobraron la claridad: pudo ver de nuevo, tan bien como antes.
Lleno de felicidad, el príncipe condujo a Rapunzel a su reino, donde fueron recibidos con gran alegría. Y desde entonces, vivieron felices por muchísimos años.
Fin.