Mensaje: La soberbia nos hace creernos invencibles, y no debemos confiar en quien nos halaga con palabras dulces sin pensar antes.
Valores: Humildad, prudencia, espíritu crítico, responsabilidad, confianza consciente, perseverancia.
Tiempo de lectura: Aproximadamente 6 minutos

El hombre de jengibre

Adaptación del cuento publicado en la revista St. Nicholas (1875).

Érase una vez una viejecita que vivía en una casita en lo alto de una colina, rodeada de huertas doradas, bosques frescos y arroyos que cantaban. A la viejecita le encantaba hornear, y su cocina siempre olía a canela, a miel y a pan recién hecho.

Una mañana fría, con el sol asomando apenas por la ventana, decidió hacer algo especial. Mezcló harina, jengibre, miel y una pizca de canela, y amasó, amasó y amasó, hasta formar una masa suave y dorada. Con mucho cariño le dio forma de hombrecito: una cabeza redonda, dos bracitos, dos piernitas y unos pies pequeños. Le puso pasas por ojos y por sonrisa, botones de azúcar en la chaqueta y un caramelo por nariz.

—¡Qué guapo te ha quedado! —dijo, muy contenta, y lo metió en el horno.

Poco a poco, la cocina se llenó de un aroma dulce y tibio. Cuando la viejecita abrió la puertecita del horno para ver si ya estaba listo, ¡plaf! El hombrecito de jengibre saltó a la mesa, de la mesa al suelo, y salió corriendo hacia la puerta, cantando a todo pulmón:

¡Corre, corre, tan rápido como puedas!
¡No puedes alcanzarme, soy el hombre de jengibre!

—¡Eh, espera! —gritó la viejecita, con las manos en la cintura.

Su esposo, el viejito, que estaba en el jardín, oyó el alboroto y salió corriendo detrás de ella. Los dos persiguieron al hombrecito por el sendero, pero él era tan veloz que pronto los dejó atrás. Se sentaron a descansar en un banco, resoplando.

El hombre de jengibre siguió corriendo y riendo. Pasó junto a unos segadores que cortaban el trigo bajo el sol.

—¡Qué bien huele ese hombrecito! —dijeron—. ¡Ven aquí, queremos probarte!

Pero él les contestó, sacándoles la lengua de pasa:

¡Yo escapé de una viejecita,
y de un viejito también,
y puedo escapar de ustedes, ¡claro que sí, claro que sí!
¡Corre, corre, tan rápido como puedas!
¡No puedes alcanzarme, soy el hombre de jengibre!

Los segadores soltaron sus hoces y corrieron tras él, pero no pudieron alcanzarlo, y acabaron sentados en un tronco, secándose la frente.

Siguió por el camino y se encontró con un pato que chapoteaba en un charco.

—¡Cuac, cuac! ¡Alto, hombrecito! —graznó—. ¡Hueles delicioso!

—¡Ja! —rio el hombre de jengibre—. Escapé de la viejecita, del viejito y de los segadores, ¡y puedo escapar de un pato también!

Y otra vez cantó su cancioncilla. El pato lo persiguió, moviendo su colita de un lado a otro, pero el hombre de jengibre corría tanto que el pato tuvo que rendirse.

Pasó por la granja y encontró a un cerdo que hozaba en la paja.

—¡Oink, oink! ¡Detente, hombrecito!

—¡No me detendré! —contestó el hombre de jengibre, y cantó de nuevo—. ¡Corre, corre, tan rápido como puedas!

El cerdo trotó tras él, pero se quedó sin aliento a mitad del camino.

Más adelante, en un prado verde, pastaba una vaca grande y tranquila.

—¡Muuu! ¿Adónde vas con tanta prisa, hombrecito? ¡Espera, que quiero probarte!

—¡Escapé de la viejecita, del viejito, de los segadores, del pato y del cerdo! —presumió él—. ¡Y puedo escapar de ti!

La vaca echó a andar tras él, pero era tan grande y tan lenta que enseguida se quedó muy atrás, masticando su hierba.

El hombre de jengibre se sentía cada vez más orgulloso. Corría y corría, con el viento en la cara y las migas de azúcar brillando al sol.

—¡Nadie puede conmigo! —pensaba—. ¡Soy el más rápido del mundo!

Pero pronto llegó a la orilla de un río ancho y azul, y se detuvo.

—¡Oh, no! —dijo—. Yo no sé nadar. Si me mojo, me deshago como una galleta en la leche.

Miró hacia atrás y vio, muy lejos, a todos los que lo perseguían: la viejecita, el viejito, los segadores, el pato, el cerdo y la vaca, que venían jadeando por el camino. Entonces oyó una voz suave a su lado.

Era un zorro de pelaje rojizo y cola larga y sedosa, que lo miraba con una sonrisa muy amable.

—Hola, hombrecito de jengibre. ¿Tienes problemas para cruzar el río? Yo puedo ayudarte. Sube a mi cola y te llevaré al otro lado, sano y seco.

El hombre de jengibre dudó un instante. Miró hacia atrás. Los perseguidores se acercaban.

—Está bien —dijo, y se subió a la cola del zorro.

El zorro empezó a nadar.

—Hombrecito —dijo—, el agua está subiendo. Sube a mi espalda, para que no te mojes.

Y el hombre de jengibre subió.

—Hombrecito, el agua está más profunda. Sube a mi cabeza, ¡así estarás bien alto!

Y el hombre de jengibre subió a la cabeza del zorro.

—¡Qué listo soy! —pensó—. ¡Ahora sí que nadie me alcanzará!

—Hombrecito —dijo el zorro con voz dulce—, tu cabeza es muy pesada. Mejor ponte en mi nariz, ¡así llegamos más rápido!

Y el hombre de jengibre, muy confiado, se puso en la punta de la nariz del zorro.

Entonces el zorro lanzó al aire al hombrecito, abrió la boca y… ¡ñam!

—¡Oh! —dijo el hombre de jengibre—. ¡Ya solo quedan tres cuartos de mí!

¡Ñam!

—¡Ay! ¡Ya solo queda la mitad de mí!

¡Ñam!

—¡Uy! ¡Ya solo queda un cuarto de mí!

¡Ñam!

Y entonces ya no se oyó nada más. El zorro se relamió los bigotes, satisfecho, y siguió su camino. A lo lejos, la viejecita y el viejito suspiraron y volvieron a casa lentamente.

Esa noche, la viejecita amasó otra vez jengibre, miel y canela. Pero esta vez horneó galletas bien pequeñas, ¡y cerró la puerta del horno con mucho cuidado!

Moraleja:

Presumir demasiado nos hace creernos invencibles, y quien nos halaga con palabras muy dulces no siempre tiene buenas intenciones. Antes de confiar, conviene detenerse a pensar.