Mensaje: Decir la verdad y actuar con responsabilidad, esfuerzo y amor hacia quienes nos quieren es lo que de verdad nos transforma y nos hace libres.
Valores: Honestidad, responsabilidad, perseverancia, amor filial, perdón, obediencia, esfuerzo.
Tiempo de lectura: Aproximadamente 21 minutos

Pinocho

La historia del muñeco de madera que quería ser un niño de verdad

Versión corta, inspirada en el clásico de Carlo Collodi


Había una vez un trozo de madera. Nada especial, apenas un leño de esos que se guardan para el invierno, para encender la chimenea en las noches frías. Pero aquel leño tenía un secreto: cuando alguien lo tocaba, se quejaba como si fuera de carne y hueso.

Un viejo carpintero cuyo nombre era Maese Antonio, pero al que todo el mundo llamaba Maese Cereza (así lo apodaban por la nariz roja y brillante, como una cereza madura) lo encontró un día entre las virutas de su taller y, contentísimo, se frotó las manos.

—¡Justo lo que necesitaba! —dijo—. Haré con él la pata de una mesa.

Levantó el hacha… y una vocecita muy fina, muy fina, salió de ninguna parte:

—¡Ay! ¡No me des tan fuerte!

Maese Cereza se quedó blanco como el papel. Miró debajo del banco, dentro del armario, detrás de la puerta.

—¿Quién ha dicho eso? —preguntó, temblando—. Aquí no hay nadie… tiene que haber sido cosa de mi imaginación.

Y volvió a levantar el hacha. Pero apenas rozó la madera, la vocecita protestó de nuevo:

—¡Ay! ¡Me has hecho daño!

Esa misma tarde llamaron a la puerta. Era su vecino y amigo Gepeto, un viejo de barba blanca y corazón enorme que vivía solo en una casita pequeña, y que desde hacía años soñaba con una sola cosa en el mundo: tener un hijo.

—Maese Cereza, ¿tendría por ahí algún trozo de madera que me pudiera regalar? Quiero hacerme un muñeco, uno que sepa bailar, dar saltos y volteretas, para recorrer el mundo con él y ganarme un pedazo de pan.

—¡Aquí tienes! —dijo Maese Cereza, aliviado de perder de vista aquel leño tan extraño—. Es todo tuyo.

Gepeto se lo llevó a casa feliz como unas Pascuas, y esa misma noche se puso a tallarlo a la luz de una vela.

—¿Y qué nombre le pondré? —se preguntó, rascándose la barba—. Ya sé: lo llamaré Pinocho. Este nombre le traerá fortuna. Conocí una vez a toda una familia de Pinochos: Pinocho el padre, Pinocha la madre, y un montón de Pinochos pequeños, y a todos les iba muy bien en la vida. Bueno… el más rico de ellos pedía limosna en la puerta de la iglesia. Pero eso ahora no importa.

Y así, con su viejo cuchillo y sus manos temblorosas de ilusión, Gepeto se puso a tallar a su Pinocho.

Apenas terminó el pelo, el pelo ya era rubio. Apenas terminó la frente, la frente ya se arrugaba, traviesa. Apenas terminó los ojos… los ojos se movieron y lo miraron fijamente.

—Ojitos de madera, ¿por qué me miráis así? —preguntó Gepeto, algo molesto.

Nadie contestó. Entonces talló la nariz, y esta creció y creció sola, como si no quisiera parar nunca.

—¡Basta ya! —protestó Gepeto, recortándola una y otra vez, pero cuanto más la cortaba, más larga volvía a salir.

Después le hizo la boca, y antes siquiera de terminarla, ya se estaba riendo de él.

—¡Deja de reírte! —dijo Gepeto, medio enojado, medio encantado.

—No pararé —contestó la boca— hasta que me hagas las piernas, porque tengo unas ganas enormes de correr por ahí.

Le puso los brazos, y las manitas de madera le quitaron enseguida la peluca de la cabeza.

—¡Devuélveme eso! —rio Gepeto.

Le puso las piernas, y apenas las terminó, las piernas ya no pudieron quedarse quietas: dieron un puntapié, luego otro, y de pronto la marioneta saltó de la mesa y salió corriendo por la puerta, calle abajo, con Gepeto detrás gritando:

—¡Pinocho! ¡Vuelve aquí! ¡Pinocho!

Aquella primera noche el pequeño Pinocho volvió solo a casa, cansado y con hambre, y se sentó demasiado cerca de las brasas para calentarse los pies. Se quedó dormido así, sin darse cuenta de nada, y cuando Gepeto llegó lo encontró en el suelo, llorando, sin pies: se le habían quemado por completo.

—Padre, perdóname —sollozó Pinocho—. Te prometo que de ahora en adelante seré bueno. Iré a la escuela, estudiaré, y te haré sentir orgulloso de mí.

—Está bien, hijo mío —dijo Gepeto, sin una sola palabra de reproche—. Los que se equivocan y lo reconocen, siempre merecen otra oportunidad.

Esa misma noche le talló unos pies nuevos, mejores que los primeros. Y antes de que Pinocho saliera para la escuela, un grillo pequeño y de aspecto serio, que llevaba viviendo años detrás de la chimenea, se le acercó despacito.

—Pinocho, un consejo de quien ya ha vivido mucho —le dijo—: quien no obedece a los que lo quieren, tarde o temprano se arrepiente.

—¡Vaya, un grillo que habla! —rio Pinocho—. No te preocupes, Pepe Grillo, seré el niño más obediente del mundo.

—Eso espero —suspiró el grillo—, porque el mundo está lleno de tentaciones para un corazón tan confiado como el tuyo.

Gepeto, que no tenía ni una moneda, vendió su única chaqueta —la que lo abrigaba en los días más fríos— para comprarle a Pinocho un abecedario. Y a la mañana siguiente, con el libro bajo el brazo y el corazón lleno de buenas intenciones, Pinocho salió camino de la escuela.

No llegó muy lejos.

A pocas calles de allí, un redoble de tambores lo detuvo en seco. Era el Gran Teatro de Marionetas de Tragalumbre, un titiritero enorme, de barba negra como el carbón que le llegaba hasta el suelo, que hacía bailar a sus muñecos entre gritos de “¡pasen, pasen!”.

—¿Cuánto cuesta la entrada? —preguntó Pinocho a un niño que pasaba.

—Veinte céntimos.

Pinocho no tenía ni un céntimo. Pensó un momento, y entonces tomó una decisión de la que se arrepentiría enseguida:

—Vendo mi abecedario nuevo por veinte céntimos —le dijo a un trapero que pasaba por ahí.

—Trato hecho —contestó el hombre, y así, sin que Pinocho lo pensara dos veces, el libro que tanto le había costado a Gepeto cambió de manos, mientras el viejo carpintero, en su casa, tiritaba de frío sin su chaqueta.

Pinocho entró al teatro justo quando el telón se abría. En el escenario, dos muñecos llamados Arlequín y Polichinela discutían a gritos, y el público reía a carcajadas. Pero de pronto Arlequín dejó de actuar, señaló hacia el público y gritó:

—¡Cielos! ¿Es él? ¡Sí, es él! ¡Es nuestro hermano Pinocho!

—¡Pinocho! ¡Ven aquí, a los brazos de tus hermanos de madera! —gritaron todos a coro.

Pinocho, encantado, saltó al escenario entre abrazos y risas. El público, confundido pero divertido, aplaudía sin parar.

Fue entonces cuando salió de entre bambalinas Tragalumbre en persona, con su vozarrón que parecía salir de un horno y sus ojos como dos faroles encendidos.

—¿Quién ha venido a arruinar mi función? —rugió.

Todos los muñecos enmudecieron de miedo. Tragalumbre tomó a Pinocho, lo llevó hasta el fuego donde asaba su cena, y estuvo a punto de arrojarlo a las llamas.

—¡Piedad, señor! —gritó Pinocho, temblando de la cabeza a los pies—. ¡Mi padre me espera en casa!

—¿Y quién es tu padre? —preguntó Tragalumbre, deteniéndose un instante.

—Un pobre viejo llamado Gepeto, que vendió su única chaqueta para comprarme un libro. Y yo… yo lo vendí para pagar la entrada de este teatro.

Al gigante, que por debajo de su vozarrón tenía un corazón menos negro de lo que parecía, se le llenaron los ojos de lágrimas y estornudó fuerte —así se ponía siempre que algo lo conmovía.

—Está bien, está bien, no llores más —dijo, soltándolo—. Toma, llévale estas cinco monedas de oro a tu padre. Y no vuelvas a faltar a la escuela.

Pinocho salió corriendo, feliz, apretando las monedas contra su pecho de madera, pensando en la cara que pondría Gepeto al verlas.

No había andado mucho cuando se cruzó con dos figuras extrañas: un Zorro que cojeaba de una pata, aunque cambiaba de pata coja cada pocos pasos, y un Gato que fingía estar ciego, aunque de vez en cuando se le escapaba un vistazo demasiado atento.

—Buenas tardes, Pinocho —dijo el Zorro con voz melosa—. Qué suerte la tuya, con esas cinco monedas de oro.

—¿Cómo sabéis mi nombre… y lo de las monedas? —preguntó Pinocho, sorprendido.

—Un pajarito nos lo contó —dijo el Gato, sin abrir los ojos—. ¿Sabes lo que deberías hacer con ellas, en vez de gastarlas de cualquier manera?

—¿Qué?

—Ir al Campo de los Milagros —dijo el Zorro—. Entierras tus monedas allí esta noche, dices tres palabras mágicas, y por la mañana encontrarás un árbol cargado no de cinco monedas, sino de mil.

—¿Mil monedas? —a Pinocho le brillaron los ojos. Pensó en Gepeto, en la chaqueta que le compraría, en lo orgulloso que estaría de él.

—¿Y está muy lejos ese campo? —preguntó.

—Nosotros te llevaremos, ¿verdad, amigo Gato?

Y así, olvidando por completo la escuela, Pinocho los siguió hasta un campo solitario en las afueras de una ciudad llamada Atrapabobos, mientras caía la noche.

Enterró sus cinco monedas bajo la luz pálida de la luna, dijo las palabras que le indicaron, y se fue a esperar a una posada cercana. Pero cuando volvió más tarde para ver si su árbol ya había crecido, dos bandidos encapuchados —que no eran otros que el Zorro y el Gato disfrazados— lo asaltaron en la oscuridad.

—¡La bolsa o la vida! —gritaron con voces disfrazadas.

Pinocho, más rápido de lo que él mismo esperaba, escondió las monedas en la boca y corrió, corrió como nunca había corrido, con el corazón golpeándole el pecho de madera y los bandidos pisándole los talones bajo un cielo sin estrellas. Corrió hasta que ya no pudo más, y entonces lo alcanzaron. Lo colgaron de la rama más alta de una encina, boca abajo, y allí lo dejaron colgado, meciéndose con el viento.

—¡Ábrela de una vez, testarudo! —gritaba uno de los bandidos.

Pero Pinocho, con la boca bien cerrada, no soltó ni una sola moneda, aunque sintió que el frío de la noche le calaba los huesos de madera y que ya no le quedaban fuerzas ni para llorar.

Fue entonces cuando una ventana se abrió en una casita cercana, y una niña de cabellos azules como el cielo del amanecer se asomó y lo miró con una tristeza infinita.

—Pobre muñeco —susurró—. ¿Quién te ha hecho esto?

Era el Hada de los Cabellos Azules, y aunque conocía perfectamente la respuesta, mandó a un halcón a cortar la cuerda y a un perro fiel a traerlo hasta su casa. Allí lo cuidó, lo curó, y cuando por fin Pinocho pudo hablar, ella le preguntó con dulzura:

—¿Dónde están las cinco monedas de oro que Tragalumbre te regaló?

—Las… las perdí —mintió Pinocho.

Y en ese mismo instante sintió algo extraño en la cara. Su nariz, su propia nariz, empezó a crecer. Un centímetro. Después dos.

—Se me cayeron por el camino, de verdad —insistió, cada vez más nervioso, y la nariz creció otro poco más.

—¿Dónde exactamente las perdiste? —preguntó el Hada, sin alterarse.

—En… en el bosque, cerca de aquí —dijo Pinocho, y la nariz creció tanto que ya no podía ni girarse dentro de la habitación sin golpear algo con ella.

—Pinocho —dijo el Hada, sin enojo, con una calma que dolía más que cualquier regaño—, las mentiras se reconocen enseguida. Hay dos clases: las que tienen las piernas cortas, y las que tienen la nariz larga. La tuya, por lo visto, es de las segundas.

Pinocho se miró en un espejo y rompió a llorar, avergonzado de aquella nariz absurda que lo delataba ante el mundo entero.

—¡Perdóname! Se las di al Zorro y al Gato, ellos me convencieron de enterrarlas en el Campo de los Milagros, y luego me robaron y me colgaron de un árbol. Nunca más volveré a mentir, lo juro.

El Hada, conmovida, hizo entrar por la ventana a una bandada de pájaros carpinteros que, a base de picotazos suaves, le devolvieron la nariz a su tamaño normal.

—Prométeme que irás a la escuela —dijo el Hada.

—Lo prometo con toda mi alma —respondió Pinocho, y esta vez, mientras lo decía, sintió que no le crecía nada. Porque esta vez era verdad.

Con la mejor de sus intenciones, Pinocho emprendió de nuevo el camino a casa. Pero en el cruce del bosque se topó con un grupo de niños que reían y saltaban de alegría, subiéndose a un carruaje tirado por doce parejas de burros.

—¿A dónde van con tanta prisa? —preguntó Pinocho, curioso.

—¡Al País de los Juguetes! —respondió un chico rubio y sonriente, al que todos llamaban Mequillo—. Allí no hay escuelas, ni maestros, ni deberes. Solo juegos, dulces y diversión, todos los días del año. ¿Te vienes?

—No sé… le prometí al Hada que iría a la escuela —dudó Pinocho.

—¡Bah, un solo día no le hará daño a nadie! Además, ¿no te mereces divertirte un poco después de todo lo que has pasado?

Pinocho pensó fugazmente en Gepeto, en el Hada, en su promesa recién hecha. Pero la idea de un lugar sin obligaciones fue más fuerte, y subió al carruaje.

Los primeros días en el País de los Juguetes fueron los más felices de su vida. Jugó desde que salía el sol hasta que se ponía, sin estudiar una sola letra, sin obedecer a nadie. Pero una mañana, al despertar, escuchó una voz extraña que le salía de su propia boca cuando bostezaba. Se miró al espejo y descubrió algo terrible: le habían crecido dos orejas largas y peludas.

—¡Mequillo! ¡Mira lo que me ha pasado! —gritó, corriendo a buscar a su amigo.

Pero Mequillo, al abrir la puerta, tenía las mismas orejas, y detrás de él, una cola.

—Nos estamos convirtiendo en burros —dijo Mequillo, ya sin poder hablar con claridad, más bien rebuznando—. Esto les pasa a todos los niños que solo quieren jugar y nunca estudiar.

Pinocho, ya convertido casi por completo en un pequeño burro gris, fue vendido a un circo, donde lo obligaron a saltar aros de fuego ante un público que aplaudía sin saber que, debajo de aquel disfraz de animal, había un corazón que aún recordaba su nombre. Un mal salto, una caída, y su pata quedó lastimada para siempre. Ya inútil para el circo, un hombre lo compró para arrojarlo al mar y ahogarlo.

Y así, hundido bajo las olas, ocurrió el milagro inverso: los peces le arrancaron a mordiscos todo el pelo de burro, y cuando por fin salió a flote, Pinocho volvió a ser lo que siempre había sido en el fondo: un muñeco de madera, asustado y arrepentido, flotando solo en la inmensidad del mar oscuro.

No tuvo tiempo de alegrarse. De pronto, el agua a su alrededor tembló, y una sombra descomunal se acercó nadando hacia él, abriendo unas fauces tan grandes como la boca de una cueva. Era el Terrible Tiburón, tan enorme que ni una locomotora lanzada a toda máquina lo hubiera detenido. Se tragó a Pinocho de un solo bocado.

Dentro, todo era oscuridad. Pinocho caminó a tientas, con las manos por delante.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó, con la voz temblando.

Y entonces, muy a lo lejos, vio una lucecita débil, como la de una vela a punto de apagarse. Caminó hacia ella con el corazón latiéndole con fuerza, y al llegar encontró a un viejecito sentado junto a una mesa improvisada.

—¡Padre! —gritó Pinocho.

—¿Pinocho? ¿Eres tú de verdad, hijo mío? —Gepeto se levantó de un salto y lo abrazó tan fuerte como pudo—. Te busqué por tierra y por mar, y el mar terminó tragándome también a mí.

—Perdóname, padre, por todo. Por las mentiras, por el País de los Juguetes, por no haber ido a la escuela cuando lo prometí.

—Ya hablaremos de eso más tarde —dijo Gepeto, con la voz quebrada por la emoción—. Ahora lo único que importa es que estamos juntos.

—No podemos quedarnos aquí esperando —dijo Pinocho, secándose las lágrimas—. Yo te sacaré de este lugar, padre. Te lo prometo, y esta vez pienso cumplirlo.

Con Gepeto demasiado débil para caminar, Pinocho lo cargó sobre sus hombros de madera y avanzó a tientas por la garganta oscura del tiburón, mientras la bestia dormía con la boca entreabierta, dejando entrar un hilo de luz de luna. Paso a paso, sin soltar a su padre ni un instante, llegó hasta el borde de aquellos dientes gigantes y saltó al agua fría.

Nadó con todas sus fuerzas, cargando a Gepeto sobre la espalda, hasta que sintió la arena bajo sus pies de madera. Estaban a salvo.

Pero la aventura de Pinocho no terminó en la playa. Gepeto, agotado por el frío y el hambre de tantos días, cayó gravemente enfermo. Y esta vez fue Pinocho quien no se apartó de su lado ni un solo día.

—Descansa, padre —le decía cada mañana—. Yo me encargo de todo.

Le llevaba agua, lo abrigaba, y para poder comprarle medicinas y leche fresca, se puso a trabajar dando vueltas a la rueda de un pozo, ocho meses seguidos, sin quejarse una sola vez. De noche, en lugar de jugar como antes hacía, tejía cestas de junco para venderlas en el mercado. Y con lo poco que le sobraba, aprendió por su cuenta a leer y a escribir, porque nunca olvidó su promesa.

Una noche, mientras dormía agotado tras un día entero de trabajo, soñó con el Hada de los Cabellos Azules, que se le acercaba sonriendo como nunca antes la había visto sonreír.

—Pinocho —le dijo—, has demostrado un corazón bueno de verdad. No por las palabras que prometiste, sino por lo que hiciste cuando nadie te lo pedía. Los niños que cuidan a quienes los quieren, que trabajan con alegría y dicen siempre la verdad, merecen convertirse en aquello que más desean.

A la mañana siguiente, Pinocho se despertó y algo era distinto. Se llevó las manos a la cara y sintió piel, piel de verdad, cálida y suave. Corrió hasta un espejo con el corazón a punto de estallar de la emoción, y lo que vio lo dejó sin aliento: ya no era un muñeco de madera. Era un niño, con mejillas sonrosadas, ojos brillantes y una sonrisa que ya no necesitaba hilos para moverse.

—¡Padre! ¡Mírame! —gritó, corriendo hacia Gepeto, que ya estaba curado por completo y lo esperaba con los brazos abiertos, vistiendo, para colmo de alegría, una chaqueta nueva.

—Hijo mío —dijo el viejo carpintero, abrazándolo con fuerza, sin poder contener las lágrimas—. ¡Por fin! Por fin tengo lo que siempre soñé.

—¿Sabes, padre? —dijo Pinocho, riendo entre lágrimas—. Qué cómico era yo cuando era un muñeco de madera. ¡Y qué contento estoy ahora de ser un niño de verdad!

Y allí, en la casita pequeña donde todo había comenzado con un simple trozo de madera que lloraba y reía, Pinocho y Gepeto se quedaron a vivir felices, ya nunca más como marioneta y carpintero, sino como lo que en el fondo siempre habían sido el uno para el otro:

Padre e hijo.

Fin.


Pinocho nos enseña que decir la verdad, aunque a veces sea difícil, nos hace libres. Y que querer a alguien no se demuestra con promesas, sino con lo que hacemos por esa persona cuando nadie nos está mirando.