| Mensaje: | La imaginación infantil puede construir mundos maravillosos donde los valores como la paz, el respeto y la convivencia florecen. |
| Valores: | Imaginación, convivencia, respeto, curiosidad, cuidado del medio ambiente, amor familiar. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 7 minutos |
El tren que viajaba a la luna
Cada noche, cuando llegaba el momento en que la luna colgaba brillante en el cielo y las estrellas comenzaban a parpadear, Daniel sabía que era hora ir a dormir. Como de costumbre, se acomodaba bajo sus cobijas suaves mientras la voz cálida de papá le acompañaba con alguna canción o un cuento, guiándolo poco a poco hacia el mundo de los sueños.
Pero aquella noche sería diferente. Daniel tenía algo que contar, algo asombroso que no podía esperar ni un minuto más.
—Papá —susurró Daniel con emoción—, ¿puedo contarte algo?
Papá, con una sonrisa tierna, asintió, intrigado por la emoción de su hijo.
—Claro que sí, Dani. Cuéntame, ¿qué pasa?
Los ojos de Daniel brillaban llenos de ilusión, reflejando la luz tenue de la lámpara en su habitación.
—Tuve un sueño. Soñé con un tren que viajaba todas las noches desde la Tierra hasta la Luna. Era un tren fantástico, cada vagón tenía enormes ventanales que te permitían ver perfectamente las estrellas, planetas y meteoritos mientras viajabas. Incluso, había un vagón especial hecho completamente de un material transparente, tan claro como el cristal, donde te sentías flotando en medio del universo. Era como volar sin alas. ¡Y viajaba a través de un túnel larguísimo y brillante que unía nuestro planeta con la Luna!
Mientras Daniel hablaba, su imaginación parecía llevar a ambos, padre e hijo, directamente hacia aquel lugar fantástico.
—¿Y sabes qué era lo más increíble, papá? —continuó Daniel con emoción creciente—. ¡Ese tren era especialmente para niños! Tenía cabinas con paredes interactivas que cambiaban según lo que quisieras ver: galaxias lejanas, constelaciones que se movían cuando tocabas la pared, o incluso dibujos animados espaciales.
Papá, cada vez más sorprendido, lo escuchaba atentamente, maravillado por los detalles del sueño de su hijo.
—Además, había vagones repletos de juguetes inteligentes que hablaban y jugaban contigo, clases de canto y música, bibliotecas espaciales con libros que contaban sus propias historias, laboratorios donde podías experimentar con gravedad cero y talleres de arte para pintar con pinturas flotantes que nunca se derramaban. Incluso había teatros donde podías actuar y clases donde te enseñaban a saltar tan alto como un astronauta. ¡Todo era tan divertido, papá!
Daniel hizo una breve pausa, respirando con entusiasmo, mientras su papá lo miraba con ojos asombrados.
—¡Ese tren suena maravilloso, Dani! ¿Y cómo era la Luna? Cuéntame más —pidió el padre, cautivado por el sueño.
Daniel cerró los ojos, como si quisiera regresar nuevamente a ese mágico lugar.
—¡La Luna es asombrosa, papá! El tren entraba lentamente en una gran estación lunar, blanca y brillante como hecha de mármol, todo lo que ves es blanco, brillante y luminoso como la nieve fresca. Hay ciudades enteras hechas con cristales lunares que reflejan las estrellas, y todas las calles están cubiertas con polvo lunar, que es tan suave y ligero como tocar algodón. Al principio, necesitas ponerte un traje especial, liviano y suave, como de astronauta, se usa para caminar afuera. Pero al entrar en las casas puedes quitártelo y estar cómodo como aquí en la Tierra.
Papá escuchaba atento, visualizando con claridad cada descripción detallada por Daniel.
—Lo más divertido es la comida, papá. ¡Todo allá es blanco! Al principio, pensaba que era rara, pero al probarla era deliciosa. Imagínate, había fresas blancas que sabían exactamente como las rojas, uvas blancas jugosas, limones blancos que seguían siendo ácidos. También había pizza lunar con queso blanco que brillaba suavemente en la oscuridad, galletas lunares hechas con harina blanca especial y jugos que parecían leche, pero sabían a naranja, piña o manzana. Era tan divertido tratar de adivinar lo que comías porque todo era del mismo color. El agua parece leche, pero sabe igual que aquí. Las zanahorias, jitomates, manzanas y sandías también son blancas, pero al probarlas saben exactamente igual que en casa. ¡Es increíble!
Daniel abrió los ojos con expresión soñadora.
—¿Y sabes qué es aún mejor, papá? La gente que vive allá viene de todas partes del mundo. Todos conviven juntos en paz y alegría. Tienen solo dos reglas importantísimas: primero, respetarse, cuidarse y quererse unos a otros como una gran familia; y segundo, cuidar el medio ambiente lunar como si fuera nuestra propia casa.
Papá, emocionado, tomó suavemente la mano de Daniel entre las suyas, sonriendo con admiración ante un sueño tan bello.
—Me encantaría que algún día ese sueño se haga realidad aquí en la Tierra, Dani —dijo papá con ternura.
Daniel bostezó suavemente y abrazó fuerte a su osito de peluche, sintiendo cómo el sueño comenzaba lentamente a abrazarlo.
—¿Sabes algo, papá? —dijo con una sonrisa dulce—. Quiero dormirme ya, porque quiero soñar de nuevo que me subo a ese tren. Quiero sentir cómo acelera suavemente, escuchar ese murmullo tan relajante cuando cruza el túnel espacial, y mirar las estrellas pasar a toda velocidad por la ventana. Quiero regresar a la Luna, papá, aunque sea solo en mis sueños.
Papá, conmovido, acomodó con cariño las cobijas alrededor de Daniel y apagó suavemente la luz.
—Buenas noches, mi pequeño viajero. Que tu tren mágico te lleve nuevamente hasta la Luna.
Mientras papá cerraba la puerta, Daniel cerró los ojos lentamente, dejando que su imaginación lo llevara de nuevo a la estación luminosa, al tren brillante que lo esperaba pacientemente. Sintió el suave arranque del vagón, escuchó ese murmullo tranquilizador y observó cómo el universo pasaba ante sus ojos.
Muy pronto, su respiración se hizo más profunda, suave, entregado plenamente al sueño y a la certeza absoluta de que ese increíble tren lo esperaba para llevarlo nuevamente hasta su lugar favorito: la maravillosa Luna, donde cada noche es una aventura y cada sueño puede volverse una hermosa realidad.
Fin.