Mensaje: Madurar es aprender a convivir, respetar y cuidar de los demás, más allá de nuestras diferencias.
Valores: Respeto, convivencia, empatía, humildad, madurez, gratitud, armonía.
Tiempo de lectura: Aproximadamente 5 minutos

Frutillas madurillas

En una colorida cocina llena de aromas deliciosos, había un frutero donde convivían las frutas más diversas: manzanas brillantes, peras jugosas, duraznos aterciopelados, un melón robusto, una sandía enorme y, por supuesto, un grupo de fresas pequeñas y altaneras. Entre todas las frutas, las fresas destacaban no solo por su color rojo vibrante, sino por su actitud un poco… inmadura.

“¡No nos juntaremos con frutas como ustedes!” decían las fresas, formando un círculo exclusivo en el frutero.

“¡Nosotras somos las más bonitas y especiales! No necesitamos a nadie más,” exclamaba Fruti, la líder de las fresas.

El resto de las frutas rodaban los ojos.

Un plátano viejo, de piel amarillenta con manchas marrones, observaba todo con paciencia. Era el sabio del frutero, aunque su aspecto ya no fuera tan apetecible. Se llamaba Don Plátano, y aunque estaba algo cansado, tenía mucha sabiduría que compartir.

“Ah, estas fresitas… no saben cuánto les falta por aprender,” murmuró para sí mismo.

Un día, mientras las fresas se burlaban de un grupo de manzanas por ser “demasiado redondas,” Don Plátano decidió intervenir.

“Queridas fresas, ¿alguna vez han pensado en lo que significa madurar?” preguntó con una voz amable.

Fruti bufó. “¡Claro que no! ¡Madurar es aburrido! Nosotras estamos bien así.”

El plátano suspiró. “Madurar no solo tiene que ver con la edad o el tiempo, sino con cómo tratamos a los demás.”

Las fresas se rieron. “¡Qué discurso tan viejo, Don Plátano! Mejor quédese ahí y siga durmiendo.”

Herido pero no molesto, Don Plátano decidió esperar el momento adecuado para enseñarles una lección.

Con el paso de los días, los conflictos en el frutero aumentaron. Las fresas no querían compartir espacio con las demás frutas y continuamente hacían comentarios desagradables. “¡Qué rugoso es ese durazno!” “¡Qué pesado es ese melón!” “¡Esa pera parece aburrida!”

Las frutas comenzaron a cansarse de las fresas. “No podemos seguir así,” dijo la sandía con firmeza.

“¡Exacto! Estas fresitas necesitan aprender una lección,” añadió un durazno.

Fue entonces cuando Don Plátano tuvo una idea.

“Déjenme hablar con ellas. Tal vez haya una forma de que entiendan antes de que las expulsemos,” propuso.

Esa misma tarde, Don Plátano reunió a las fresas y les contó una historia.

“Hace tiempo, en este mismo frutero, vivía una manzana llamada Amarga. Era muy similar a ustedes: no quería convivir con nadie y pensaba que siempre tenía la razón. Pero, ¿saben qué pasó? Se negó a madurar. Se volvió tan amargada que un día comenzó a pudrirse. Y su pudrición no solo la afectó a ella, sino a las manzanas que estaban cerca. Una por una, todas las manzanas del frutero comenzaron a dañarse. La amargura puede extenderse más rápido de lo que imaginamos.”

Las fresas escucharon con atención, por primera vez en silencio. Fruti intentó disimular, pero una pequeña fresa preguntó con preocupación:

“¿Y eso… podría pasarnos a nosotras también?”

Don Plátano asintió con gravedad. “Si no aprenden a convivir y a tratar con respeto a las demás frutas, podrían terminar solas y dañadas. El frutero es un lugar para todos, y solo funciona si todas las frutas se cuidan entre sí.”

Las palabras del plátano resonaron en las fresas. Poco a poco, comenzaron a reflexionar sobre su comportamiento. Decidieron ser más amables y abiertas con las demás frutas. Aunque al principio les costó, pronto se dieron cuenta de que el frutero era mucho más divertido cuando trabajaban juntas. Ahora compartían espacio con los duraznos, se reían con las peras y admiraban la grandeza de la sandía.

Un día después, Don Plátano desapareció del frutero. Había llegado su momento, y alguien lo había elegido para un batido delicioso. Las fresas, que ya lo consideraban un sabio amigo, decidieron rendirle un pequeño homenaje. Colocaron una hoja seca y escribieron con el jugo de un durazno: “Gracias, Don Plátano. Siempre te recordaremos.”

Desde entonces, las fresas cuidaron su relación con las demás frutas y aprendieron a convivir en armonía. Sabían que, aunque ser inmaduras podía parecer divertido, madurar y cuidar del frutero era lo que realmente las hacía felices.

Moraleja

La inmadurez puede ser divertida al principio, pero la verdadera felicidad y convivencia vienen cuando aprendemos a madurar, respetar y cuidar de quienes nos rodean.