Mensaje: Cualquier persona puede hacer la diferencia si se atreve a dar el primer paso, y con valentía y trabajo en equipo se pueden lograr grandes cambios para cuidar el planeta.
Valores: Valentía, iniciativa, perseverancia, amistad, conciencia ecológica, liderazgo, colaboración.
Tiempo de lectura: Aproximadamente 7 minutos

Jerónimooooooo

Jerónimo era un niño explorador lleno de energía y curiosidad. Le encantaba investigar, escalar árboles y nadar en ríos. Cada vez que se aventaba desde la rama más alta o se lanzaba de clavado a una poza, gritaba con todas sus fuerzas: —¡¡¡JERONIMOOOOOO!!!

Era su grito de guerra, el que usaba cada vez que se atrevía a hacer algo que daba un poco de miedo. Pero su mayor sueño era explorar el mar, el único lugar que todavía no había conquistado.

Un día, su escuela organizó una excursión a las hermosas playas de Acapulco. —¡Esto será una gran aventura! —exclamó su mejor amiga Juliana, que aunque era la más prudente del salón y siempre revisaba dos veces antes de dar un paso, no se perdería esta excursión por nada del mundo.

Cuando llegaron, todos corrieron al agua, listos para nadar y jugar. Pero en lugar de encontrar un océano azul y cristalino, se quedaron pasmados…

Frente a ellos flotaba una enorme isla de basura: bolsas de plástico, botellas vacías, redes de pesca, cables y hasta juguetes rotos se acumulaban en una asquerosa montaña flotante.

—Pero… ¿qué es esto? —preguntó Jerónimo con los ojos muy abiertos.

Un pescador que pasaba por ahí suspiró. —Es una isla de plástico, hijo. Basura que la gente tira y que termina aquí, todita junta.

Jerónimo se acercó más, y vio algo que lo dejó helado: un pequeño pez plateado, atrapado entre los aros de plástico de un six de refrescos, luchando por liberarse. —¿Y a los peces… les hace daño? —preguntó, ayudando a soltarlo con cuidado. —Más de lo que crees —dijo el pescador, mientras enrollaba una red—. Muchos se lo comen sin querer, pensando que es comida. Y otros se quedan atrapados, como este.

Los niños se quedaron sin palabras. Era una catástrofe.

Jerónimo sintió una gran tristeza, pero su espíritu explorador no se rindió. —¡Tenemos que hacer algo! —dijo decidido. Juliana, que normalmente hubiera pedido pensarlo con calma, esta vez no dudó ni un segundo. —Sí. ¿Cómo empezamos?

Los niños idearon un plan: primero, recogerían la basura de la playa. Luego, buscarían ayuda para llegar hasta la isla flotante y desmantelarla por completo.

Se acercaron a los turistas que tomaban el sol, a los puestos de mariscos, a los dueños de las lanchas. —¿Nos ayudan a limpiar la playa y el mar? —preguntaba Jerónimo, entusiasmado, a quien se cruzara en su camino.

Pero, uno tras otro, todos ponían pretextos. —Ay, niño, yo vine a descansar, no a trabajar —decía un señor sin levantarse de su camastro. —Eso es problema del gobierno, no mío —respondía otro, encogiéndose de hombros. —Siempre ha sido así por aquí, ya ni le muevas —suspiraba una señora, abanicándose.

Jerónimo sintió que el ánimo se le escurría entre los dedos, como agua de mar. Por un momento, pensó en rendirse. Pero entonces miró hacia la orilla y vio a Juliana, ya con los pantalones arremangados, recogiendo botellas con sus propias manos sin esperar a nadie más.

—Si nadie más quiere empezar —dijo Jerónimo, respirando hondo—, empezaremos nosotros.

Y así lo hicieron. Los niños de la excursión se pusieron a recoger basura de la playa, separando el plástico, el vidrio y el cartón, cantando y riendo mientras llenaban bolsa tras bolsa.

Al principio, los adultos solo miraban desde lejos. Pero algo empezó a cambiar cuando vieron a un grupo de niños, empapados de sudor y agua salada, sin quejarse ni una sola vez, trabajando con una alegría contagiosa por un mar que ni siquiera era completamente suyo todavía.

Una señora que había dicho “eso es problema del gobierno” se levantó de su toalla y tomó una bolsa. —Bueno… si estos escuincles pueden, yo también.

Un lanchero que se había negado antes se rascó la nuca, dudó, y finalmente ofreció su embarcación. —A ver, súbanse. Yo los llevo.

Pronto, más y más personas se fueron uniendo. Turistas, familias, surfistas, hasta los pescadores que antes solo observaban con los brazos cruzados, ahora ayudaban con sus redes.

Pero la gran isla de basura seguía flotando en el océano, enorme y aterradora, como una montaña gris que nadie se atrevía a mirar de cerca. —Tenemos que ir hasta allá —dijo Jerónimo.

Consiguieron una embarcación más grande y navegaron hacia la isla de plástico. Al acercarse, el olor y el tamaño de la montaña de basura hicieron que más de uno se arrepintiera en silencio.

—¡Vamos a saltar y limpiar todo! —dijo Jerónimo, aunque esta vez su voz temblaba un poquito.

Los niños se miraron unos a otros. Nadie se movía.

Entonces, Juliana —la prudente, la que siempre pensaba dos veces— tomó la mano de su mejor amigo, levantó los brazos bien alto, y gritó como si llevara toda la vida practicando ese grito: —¡¡¡JERONIMOOOOOOO!!!

Y se lanzaron al agua sin pensarlo dos veces. Uno a uno, todos fueron saltando tras ellos, gritando su nombre con emoción y valentía. —¡¡¡JERONIMOOOOOO!!!

La isla de plástico pronto se llenó de niños, jóvenes y adultos, recogiendo basura sin parar, incluyendo turistas de todas las nacionalidades que visitaban Acapulco y que, al ver tanta determinación, no pudieron quedarse solo mirando.

Jerónimo, que nadaba mejor que nadie gracias a tantas tardes practicando en los ríos, fue quien logró llegar hasta el centro de la isla, donde una gruesa red de pesca vieja mantenía unida buena parte de la basura como si fuera el nudo de todo el problema. Buceando una y otra vez, sin rendirse, logró cortarla y deshacer el nudo que sostenía la isla completa.

Con mucho esfuerzo, unidos, lograron desmantelar la isla de basura. Los barcos transportaron los desechos a tierra firme, donde serían reciclados. La playa y el mar volvieron a brillar como antes.

Los niños celebraron su gran hazaña, abrazados y empapados, mientras los adultos que antes decían “no es mi problema” ahora los miraban con respeto y admiración.

Desde entonces, cada vez que alguien se animaba a limpiar una playa o proteger la naturaleza, aunque le diera un poco de miedo empezar, gritaba con todas sus fuerzas:

¡¡¡JERONIMOOOOOO!!!

Un recordatorio de que cualquier niño, en cualquier parte del mundo, puede hacer la diferencia. Y de que a veces, solo hace falta que alguien dé el primer salto para que los demás se animen a saltar también.