Mensaje: Soñar con ilusión es bueno, pero no hay que dar por hecho lo que todavía no se tiene ni descuidar el presente.
Valores: Prudencia, paciencia, humildad, realismo, resiliencia.
Tiempo de lectura: Aproximadamente 3 minutos

La lechera

Versión en prosa de la fábula de Jean de La Fontaine (1621-1695), «La laitière et le pot au lait»

Una mañana soleada, Perrette salió rumbo al mercado con un cántaro de leche fresca sobre la cabeza. Para que no se le cayera, lo había apoyado sobre un cojincito enrollado. Y para caminar más ligera, se había puesto una falda cómoda y unos zapatos planos.

Respiraba el aire fresco del campo, escuchaba a los pájaros cantar entre los árboles y sentía el sol calentándole las mejillas. Perrette iba tan contenta que empezó a hacer cuentas.

«Cuando venda esta leche, ¡cuánto dinero tendré! Con ese dinero compraré cien huevos. Los pondré a empollar, y seguro que casi todos darán pollitos. Las gallinas crecerán y me darán más huevos y más pollitos», imaginaba entusiasmada.

«Será fácil criarlos, porque yo los cuidaré muy bien, y aunque el zorro ande rondando, no será tan listo como para llevárselos a todos».

Y siguió soñando, cada vez más deprisa.

«Venderé los pollos a buen precio. Con ese dinero compraré un cerdito y lo alimentaré con salvado hasta que esté gordo y redondo. Cuando lo venda, ¡me alcanzará para comprar una vaca con su ternerito! ¡Y yo lo veré brincar feliz entre las demás vacas!».

Al imaginar al ternero dando saltos, Perrette se sintió tan alegre que quiso saltar también. Dio un brinco de felicidad, pero no se fijó en que había una piedra en el camino y tropezó. El cántaro salió volando de su cabeza.

¡Crac! Se estrelló contra el suelo y la leche se derramó por el camino, entre las piedras y el polvo.

Perrette se quedó mirando el charco blanco que se perdía en la tierra. Ya no había leche, ni dinero, ni huevos, ni pollitos. No había cerdo, ni vaca, ni ternerito. Todo lo que había construido en su cabeza se había esfumado en un instante, y lo único que tenía en las manos era un cántaro roto.

No había nada que hacer. Perrette recogió los pedazos, suspiró y regresó a casa.

Moraleja

Soñar está bien, pero primero hay que llegar al mercado con el cántaro entero.