| Mensaje: | El verdadero tesoro no es el oro, sino la naturaleza, la comunidad y la gratitud con que se les honra. |
| Valores: | Gratitud, respeto, consciencia ecológica, comunidad, humildad, sabiduría, generosidad. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 5 minutos |
El Dorado
Leyenda popular de Colombia
Cuenta la leyenda que, en algún lugar escondido de América, existía una ciudad hecha de oro. Sus calles brillaban como rayos de sol, sus templos tenían techos dorados y su rey era tan rico que cada mañana se cubría el cuerpo entero con polvo de oro. Por eso lo llamaban El Dorado. Quien lograra encontrar esa ciudad, decían, sería el hombre más rico del mundo.
Pero ¿de dónde nació esta historia? Nació de una ceremonia muy antigua, en las montañas de lo que hoy es Colombia.
Allí vivían los muiscas, un pueblo de tejedores, sembradores de maíz y orfebres capaces de convertir el oro en pájaros, ranas y pequeños dioses brillantes. Para ellos el oro no servía para comprar nada: era el color del Sol, y solo lo usaban para honrar a los dioses.
En el corazón de esas montañas dormía una laguna redonda y silenciosa, rodeada de niebla: la laguna de Guatavita. Los muiscas creían que allí habitaba una diosa. Cada vez que un joven era elegido cacique, el pueblo entero subía hasta la laguna.
Los sacerdotes cubrían al joven con una resina pegajosa y soplaban sobre su piel un polvo finísimo de oro, hasta que resplandecía como una estrella caída a la Tierra. Subía a una balsa cargada de ofrendas: figuras de oro, collares y esmeraldas verdes como hojas de primavera. Mientras sonaban las flautas y los tambores, la balsa se deslizaba hasta el centro de la laguna. Allí, el joven alzaba los brazos y arrojaba los tesoros al agua, y las figuras se hundían despacio, como pequeños soles que se apagan. Luego se sumergía, y el oro de su piel se desprendía como una lluvia de luz. Era el Hombre Dorado.
Cuando salía del agua, la diosa lo había aceptado, y desde las laderas estallaba un grito de alegría que rebotaba entre las montañas.
Años después, llegaron del otro lado del mar unos hombres de armaduras brillantes: los conquistadores. Oyeron hablar del Hombre Dorado y se les encendieron los ojos. Cada vez que contaban la historia, crecía un poco más. El hombre cubierto de oro se convirtió en un rey, y el rey en dueño de una ciudad entera de oro.
Así empezó la gran búsqueda. Exploradores de muchos países cruzaron selvas enormes, escalaron montañas heladas y navegaron ríos interminables. Algunos intentaron incluso vaciar la laguna. Uno de ellos, Gonzalo Jiménez de Quesada, ya viejo, salió con cientos de hombres y regresó, dos años después, con apenas sesenta y cuatro. Muchos otros enfermaron, se perdieron en la selva o nunca volvieron.
Los mapas de la época dibujaban la ciudad en lugares distintos: junto a un lago imaginario llamado Parime, en las selvas del Amazonas, en una ciudad que llamaron Manoa. Cuanto más la buscaban, más lejos parecía estar. La leyenda vivió más de doscientos años.
La ciudad de oro nunca apareció, porque nunca había existido. El verdadero tesoro estaba en la laguna, en la montaña y en un pueblo que sabía dar las gracias a la naturaleza.
Dicen que, en las noches de niebla, si uno se queda muy quieto junto a la laguna de Guatavita, todavía puede ver en el fondo un destello pequeño y dorado. No es un tesoro perdido, sino el recuerdo de aquel día en que el cielo y el agua se encontraron.