Mensaje: Con comprensión, paciencia y ayuda mutua, todos podemos encontrar soluciones y vivir en armonía.
Valores: Empatía, paciencia, convivencia, colaboración, aceptación, comprensión, amabilidad.
Tiempo de lectura: Aproximadamente 7 minutos

La pijama que ronca

Dentro de un ropero muy ordenado —o casi siempre ordenado— vivían muchas prendas de ropa.
Allí estaban las camisas que siempre presumían de sus botones brillantes, los calcetines que hablaban por pares (aunque a veces uno se perdía), los pantalones serios que decían que ellos “sostenían a todos”, y hasta los calzones que nunca se callaban porque aseguraban que eran “los más importantes de la casa”.

Todo marchaba en paz… hasta que llegó una nueva prenda: una pijama azul con estrellitas plateadas.
La pijama parecía tranquila, suave y tierna… hasta que llegó la hora de dormir.

—¡ZZZzzzzzzRRRROOOONC! —retumbó en todo el ropero.
—¡Ay, no! —gritó una blusa floreada tapándose las mangas—. ¡Se está cayendo el techo!
—¡No es el techo, son ronquidos! —aclaró un calcetín verde, que se dobló de la risa.
—¿RONQUIDOS? —protestó la pijama, despertando asustada—. ¡Yo no ronco!

Pero todos sabían la verdad: cada noche, en cuanto la pijama se acomodaba encima de la pila de ropa, comenzaba la sinfonía de ronquidos.

Los pantalones, con voz grave, dijeron:
—Esto es insoportable. Nosotros necesitamos silencio para mantenernos rectos.
Los calzones, en cambio, se burlaban:
—¡Ja, ja, ja! Pues a mí me hacen cosquillas los ronquidos, parecen los gases de mi dueño.

Desde el cesto de ropa sucia también llegaban las voces.
—¡Qué alivio estar aquí abajo! —dijo una camiseta manchada de chocolate—. ¡Por fin dormimos tranquilos sin esa orquesta nocturna!
—Sí, sí —agregó un calcetín con olor a queso—, que la dejen roncando solita en el ropero, ¡así descansamos nosotros!

La pijama, muy apenada, pidió ayuda.
—Por favor, díganme cómo dejar de roncar. ¡No quiero molestar a nadie!

Cada prenda propuso una solución, a su manera:

  • La bufanda sugirió: —Envuélvete más fuerte, así el aire no se escapa.
  • El sombrero dijo: —Ponme sobre tu cabeza, yo tapo cualquier ruido.
  • Los guantes ofrecieron: —Podemos taparte la boca con nuestros deditos.
  • Los calcetines recomendaron: —¡Pues duerme encima de nosotros! Te damos calor y hasta olor a pies para que sueñes más rápido.

La pijama probó de todo. Nada funcionaba. Sus ronquidos seguían retumbando como un tambor.

Una noche, mientras la doblaban con prisa, quedó toda torcida, como un pretzel.
—¡AY! —se quejó—. ¡Así no puedo respirar!
Y en ese momento, ¡RONC! ¡RONC! ¡RONC!… los ronquidos se hicieron todavía más fuertes.

Hasta que una toalla muy sabia observó:
—Creo que el problema es cómo la doblan. Si la acomodan derechita, suave y encima de prendas blanditas, ya no tendrá esos ronquidos.

Así lo hicieron: acomodaron a la pijama bien doblada, con cuidado, y la pusieron sobre una cama de calcetines suavecitos.
—¡Mmm, qué cómodo! —suspiró la pijama, cerrando los ojitos.
Y entonces… silencio.

Ni un ronquido.
Ni un resoplido.
Solo una respiración tranquila y suave.

—¡Funciona! —susurraron las camisas.
—¡Aleluya! —gritaron los pantalones.
—¡Ahhh! —sonrieron los calzones, aunque un poco decepcionados porque ya no retumbaría el ropero como cuando su dueño suelta un buen gas.

Desde esa noche, todos durmieron en paz dentro del ropero. Y la pijama aprendió algo importante: a veces solo hace falta paciencia, comprensión y un buen lugar donde sentirse cómodo para que todo encaje.

Y así, con las estrellas de su tela brillando en la oscuridad, la pijama que antes roncaba se convirtió en la pijama que hacía dormir a todos con calma.

Moraleja

Cuando alguien tiene un problema, no sirve quejarse sin ayudar; con un poco de paciencia y cariño, todos podemos encontrar la solución.

Fin.