| Mensaje: | El ingenio, el valor y el amor por la familia pueden vencer incluso los peligros y adversidades más grandes. |
| Valores: | Valor, inteligencia, astucia, lealtad familiar, perseverancia, amor familiar |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 16 minutos |
Pulgarcito
Versión adaptada para niños, basada en el cuento original de Charles Perrault (1697).
Había una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos varones. El mayor tenía apenas diez años, y el más pequeño solo siete. Eran muy pobres, y con tantas bocas que alimentar, la vida no les resultaba nada fácil.
El más pequeño era muy delicado y casi no hablaba. Algunos pensaban que era un poco tonto, pero en realidad era la señal de un corazón bondadoso y de una mente muy despierta. Al nacer era tan pequeñito que no medía más que un dedo pulgar, así que le pusieron de nombre Pulgarcito.
Era el más callado de todos sus hermanos, pero también el más listo: hablaba poco, pero escuchaba mucho.
Un año llegó una gran sequía, y el hambre se hizo tan grande que aquellos pobres padres no sabían ya cómo alimentar a sus siete hijos.
Una noche, cuando los niños dormían, el leñador le dijo a su esposa, con el corazón encogido:
—Ya ves que no nos alcanza para darles de comer a todos. No puedo soportar verlos pasar hambre delante de mí. Mañana los llevaremos al bosque y, mientras juntan leña, nosotros nos alejaremos sin que se den cuenta.
—¿Serías capaz de perder a tus propios hijos en el bosque? —exclamó la leñadora, con los ojos llenos de lágrimas.
Su esposo le explicó, una y otra vez, la angustia de su pobreza, hasta que ella, vencida por el dolor de imaginarlos morir de hambre poco a poco, terminó por aceptar. Esa noche se fue a dormir llorando.
Pero Pulgarcito, que se había levantado sin hacer ruido para escuchar lo que hablaban sus padres, oyó todo el plan. Volvió a acostarse, aunque no pudo dormir, pensando en lo que debía hacer.
Se levantó muy temprano y corrió hasta un arroyo cercano, donde llenó los bolsillos de piedritas blancas y brillantes. Luego regresó a casa sin decir una palabra a nadie.
Cuando toda la familia se puso en camino hacia el bosque, Pulgarcito guardó su secreto. El bosque era tan espeso que, a solo diez pasos, ya no se veían unos a otros. El padre se puso a cortar leña, y los niños a juntar ramas, mientras los padres, poco a poco, se fueron alejando… hasta que desaparecieron por completo.
Cuando los hermanos se dieron cuenta de que estaban solos, se echaron a llorar con todas sus fuerzas.
—No tengan miedo —les dijo Pulgarcito—. Nuestros padres nos dejaron aquí, pero yo sé el camino de regreso. Solo síganme.
Y así, guiándose por las piedritas blancas que había dejado caer, los llevó de vuelta a casa sanos y salvos.
Al llegar, se quedaron junto a la puerta, escuchando. Resultó que, justo esa tarde, un vecino les había pagado una vieja deuda, y sus padres habían comprado comida en abundancia por primera vez en mucho tiempo. La leñadora, mientras cenaban, no dejaba de lamentarse:
—¡Ay, mis pobres hijos! ¡Ojalá pudieran comer de esto que nos sobra! ¿Dónde estarán ahora?
Lo dijo con tanta pena que los niños, al oírla desde la puerta, no pudieron contenerse y gritaron todos a la vez:
—¡Aquí estamos! ¡Aquí estamos!
La madre corrió a abrazarlos, feliz de tenerlos de vuelta, y aquella noche cenaron todos juntos, contando entre risas y sustos lo que habían vivido en el bosque.
La alegría de la familia, sin embargo, duró tan poco como el dinero que habían recibido. Cuando este se acabó, el hambre volvió, y los padres decidieron intentarlo de nuevo, esta vez llevándolos mucho más lejos.
Pulgarcito escuchó el plan otra vez, y quiso salir muy temprano a juntar piedritas como antes, pero encontró la puerta cerrada con llave. No tuvo más remedio que guardar en su bolsillo el pedazo de pan que le dieron para el camino, pensando en usarlo como había usado las piedritas.
Pero cuando fue dejando caer las migajas por el sendero, los pájaros del bosque las encontraron y se las comieron todas. Esta vez, no habría manera de encontrar el camino de regreso.
Cayó la noche, y con ella un viento fuerte y una lluvia helada que los caló hasta los huesos. Creían escuchar aullidos por todas partes, y caminaban tomados de la mano, temblando de frío y de miedo.
Pulgarcito trepó a la copa de un árbol y, mirando en todas direcciones, distinguió a lo lejos una lucecita, como la llama de una vela. Bajó enseguida, y guiando a sus hermanos hacia aquella luz, llegaron por fin a una casa en medio del bosque.
Tocaron la puerta, y una mujer les abrió.
—Somos niños perdidos —le dijo Pulgarcito—. ¿Podría darnos posada esta noche, por caridad?
La mujer, al ver a aquellos niños tan pequeños y asustados, no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas.
—Pobrecitos… ¿saben en la casa de quién han venido a parar? Aquí vive un ogro, y los ogros se comen a los niños.
—Señora —respondió Pulgarcito, temblando—, si no nos deja quedarnos, los lobos del bosque nos encontrarán esta misma noche. Preferimos correr el riesgo con su esposo. Tal vez, si usted se lo pide, tenga compasión de nosotros.
La mujer del ogro, pensando que podría esconderlos hasta la mañana, los dejó entrar y los llevó junto al fuego para que entraran en calor. En el fuego se asaba un cordero entero, destinado a la cena de su marido.
Apenas empezaban a calentarse cuando oyeron unos golpes fuertes en la puerta: el ogro había vuelto.
La mujer los escondió deprisa bajo una cama grande y fue a abrir. El ogro, nada más entrar, preguntó si la cena estaba lista, y se sentó a la mesa frente al cordero, que aún humeaba.
De pronto, olfateó el aire.
—Aquí huele a carne fresca —dijo, mirando a su esposa de reojo.
—Será este ternero que acabo de preparar —respondió ella, tratando de sonar tranquila.
—Te digo que huelo carne fresca —insistió el ogro, levantándose de la mesa—. Y aquí hay algo que no me cuadra.
Fue derecho hacia la cama y encontró a los siete niños escondidos debajo. Ellos, temblando, se pusieron de rodillas y le pidieron perdón, pero les había tocado el más terrible de los ogros, que ya se los imaginaba en su mesa mientras le decía a su esposa que serían un banquete espléndido.
Fue a buscar un gran cuchillo, y comenzó a afilarlo despacio sobre una piedra, sin apartar la vista de los niños.
—¿Para qué apurarte ahora? —le dijo su esposa—. Ya tienes un ternero, dos carneros y medio cerdo. ¿No puede esperar hasta mañana?
—Tienes razón —respondió el ogro, tras pensarlo un momento—. Dales bien de cenar, para que no adelgacen, y llévalos a dormir.
La buena mujer les preparó una cena abundante, aunque ninguno de los niños pudo probar bocado, del susto que tenían. El ogro, mientras tanto, siguió bebiendo, feliz pensando en el banquete que ofrecería pronto a unos amigos suyos. Bebió tanto que, al final, se fue a dormir con paso torpe.
El ogro tenía siete hijas, todavía pequeñas. Tenían la piel muy bonita, pues comían tan bien como su padre, pero ya mostraban un carácter fuerte y travieso, con dientes afilados y una mirada que imponía respeto. Aquella noche dormían las siete juntas en una cama grande, cada una con una coronita de oro sobre la cabeza. En la misma habitación había otra cama igual de grande, y allí acostó la mujer del ogro a los siete hermanos, antes de irse a dormir junto a su marido.
Pulgarcito, que se había fijado en las coronas de oro de las hijas del ogro, temió que este se arrepintiera durante la noche de no haber actuado antes. Así que, cuando todos dormían, se levantó sin hacer ruido, tomó los gorritos de sus hermanos y el suyo, y fue a colocárselos con cuidado en la cabeza de las siete hijas del ogro. Luego tomó las coronas de oro de ellas y las puso en su cabeza y en la de sus hermanos.
De ese modo, si al ogro se le ocurría buscarlos en la oscuridad, confundiría a unos con otras.
Y así fue. A medianoche, el ogro se despertó y, arrepentido de haber esperado, tomó su cuchillo y subió a tientas hasta la habitación.
Se acercó primero a la cama donde dormían los siete hermanos, y al palpar sus cabezas sintió las coronas de oro.
—Vaya… por poco cometo una tontería —murmuró, y se dirigió a la otra cama.
Allí, al tocar los gorritos de lana, se convenció de haber encontrado lo que buscaba.
—Aquí están, mis pequeños bribones —dijo.
Y sin más, en la oscuridad y confundido por el engaño, acabó con la vida de sus siete hijas, creyendo que se trataba de los siete hermanos.
Satisfecho con lo que creía haber hecho, regresó a su cama y se durmió profundamente.
En cuanto Pulgarcito lo oyó roncar, despertó a sus hermanos y les dijo que se vistieran deprisa y lo siguieran sin hacer ruido. Bajaron al jardín, saltaron el muro, y corrieron durante toda la noche, temblando, sin saber bien hacia dónde iban.
A la mañana siguiente, el ogro le dijo a su esposa:
—Ve arriba y prepara a esos niños de anoche.
La mujer subió sin sospechar nada… y allí descubrió, horrorizada, lo que en realidad había ocurrido. Se desmayó de inmediato.
El ogro, al ver que tardaba, subió también, y quedó igual de espantado al comprender su terrible error.
—¡Me las van a pagar! —bramó—. ¡Deme mis botas de siete leguas, ahora mismo!
Se calzó sus botas mágicas y salió corriendo por montañas y ríos, cruzándolos con la misma facilidad con que cruzaría un charco. Y así, tras recorrer una gran distancia, llegó al camino por donde iban los siete hermanos, ya muy cerca de casa.
Pulgarcito lo vio acercarse a lo lejos y, al notar una gran roca hueca junto al camino, hizo esconder allí a sus hermanos, mientras él se quedaba vigilando.
El ogro, agotado por la carrera (pues hasta las botas mágicas cansan a quien las usa), decidió sentarse a descansar un momento. Y quiso la suerte que eligiera, sin saberlo, la misma roca donde se escondían los niños. Pronto el cansancio pudo más que él, y se quedó profundamente dormido, roncando con tanta fuerza que los niños volvieron a temblar de miedo.
Pero Pulgarcito, más sereno, susurró a sus hermanos que corrieran a casa mientras el ogro dormía. Ellos obedecieron y llegaron pronto, sanos y salvos.
Pulgarcito, en cambio, se acercó despacio al ogro dormido y, con mucho cuidado, le quitó las botas de siete leguas y se las puso. Aunque eran enormes, aquellas botas eran mágicas: se ajustaban al tamaño de quien las llevara, así que a Pulgarcito le quedaron perfectas.
Corrió entonces a la casa del ogro, donde encontró a su esposa llorando junto a la cama de sus hijas.
—Señora —le dijo—, su esposo está en gran peligro: cayó en manos de unos ladrones que exigen todo su oro a cambio de dejarlo libre. Me pidió que viniera corriendo a avisarle, y que le diera todo lo que tenga de valor, sin guardarse nada. Incluso me dio sus botas mágicas para que yo llegara más rápido, y así usted supiera que no miento.
La mujer, muy asustada por la suerte de su esposo, le entregó de inmediato todo lo que tenían, pues aquel ogro, aunque se comiera a los niños, era un buen esposo para ella.
Y así, cargado con todo el tesoro, Pulgarcito regresó a la casa de su padre, donde fue recibido con gran alegría.
Cuentan algunos que las cosas no ocurrieron exactamente así, y que Pulgarcito jamás robó al ogro: que solo tomó las botas de siete leguas porque este las usaba únicamente para perseguir niños, y que no sintió ningún remordimiento por ello.
Aseguran, quienes cuentan esta versión, que Pulgarcito, ya calzado con las botas mágicas, se dirigió a la corte del rey, donde todos estaban preocupados por un ejército que combatía a doscientas leguas de allí. Se presentó ante el rey y le prometió traer noticias del ejército ese mismo día. El rey, encantado, le ofreció una gran recompensa si lo lograba.
Y en efecto, Pulgarcito volvió esa misma tarde con las noticias. Gracias a esta hazaña se hizo conocido en todo el reino, y desde entonces el rey le pagaba muy bien por llevar sus mensajes al ejército. Muchas familias también le pagaban generosamente por llevar noticias de sus seres queridos que estaban lejos, en la guerra.
Después de trabajar un buen tiempo como mensajero real, y de haber juntado una buena fortuna, Pulgarcito regresó por fin a la casa de su padre, donde la alegría de volver a verlo no se puede describir con palabras.
Gracias a él, toda la familia vivió con comodidad de ahí en adelante. Consiguió buenos oficios para su padre y sus hermanos, y así los estableció a todos, mientras él mismo se ganaba un lugar de honor en la corte.
Fin.