Mensaje: La verdadera inteligencia está en ser honesto, incluso cuando nadie nos observa.
Valores: Honestidad, responsabilidad, empatía, arrepentimiento, amor, confianza, autocontrol
Tiempo de lectura: Aproximadamente 15 minutos

Calixto, el niño que se sentía muy listo

Desde que Calixto empezó el kínder, todos sabían que era un niño especial. No por ser el más alto ni el que más corría, sino porque tenía una sonrisa sincera, una curiosidad contagiosa y una amabilidad que lo hacía destacar.

Era obediente, le gustaba ayudar a sus compañeros a recoger los juguetes, nunca se metía en problemas y adoraba dibujar dinosaurios con crayones de colores intensos. Su maestra, la señorita Elena, solía decir:

—¡Calixto es un niño ejemplar! Siempre está atento y dispuesto a aprender.

Pero un día, algo cambió.

Caminando en por un pasillo del kínder, Calixto encontró un cochecito rojo brillante debajo de unas sillitas. Era diferente a todos los que había visto antes. Tenía llantas de goma, un alerón azul y luces diminutas que brillaban con el reflejo del sol.

Lo tomó, lo examinó y pensó: “Podría llevármelo hoy, solo para jugar un rato en casa… y mañana lo devuelvo. No pasaría nada.”

Calixto sabía que los maestros siempre decían: “Si encuentran algo que no es suyo, deben traerlo con nosotros.” Pero en su mente de niño, pensó que no era tan malo si tenía la intención de regresarlo. Solo sería por una noche. Nadie se daría cuenta.

Así que lo guardó en su mochila y se lo llevó. Pero al llegar a casa y jugar con él, el entusiasmo fue tanto que olvidó completamente su promesa silenciosa. Pasaron los días, y el cochecito nunca regresó al kínder.

Lo que Calixto no comprendía aún era que tomar algo sin permiso, aunque planees regresarlo, sigue siendo un error. Si quería llevárselo, debía haberlo pedido a un maestro. Pero no lo hizo. Y así fue como comenzó, casi sin darse cuenta, un camino que lo alejaría de la honestidad.

Con el tiempo, volvió a hacer lo mismo: una vez con unas estampitas de capibaras que le encantaban, otra con una pelota squishy que su mamá no le quiso comprar. Calixto se decía a sí mismo: “Nadie se da cuenta… no pasa nada.”

Su madre, siempre atenta, comenzó a notar algo raro.

—Calixto, ¿de dónde están saliendo esos juguetes? —preguntó una tarde mientras lo ayudaba a guardar sus cosas.

Calixto bajó la mirada. Intuía que si decía la verdad, su mamá se molestaría. Así que dijo:

—Me los prestaron mis amigos… algunos me los regalaron.

La mamá se arrodilló a su nivel, lo miró con dulzura, pero con firmeza.

—Muy bien hijito, pero por favor escúchame bien. Es muy importante que siempre digas la verdad. No vayas a tomar cosas que no son tuyas. Si haces eso, aunque nadie te vea, eso se llama robar y tiene consecuencias muy graves, ¿sabes?

Calixto asintió en silencio. Su corazón latía rápido, no por miedo, sino por vergüenza.

—Si algún maestro se da cuenta, podrían castigarte. Hijo, la honradez es una de las cosas más valiosas que puedes tener. Yo siempre te voy a apoyar, pero debes actuar con honestidad.

Desde ese día, Calixto dejó de tomar cosas ajenas.

Durante años, en primaria, aunque veía lápices bonitos o borradores de formas divertidas descuidados sobre los escritorios, se detenía a pensar: “No es mío. Mejor lo dejo donde está.”

Su madre le había dicho:

—Si tú quieres algo, pídemelo. Yo veré si se puede. No siempre te podré comprar todo, pero siempre hablaremos claro.

Y así fue. A veces, si Calixto sacaba buenas notas o ayudaba en casa, su mamá le premiaba con alguna sorpresa. Pero no siempre. Y eso estaba bien.

Hasta que llegó la secundaria… y el deseo por tener “lo que todos tienen” regresó.

—Mamá, todos tienen consola de videojuegos. ¿Yo por qué no? ¡Ya soy grande! —decía Calixto una y otra vez.

Después de pensarlo, su mamá accedió. Le compró una consola sencilla, con algunos juegos y muchas reglas: solo después de los deberes, con límite de tiempo, y nada de juegos violentos.

Calixto estaba feliz.

Pero entonces llegó el rumor del juego más esperado: Run Run Champion 2000, el juego de carreras más moderno y popular. Quien lo tenía, era el rey del recreo.

—Mamá, ¡lo necesito! Todos lo tienen… —rogó.

—Hijo, es muy caro. Esperemos a que baje de precio. Además, esas cosas quitan mucho tiempo. No te quiero ver pegado a los videojuegos todo el día mi amor —respondió su madre con paciencia.

Calixto se encerró en su cuarto, frustrado. Se sintió menos que los demás, injustamente limitado.

Unos días después, caminando por la ciudad, pasó por la tienda de electrónica. Entró solo a mirar. Y allí estaba, el juego… el Run Run Champion 2000… el más deseado… esperándolo.

Calixto se acercó al estante. Lo tomó entre sus manos. Era aún más impresionante de lo que había imaginado. Miró a su alrededor: no había guardias cerca, ni empleados atentos. El pasillo estaba vacío.

Su corazón comenzó a latir rápido. Muy rápido.

Nadie se dará cuenta… lo meto rápido en mi suéter y salgo caminando como si nada, —pensó.

Calixto seguía pensando: —Pero esto no está bien. Si me lo llevo está mal. No es mío.

Cerró los ojos un segundo. Recordó las palabras de su madre: “Si tomas algo que no es tuyo, aunque nadie te vea, eso es robar.”

Pero solo es un juego, —replicó en su mente— lo quiero tanto… además, no va a pasar nada. Antes lo hice y no me descubrieron. Esta vez será igual.

La lucha era fuerte. Sus dedos temblaban. Podía sentir el sudor en la nuca. Tenía miedo, pero también deseo.

Solo esta vez, —se convenció, como en un arrebato. Rápido, metió el juego debajo del suéter y caminó hacia la salida.

Grave error.

No sabía que las tiendas tenían cámaras. No sabía que esa decisión lo llevaría a uno de los momentos más duros de su vida.

—¡Eh, niño alto ahí! Espera un momento —gritó un guardia desde la puerta.

Calixto se congeló. Luego corrió.

—¡Alto, alto ahí he dicho! —gritó el guardia con más fuerza.

El guardia era rápido. Lo alcanzó, lo sujetó con fuerza del brazo.

—¿Adónde vas, ladrón? —le dijo en voz alta, lo suficientemente fuerte como para que todos los transeúntes lo escucharan.

La multitud comenzó a acercarse. Los murmullos llenaban el aire. Algunos grababan con sus celulares. Calixto temblaba. No podía respirar. No podía hablar.

—No, no, esto no es posible. ¡¿Qué hice, qué hice?! —pensaba con fuerza—. Esto no puede ser.

Llamaron a la policía. Lo llevaron a la comisaría, donde le tomaron datos y dieron aviso a su madre.

Cuando su madre llegó, el rostro le cambió. No gritó. No lloró. Solo lo miró, con una tristeza tan profunda que Calixto no había visto jamás.

—¿Por qué hiciste esto, hijo…? —le preguntó en voz baja, con el alma rota.

—Lo quería tanto… —respondió Calixto entre lágrimas—. Pensé que no pasaría nada…

La madre habló con los dueños de la tienda. Pagó una multa. Se comprometió que aquello no volvería a pasar y después de firmar algunos papeles se lo llevó a casa en silencio.

Cuando llegaron a casa, la madre de Calixto no podía más. Lo sentó en el sillón, se arrodilló frente a él, lo miró a los ojos y le tomó las manos.

No gritó. No lloró. Pero el dolor le desbordaba los ojos.

—¿Por qué, Calixto…? ¿Por qué hiciste esto…?

Las palabras le salían entrecortadas. El dolor era tan profundo que no tenía espacio para el enojo. Se sentía triste, avergonzada. No entendía cómo su hijo, su pequeño Calixto, el mismo que jugaba con dinosaurios y ayudaba a guardar juguetes, había caído en algo así.

—Cuando tú robas, hijito, no solo tomas algo que no es tuyo, también rompes la confianza. Y eso duele más que cualquier otra cosa. Me duele mucho lo que hiciste… pero me duele aún más porque sé que tú no eres así, hijo. Te quiero con todo mi corazón y no puedo entender cómo llegamos a esto.

Calixto no podía dejar de llorar. Sentía un nudo en el pecho.

—Perdóname, mamá… por todo.

Y ella lo abrazó.

—Las acciones, hijo, siempre tienen consecuencias —respondió ella, ahora con más firmeza—. Hoy fue un videojuego. Pero si sigues así, un día podrías perder tu libertad. ¿Sabes lo que es eso? Que ya no puedas vivir conmigo, ni ir a la escuela, ni ver a tus amigos.

Lo abrazó con fuerza.

—No te dejo de amar, hijo. Pero sí necesito que entiendas que esto no puede repetirse. Lo que hiciste estuvo mal. Muy mal. Quiero que aprendas esta lección. No por miedo a que te atrapen, sino para que entiendas que ser honesto es lo que nos hace verdaderamente grandes.

Calixto, entre lágrimas, lo entendió. No solo por lo que había vivido, sino porque había visto, por primera vez, cuánto podían dolerle sus errores a quien más lo quería.

Desde ese día, Calixto cambió de verdad. No por evitar castigos, sino porque entendió. Cada vez que veía algo ajeno, recordaba la mirada de su madre y cómo casi lo perdió todo por una mala decisión.

Calixto, el niño que se sentía muy listo, descubrió que la verdadera inteligencia está en hacer lo correcto, incluso cuando nadie está mirando.