Mensaje: El amor sincero y la bondad perduran a pesar de la distancia, y la solidaridad puede tender puentes donde parece haber solo separación.
Valores: Bondad, amor, lealtad, gratitud, honestidad, humildad, perseverancia, esperanza, solidaridad, compasión.
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El pastor y la tejedora

La leyenda de Niulang y Zhinü

Leyenda popular china también conocida como “El vaquero y la tejedora”

Hace mucho, mucho tiempo, vivía en una aldea junto a un río un muchacho llamado Niulang. Su nombre quiere decir “el joven del buey”, y no podía llamarse de otro modo, porque lo único que había heredado de sus padres era un buey viejo, de pelaje color ceniza y mirada mansa como un estanque.

Niulang se había quedado solo siendo muy niño. Su hermano mayor y la esposa de este lo acogieron en su casa, pero no con cariño. Le daban las tareas más duras y las sobras más frías. Cuando llegó el tiempo de repartir la herencia, el hermano se quedó con la casa, los campos y la cosecha. A Niulang le tocó una cabaña de paja al borde del bosque y el buey viejo.

—Con esto bastará —dijo Niulang, sin una sola queja—. Con esto y con mis manos.

Y era verdad. Cada mañana, antes de que el rocío abandonara las hojas, araba la tierra pedregosa con ayuda del buey. Cada tarde lo llevaba a pastar y le hablaba como se habla a un buen amigo, sobre el viento, las nubes y lo que soñaba al dormir. Poco a poco, la tierra dura se volvió generosa, y la cabaña de paja se llenó del olor del arroz recién cocido.

Lo que Niulang no sabía era que aquel buey no era un buey cualquiera. En tiempos remotos había sido una estrella del cielo, enviada a la tierra como castigo por una falta antigua. Y había visto en el muchacho algo que valía más que el oro: un corazón que no se endurecía ni se amargaba aunque la vida fuera dura.

Una noche de luna llena, mientras Niulang remendaba una cuerda, el buey habló.

—Niulang —dijo con voz grave y tranquila—, escucha con atención. Mañana, al amanecer, ve al lago que hay detrás de la colina. Las doncellas del cielo bajan a bañarse allí cuando nadie las mira. Sus ropas quedarán colgadas de las ramas. Toma la túnica de color rosa y vuelve sin mirar atrás. La doncella a quien pertenece será tu esposa.

Niulang se quedó callado un largo rato. Le pareció una extravagancia, pero había aprendido a confiar en aquel amigo de ojos serenos. Al otro día, con los primeros pájaros, subió la colina.

Entre la niebla del lago, vio un grupo de doncellas que reían y jugaban en el agua, y sus voces sonaban como campanillas. En las ramas de un sauce colgaban sus túnicas, ligeras como pétalos. Niulang tomó la rosada y se escondió detrás de un árbol, con el corazón latiéndole en la garganta.

Cuando el sol subió, las doncellas salieron del agua y se vistieron deprisa, y se elevaron hacia el cielo como una bandada de garzas blancas. Solo una quedó atrás, buscando entre las ramas, con el rostro lleno de angustia. Se llamaba Zhinü, la nieta del Emperador de Jade, la tejedora del cielo. Ella hilaba las nubes del amanecer con hilos de oro y de rosa, y las extendía sobre el mundo cada mañana. Sin su túnica, no podía volver a las alturas.

Niulang salió con la túnica entre las manos, avergonzado y torpe.

—Perdóname —dijo, inclinando la cabeza—. No quiero hacerte daño. Si después deseas volver al cielo, te devolveré tu túnica.

Zhinü no la tomó. Retrocedió un paso, con el agua del lago hasta los tobillos, y pensó en las nubes del amanecer que nadie tejería esa mañana, en las puertas del cielo, en su abuelo, el Emperador de Jade, que no perdonaba ninguna falta.

—Mi lugar está arriba —dijo, y la voz le temblaba.

—Lo sé —respondió Niulang, sin acercarse—. Por eso te pregunto solo esto: ¿quieres ver mi casa antes de decidir?

Ella vio sus manos callosas, su ropa remendada y esa honestidad que no sabía fingir. Dudó todavía un largo rato. Pero cuando al fin dio un paso hacia él, no fue por la túnica, sino por la mirada de aquel muchacho. Sencilla y transparente.

Zhinü no regresó al cielo aquel día, ni al siguiente. Se quedó en la cabaña de paja, y la cabaña empezó a cambiar. Ella tejía telas tan hermosas que los mercaderes de tres aldeas venían a comprarlas. Él araba, sembraba y cuidaba la tierra. Por las tardes, se sentaban juntos junto al río, y Zhinü le enseñaba a distinguir los colores del atardecer. Poco después nacieron sus dos hijos, un niño y una niña, que corrían entre los gansos y reían con la risa de su madre.

Durante aquellos años, Niulang y Zhinü fueron más felices de lo que habían creído posible.

Pero en el cielo, las nubes del amanecer habían empezado a deshilacharse. Ya nadie las tejía. Las otras doncellas susurraban; los guardianes de las puertas celestiales fruncían el ceño. Al fin, la noticia llegó hasta el palacio del Emperador de Jade, soberano del cielo. Él la escuchó sin levantar la vista de los rollos de jade que estaba leyendo.

—¿Mi nieta viviendo entre los mortales? —dijo, con voz fría—. Que regrese hoy mismo.

Y siguió leyendo, como si hubiera ordenado apagar una lámpara.

La Reina Madre del Cielo, sentada a su lado, inclinó la cabeza y no dijo nada. Pero sus ojos se volvieron un instante hacia el telar vacío de Zhinü, donde los hilos de oro y de rosa seguían tendidos, esperando. Había visto muchas cosas en su larga vida, y sabía que las órdenes del Emperador no se discutían. Aun así, obedeció con el corazón afligido.

Aquel día, un viento extraño empezó a soplar sobre la aldea. El cielo se oscureció, y truenos sin lluvia rodaron sobre los campos. Cuando Niulang regresó del pastoreo, la cabaña estaba en silencio. Los niños lloraban a la puerta, y el niño tenía el puño cerrado con fuerza.

—Unas mujeres de luz vinieron por mamá —sollozó la niña—. Mamá nos miró, y dijo que nos quería, y se fue.

—Yo la agarré de la manga —dijo el niño, abriendo la mano. Dentro había un hilo de oro, fino como un cabello—. Pero se me escapó.

Niulang cayó de rodillas sobre la tierra que tantas veces había labrado. A su alrededor, los gansos seguían picoteando, ajenos, y ese detalle pequeño fue lo que más le dolió. Entonces, desde el establo, escuchó una voz cansada:

—Niulang… —susurró el viejo buey, ya muy débil—. Mi tiempo en la tierra termina. Cuando yo muera, quítame la piel y envuélvete en ella. Te llevará hasta el cielo. Ve por tu esposa. Y lleva contigo a tus hijos.

—No me pidas eso, amigo mío —dijo Niulang, con la voz rota.

—Es mi último regalo —respondió el buey con una sonrisa mansa—. Gracias por haberme tratado siempre como a un hermano.

Cuando amaneció, el viejo buey ya no respiraba. Niulang lloró sobre su lomo y lo enterró con todo el respeto de un hijo. Conservó la piel, como le había pedido. Se envolvió en ella, colocó a sus dos hijos en dos canastas que colgó de una vara sobre sus hombros, y sintió que la tierra se alejaba bajo sus pies.

Subió entre nubes frías y estrellas dormidas, con el viento silbándole en las orejas. Los niños, cada uno en su canasta, miraban hacia arriba.

—Papá —preguntó la niña—, ¿falta mucho para llegar con mamá?

—Ya casi, hija —respondió Niulang, aunque no estaba seguro.

Pronto distinguió las torres lejanas del palacio, y la figura de Zhinü, que se asomaba a una ventana con los ojos llenos de lágrimas. Ya casi podía tocarla…

Pero la Reina Madre del Cielo lo vio llegar.

Se quitó de los cabellos su broche de plata, aquel que brillaba como una luna menguante, y con un solo gesto lo pasó sobre el cielo. Donde cayó la línea, se abrió un río inmenso, de aguas luminosas y profundas, tan ancho que ni el vuelo del ave más veloz podía cruzarlo. Era el río celestial. Aquel río, que los hombres de la tierra verían después cruzar el cielo en las noches despejadas como un camino de estrellas, un río de plata en la noche oscura, sería desde entonces la distancia que los separaba.

A un lado quedó Niulang con sus dos hijos, y al otro, Zhinü. Se llamaron a voces, pero el río era tan ancho que el viento se llevaba las palabras, y a la otra orilla solo llegaba el eco.

Entonces ocurrió algo que nadie esperaba. Una urraca que pasaba por allí vio llorar al pastor y a los niños, y vio a la tejedora llorar al otro lado, y su pequeño corazón no pudo soportarlo. Voló hasta sus compañeras y les contó lo que había visto. Una a una, las urracas fueron acudiendo, miles y miles, hasta que el cielo se llenó de plumas blancas y negras.

Y se pusieron a volar, alas contra alas, hasta formar sobre el río un puente vivo y tembloroso.

La Reina Madre, desde lo alto, contempló aquel puente. Vio el amor de la pareja, vio la bondad de las urracas, y vio algo que ni su poder ni el del Emperador podían deshacer. Ella, que además de reina era abuela, tampoco era de piedra.

—Que así sea —dijo al fin, en voz baja—. Una vez al año. Solo una. Cuando llegue el séptimo día del séptimo mes del calendario lunar, las urracas podrán tender su puente, y los esposos podrán encontrarse.

Aquella noche, Niulang cruzó el puente con sus hijos de la mano. Zhinü corrió a abrazarlos. El niño le puso en la mano el hilo de oro que había guardado todo el año, y ella lloró riendo. Las lágrimas de los cuatro cayeron al río y se volvieron estrellas pequeñas. Hablaron sin descanso hasta que la luz del alba comenzó a asomar. Antes de que saliera el sol, el puente se deshizo, y cada uno volvió a su orilla.

Pero ninguno estaba triste del todo. Ahora sabían que la espera tenía un final.

Y desde entonces, cuentan que cada año, cuando llega esa noche, las urracas desaparecen de los campos y los árboles, porque están todas allá arriba, entrelazadas en el cielo. Y dicen que si llueve ese día, son las lágrimas de felicidad de los esposos al reencontrarse.

Fin.

Nota para el lector:

Esta leyenda dio origen al Festival Qixi (七夕节), que se celebra el séptimo día del séptimo mes del calendario lunar chino, a menudo llamado el “día de los enamorados” de China. En esa fecha, las jóvenes tradicionalmente le piden a Zhinü destreza en la tejeduría y el bordado, y las parejas celebran su amor.

Si en una noche despejada de verano miras al cielo, podrás encontrar a los protagonistas: Altair (牛郎星), la estrella del pastor, y Vega (织女星), la estrella de la tejedora. Entre ellas se extiende la Vía Láctea, el río celestial que las separa. Junto a Altair brillan dos estrellitas más pequeñas: son los hijos de Niulang. Cuentan que, una vez al año, los dos puntos de luz parecen acercarse un poquito más.