| Mensaje: | Un verdadero valiente no lucha solo: la amistad, la lealtad y la palabra cumplida permiten lograr lo que parecía imposible. |
| Valores: | Amistad, lealtad, valentía, honor, compañerismo, trabajo en equipo, responsabilidad, perseverancia, ingenio, generosidad. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 11 minutos |
Los tres mosqueteros
Adaptación de la novela de Alexandre Dumas.
Capítulo 1: El joven de Gascuña
En el mes de abril de 1625, un joven llamado d’Artagnan partió de su hogar en Gascuña rumbo a París. Su mayor sueño en la vida era convertirse en mosquetero del rey, uno de los valientes guardianes que protegían al monarca Luis XIII. Los mosqueteros eran soldados de élite, famosos por su valor y por su lealtad al rey. Como herencia, su padre solo pudo darle una espada vieja, un caballo amarillo bastante descuidado y una carta de recomendación para el señor de Tréville, el capitán de los mosqueteros.
—Sé siempre valiente —le dijo su padre al despedirse—. Y no huyas de ninguna pelea honrada.
D’Artagnan prometió cumplirlo. Pero apenas llegó a la posada de la ciudad de Meung, tuvo su primera prueba. Un caballero de capa oscura y una cicatriz en la frente se burló de su caballo amarillo.
—¡Retire lo dicho! —exigió d’Artagnan, desenvainando su espada.
El desconocido se rió, y sus hombres cayeron sobre el muchacho. Cuando d’Artagnan despertó, la espada estaba partida y lo peor era que su carta había desaparecido. En el patio de la posada, el caballero hablaba con una dama rubia y elegante, de sonrisa dulce y mirada fría. Más tarde d’Artagnan sabría que él era el conde de Rochefort y ella, Milady: dos fieles servidores del cardenal Richelieu, el hombre más poderoso de Francia después del rey. Juntos se alejaron en un carruaje.
—Los encontraré —murmuró d’Artagnan—. Y recuperaré mi carta.
Capítulo 2: Tres duelos para una sola tarde
Al llegar a París, d’Artagnan se presentó ante el capitán de Tréville, y le contó con vergüenza lo ocurrido.
—Sin la carta no puedo hacer mucho —dijo Tréville—. Pero me gusta tu valor. Te ayudaré a entrar en la academia y, con el tiempo, quizá en los mosqueteros.
Al salir, d’Artagnan vio a lo lejos al caballero de la cicatriz y corrió tras él, tan distraído que chocó con tres mosqueteros distintos en la misma mañana. Con Athos, de hombro lastimado, tropezó en una puerta. A Porthos le pisó la capa de gala. Y a Aramis le hizo caer un pañuelo bordado. Los tres, ofendidos, lo desafiaron a duelo en el mismo día: a las doce, a la una y a las dos.
Athos era serio, noble y de pocas palabras. Porthos, enorme, presumido y gran amigo de los banquetes. Aramis, elegante, soñador y fiel a su sueño de ser sacerdote algún día. Los tres eran grandes amigos y servían bajo las órdenes de Tréville.
A mediodía, junto a un viejo convento, d’Artagnan y Athos se encontraron con sus padrinos: los otros dos mosqueteros. Al ver quiénes eran sus rivales, los tres rieron: ¡el joven había aceptado tres duelos en una sola tarde!
Las espadas apenas habían salido de las vainas cuando aparecieron cinco guardias del cardenal Richelieu, encabezados por el señor de Jussac. El cardenal era el ministro más poderoso del reino y tenía su propia guardia. Como los mosqueteros solo obedecían al rey, ambos cuerpos eran grandes rivales, y los guardias del cardenal andaban siempre buscando pelea con los mosqueteros.
—¡Tres mosqueteros contra cinco guardias! —se burló Jussac—. ¡Qué fácil será!
—Somos cuatro —dijo d’Artagnan, y se puso al lado de los mosqueteros.
—Pero tú eres un recién llegado —dijo Athos, sorprendido.
—Tengo el corazón de mosquetero —respondió él—, aunque aún no lleve el uniforme.
Fue una pelea veloz y valiente. D’Artagnan, con una espada prestada, hizo retroceder a Jussac, y los demás guardias huyeron, dejando atrás sombreros y plumas. Al terminar, el joven fue abrazado como un hermano.
Desde ese día, los cuatro fueron inseparables. Y su grito se hizo famoso:
—¡Todos para uno y uno para todos!
Capítulo 3: Un secreto en el palacio
Poco después, el capitán Tréville presentó a d’Artagnan ante el rey Luis XIII, quien admiró su valentía. Para que ganara experiencia, lo envió a la compañía de guardias del señor des Essarts, donde aprendería lo necesario para ser algún día mosquetero.
Mientras tanto, el cardenal Richelieu no olvidaba su derrota. Él ayudaba al rey a gobernar Francia y quería ser el consejero más importante de la corte. Pero la reina Ana de Austria, esposa del rey Luis XIII, no confiaba en él y le disgustaba su influencia. El cardenal, entonces, buscaba algún secreto que hiciera dudar al rey de la lealtad de su esposa, para que ella perdiera su poder en el palacio.
D’Artagnan vivía en casa del señor Bonacieux, un comerciante algo gruñón y miedoso. Una noche, la esposa de Bonacieux, Constanza, desapareció de repente. Era una joven amable e inteligente, que trabajaba en el palacio como ayudante de confianza de la reina. Unos hombres misteriosos se la habían llevado, y d’Artagnan se preguntó de quién se trataba.
Cuando por fin la encontró, ella le habló con mucha seriedad.
—Necesito ayuda, y solo puedo confiar en un caballero con honor.
D’Artagnan, que ya la admiraba, respondió:
—Cuente conmigo, señora.
Así supo el secreto de la reina. En Inglaterra vivía un noble muy querido por ella, el duque de Buckingham, ministro del rey inglés. Antes de que él se marchara, ella le había regalado, como recuerdo de amistad, los herretes de diamantes que el rey le había dado a ella. Eran doce broches que brillaban como pequeñas estrellas.
Pero el cardenal lo había descubierto, y vio su oportunidad: si la reina no lucía los diamantes, el rey creería que ella los había regalado a otro y se enfadaría con ella. Así que convenció al rey de organizar un gran baile.
—Mi esposa debe lucir sus diamantes —dijo el rey—. Dentro de ocho días.
La reina, al oírlo, casi se desmaya. Sus diamantes estaban al otro lado del mar. Si no aparecían, el rey se sentiría engañado.
D’Artagnan dio un paso al frente:
—Majestad, yo traeré esos diamantes. Tiene mi palabra.
Capítulo 4: Cuatro caballos al galope
D’Artagnan reunió a sus tres amigos, y los cuatro partieron al amanecer, acompañados de sus criados, entre ellos Planchet, el fiel ayudante de d’Artagnan. Tenían muy poco tiempo y un largo camino hasta la costa.
Pronto el cardenal envió a sus hombres para detenerlos. Lo que siguió fue un viaje lleno de sorpresas.
Cerca de Chantilly, en una posada, un grupo de desconocidos provocó a Porthos para que peleara. Él se quedó a hacerles frente, y dijo:
—¡Sigan sin mí! Alcanzaré a los demás cuando pueda.
En el pueblo de Crèvecœur, unos hombres cayeron sobre el grupo, y Aramis tuvo que detenerse para ayudar a sus compañeros. Y en Amiens, Athos se quedó atrás en una posada, para que los demás pudieran seguir su camino.
—Adelante, d’Artagnan —le dijeron uno tras otro—. ¡Todos para uno!
El joven siguió con el corazón apretado, porque dejaba atrás a sus amigos. Pero sabía que debía cumplir su palabra. Llegó a la costa con Planchet, y, con un permiso del cardenal que logró conseguir, tomó un barco rumbo a Inglaterra.
Capítulo 5: Los diamantes de Londres
En Londres, d’Artagnan consiguió ver al duque de Buckingham. Cuando le contó lo que ocurría, el duque, que quería mucho a la reina y deseaba protegerla, palideció y abrió su cofre.
—Aquí están —dijo—. Pero… ¡faltan dos herretes!
Los había cortado Milady, la dama astuta que espiaba para el cardenal, durante una fiesta, sin que nadie lo notara. Quería que la reina no pudiera lucir los doce.
Pero el duque no se desanimó.
—Mi joyero es el mejor del mundo —dijo—. Hará dos herretes idénticos.
Trabajaron día y noche sin descanso, y cuando amaneció, los doce herretes brillaban exactamente iguales. Ni los mejores ojos podían distinguir los nuevos de los verdaderos.
Buckingham le entregó el cofre a d’Artagnan, y el joven, sin perder tiempo, cabalgó de regreso a toda velocidad.
Capítulo 6: La noche del gran baile
Cruzó el mar, atravesó campos y caminos, cambió de caballo una y otra vez, y llegó a París el mismo día del baile, justo a tiempo.
Esa noche, el palacio brillaba con mil velas. El cardenal esperaba con una sonrisa maliciosa, seguro de que la reina no tendría sus diamantes. Pero cuando Ana de Austria entró en el salón, todos contuvieron el aliento: en su vestido resplandecían los doce herretes, como estrellas atrapadas en la seda.
El rey Luis la miró asombrado. El cardenal se quedó sin palabras. Y la reina, desde lejos, buscó con la mirada a d’Artagnan y le sonrió en agradecimiento.
Capítulo 7: El anillo y la promesa
Días después, Constanza llevó a d’Artagnan un regalo de la reina: un hermoso anillo de diamantes, en señal de gratitud. El joven lo guardó como un tesoro.
Sus tres amigos regresaron sanos y salvos, con muchas historias que contar. Y esa noche, los cuatro brindaron bajo las estrellas de París.
Porque d’Artagnan había aprendido que un valiente no es quien lucha solo, sino quien tiene amigos de verdad. Y que, con paciencia y lealtad, su sueño de ser mosquetero se cumpliría algún día.
Y así fue: años más tarde, d’Artagnan se convirtió por fin en mosquetero del rey. Pero esa es otra historia…
Todos para uno y uno para todos.