| Mensaje: | La constancia, la lealtad y el amor sincero permiten mantenerse firme ante las mayores adversidades. |
| Valores: | Perseverancia, lealtad, amor, coraje, resiliencia, honor, humildad, autocontrol. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 9 minutos |
El soldadito de plomo
Adaptación al español del cuento “El soldadito de plomo” en 1838 de Hans Christian Andersen.
Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, todos hermanos, porque todos habían nacido de la misma cuchara vieja de estaño. Llevaban el fusil al hombro, la mirada al frente y un uniforme rojo y azul tan reluciente que daba gusto verlos.
Lo primero que oyeron en el mundo fue un grito de alegría. Se levantó la tapa de la caja y un niño, el día de su cumpleaños, dio una palmada y exclamó:
—¡Soldados de plomo!
Los fue colocando sobre la mesa uno a uno, y todos se parecían como gotas de agua, todos menos el último. Al fundirlo, el plomo se había acabado antes de tiempo, y al pobre le había quedado una sola pierna. Pero se mantenía sobre ella tan erguido y tan firme como sus hermanos sobre las dos.
La mesa estaba llena de maravillas: caballos de cartón, muñecas de trapo, animales de madera. Y en medio de todo se alzaba un castillo de papel, con sus ventanas, sus torres y un lago de espejo donde nadaban cisnes de cera que se miraban a sí mismos.
Pero lo más hermoso de aquel castillo era la señorita que aguardaba en la puerta. También era de papel. Llevaba un vestido de muselina finísima, una cinta azul cruzada sobre el hombro y, en el centro de la cinta, una lentejuela brillante, grande como su carita. Era una bailarina. Tenía los brazos extendidos y una pierna alzada tan alto, tan alto, que el soldadito no pudo verla.
«Como yo —pensó—, ella tiene una sola pierna».
Y sin saber cómo, sin decirle una palabra, sintió que algo muy grande y muy callado le crecía por dentro.
—Ella sería una buena esposa para mí —se dijo—. Pero es tan elegante, vive en un castillo… Yo solo tengo una caja, y la comparto con veinticuatro hermanos. No es lugar para una dama.
De todos modos, se tendió en el suelo, detrás de una tabaquera, desde donde podía mirarla sin que nadie lo notara.
Cuando cayó la noche, los demás soldados volvieron a su caja y los habitantes de la casa se acostaron. Entonces los juguetes despertaron. Visitaban, bailaban, jugaban a la guerra. Solo dos permanecían quietos en su sitio: el soldadito y la bailarina, ella sobre la punta de un solo pie, él sin apartar los ojos de ella ni un instante.
Pero de pronto se levantó la tapa de la tabaquera, y de su interior asomó un duende negro como el carbón.
—Soldado de plomo —le dijo—, no mires tanto lo que no es para ti.
El soldadito fingió no oírlo.
—Ya verás mañana —murmuró el duende.
Al amanecer, alguien abrió la ventana. Fue el niño, o fue el duende, o fue el viento, nadie lo supo nunca. El soldadito cayó desde el tercer piso, con un silbido largo, y quedó clavado, con el casco hacia abajo y la bayoneta entre dos adoquines.
El niño y la criada bajaron a la calle a buscarlo. Pasaron casi encima de él sin verlo. Si el soldadito hubiera gritado «¡Aquí estoy!», lo habrían encontrado. Pero él pensó que un soldado de uniforme no debe dar voces.
Empezó a llover, cada vez más fuerte, y cuando escampó llegaron dos chiquillos que se pararon a su lado.
—¡Mira, un soldado de plomo! —dijo uno—. Vamos a hacerlo navegar.
Con una hoja de periódico armaron un barquito, lo pusieron dentro, y el soldadito partió por el arroyo que corría junto a la acera. Los chicos corrían a su lado aplaudiendo. ¡Qué olas! ¡Qué corriente! El barquito giraba, daba tumbos, bailaba, y el soldadito seguía firme, la vista al frente, el fusil al hombro, sin mover un músculo.
De pronto el barquito se coló bajo un puente de tablas, y todo se hizo oscuro.
«¿Adónde iré a parar? —pensó—. Ah, si la bailarina estuviera conmigo en el barco, no me importaría que la oscuridad fuera el doble».
En ese momento, una gran rata de agua que vivía bajo el puente se asomó.
—¡Alto! —chilló—. ¿Tienes pasaporte? ¡Enséñalo!
El soldadito no dijo palabra y apretó el fusil con más fuerza. El barquito siguió su camino, y la rata salió tras él, rechinando los dientes.
—¡Deténganlo, deténganlo! ¡No ha pagado el peaje, no ha enseñado el pasaporte!
Pero la corriente se hacía cada vez más fuerte. El soldadito vio a lo lejos una claridad, y oyó un rugido tan terrible que habría asustado al más valiente: allí donde terminaba el túnel, el agua se precipitaba en un gran canal. El barquito fue arrastrado sin remedio. El pobre soldadito se mantuvo derecho; nadie podría decir que había parpadeado.
La barca giró tres, cuatro veces, y se llenó de agua hasta los bordes. Se hundía. El agua le llegó al cuello, y el papel se fue deshaciendo, deshaciendo, hasta que el agua cubrió su cabeza. Pensó entonces en la bella bailarina, a la que no volvería a ver, y una vieja canción resonó en sus oídos, una canción de camino y de despedida.
Entonces el papel se rompió del todo, y el soldadito se hundió… y en ese mismo instante lo engulló un pez enorme.
¡Qué oscuridad! Era peor que bajo el puente, y mucho más estrecha. Pero el soldadito siguió firme, tendido de largo a largo, con el fusil al hombro.
El pez se agitó, dio saltos espantosos, y de pronto se quedó muy quieto. Pasó un destello como un relámpago, entró la luz del día, y una voz gritó:
—¡El soldadito de plomo!
El pez había sido pescado, llevado al mercado, vendido y llevado a una cocina, donde la cocinera lo abrió con un cuchillo grande. Tomó con dos dedos al soldadito por la cintura y lo llevó a la sala, donde todos querían ver a aquel viajero que había recorrido el mundo en el vientre de un pez. Pero el soldadito no se envaneció.
La criada lo colocó sobre una mesa, y allí, ¡qué cosas extrañas tiene el mundo!, se encontró en el mismo cuarto de antes. Veía a los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa, el hermoso castillo y la graciosa bailarina, todavía en equilibrio sobre una pierna, con la otra en alto. También ella era firme.
El soldadito se conmovió tanto que estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero no era propio de un soldado. La miró, ella lo miró a él, y ninguno dijo una palabra.
Y entonces, sin ningún motivo, uno de los niños tomó al soldadito y lo arrojó a la estufa. No dio explicación alguna. Quizá fue obra del duende de la tabaquera. Nadie lo sabrá nunca.
El soldadito se vio envuelto en un resplandor terrible. Sentía un calor espantoso, aunque no sabía si venía del fuego o del amor. Se le habían borrado los colores del uniforme; quizá fue por el viaje, quizá por la pena, nadie podría decirlo. Miró a la bailarina, y ella lo miró a él. Sintió que se derretía, pero siguió firme, con el fusil al hombro.
En ese momento se abrió una puerta, el viento tomó a la bailarina y ella voló, ligera como un hada, hasta la estufa, junto al soldadito. Se encendió en una llamarada y desapareció.
El soldadito de plomo se fundió hasta quedar convertido en un pequeño bulto.
Al día siguiente, cuando la criada sacó las cenizas, lo encontró hecho un corazoncito de plomo. De la bailarina solo quedaba la lentejuela, negra como el carbón.
Fin.