| Mensaje: | Crecer es transformarse sin dejar de ser tú: a veces hay que dejar atrás lo que fuimos para lograr lo que soñamos y proteger lo que amamos. |
| Valores: | Adaptabilidad, valentía, humildad, perseverancia, esperanza, generosidad, amor por la naturaleza, autoaceptación. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 16 minutos |
El Dragón Ajolote
Idea original de una pequeña de 7 años con mucha creatividad, que soñó con un dragón blanco y con un ajolote mágico.
Hace muchos años, en un bosque del norte donde la niebla dormía entre los abetos, vivía un dragón blanco con un solo cuerno.
Era grande como una colina y orgulloso como el primer rayo del sol. Cada noche recorría su bosque de punta a punta. Conocía el nombre de cada río, el rincón de cada madriguera y la voz de cada pájaro. Nunca se interponía en el ciclo de la vida: el halcón cazaba, el lobo aullaba, las hojas caían en otoño y volvían a brotar en primavera. El dragón solo velaba para que el bosque siguiera siendo bosque. En los inviernos más crueles, su aliento encendía una llamarada suave que calentaba las cuevas donde dormían las crías, y el hielo de los lagos se derretía a su paso.
Por eso el dragón creía que su fuego era lo mejor que había en él. Más aún, creía que su fuego era él.
Pero llegó un verano sin lluvias. El pasto se volvió paja, las hojas crujían como papel y el viento soplaba caliente. Una tarde, una tormenta seca cruzó el cielo sin soltar una sola gota. Cayó un rayo en lo alto de la colina y, en un parpadeo, el bosque ardió.
El dragón voló sobre las llamas y rugió con todas sus fuerzas. Su fuego era grande, pero el fuego que consumía el bosque era más grande todavía. Y cada llamarada que lanzaba no hacía más que alimentar al incendio.
Abajo, los ciervos corrían con los ojos llenos de miedo. Los zorros arrastraban a sus crías entre el humo. Las aves se elevaban sin saber hacia dónde ir. El dragón comprendió, con gran tristeza, que lo único que sabía hacer era lo que estaba matando a su bosque.
—Tiene que haber algo que yo pueda hacer para salvar a mi amado bosque —dijo—, o alguien que pueda ayudarme.
Y se fue a buscarlo.
Voló tres días y tres noches hacia el este, hasta que el aire se volvió fino y las montañas se levantaron como murallas. Allí, junto a una cascada, encontró a un dragón largo y verde que flotaba entre la bruma, con cabellos de agua.
—El fuego no se vence con más fuego, dragón blanco —dijo con voz firme y tranquila—. Tú solo no podrás salvar a tu bosque. O tal vez sí, pero primero tendrás que transformarte. Solo alguien que haya aprendido a cambiar puede ayudarte.
—¿Transformarme? —preguntó el dragón—. ¿Dejar de ser lo que soy?
—Mi agua pertenece a esta montaña, y no puedo dártela —respondió el dragón verde—. Sigue volando. Quien busca con el corazón termina encontrando el camino.
Y se deshizo en niebla.
El dragón continuó su búsqueda. Voló sobre desiertos que brillaban como brasas y sobre un mar tan ancho que sus alas temblaron de cansancio. Por las noches pensaba en su bosque. Se preguntaba si aún quedarían árboles, y esa pregunta lo empujaba a seguir cuando ya no tenía fuerzas.
Al otro lado del mar, en una selva espesa, un colibrí de plumas encendidas se detuvo frente a su hocico.
—Hueles a humo y a desesperación —zumbó—. ¿Qué buscas, forastero, tan lejos de tu tierra?
El dragón le habló de su bosque en llamas y de las palabras del dragón verde.
—Alguien que haya aprendido a cambiar —repitió el colibrí, y quedó muy quieto en el aire—. Mis abuelos me contaron una leyenda muy antigua, de un valle lejano. Dicen que cuando los dioses se sacrificaron para que el Quinto Sol se pusiera en marcha, uno de ellos tuvo miedo. Huyó. Se hizo maíz, después maguey, y por último se escondió en el agua. Así venció su destino, cambiando de forma sin dejar de ser quien era. Se llama Xólotl, el maestro de la transformación.
El dragón sintió que algo se encendía dentro de él, aunque no era fuego, sino esperanza.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—En un valle de aguas y flores, donde dos volcanes duermen con sus mantos de nieve.
—No entiendo cómo podría eso salvar mi bosque —dijo el dragón.
El colibrí ya se alejaba.
—Eso solo puedes saberlo tú. Pero ve.
El dragón no entendía. Pero no le quedaba otra cosa que la fe, y con ella voló.
Llegó al valle cuando el sol se hundía detrás de los volcanes. Bajo él se extendía un laberinto de canales plateados, con islas de tierra flotante donde crecían flores de todos los colores. Una niebla suave subía del agua, y las canoas dormían amarradas a las orillas. El silencio era tan hondo que el dragón sintió que había entrado en un lugar sagrado.
Cansado, con las alas pesadas, se posó sobre uno de los canales y nadó despacio. El agua fría le alivió el cuerpo y le calmó el corazón. Los hombres que vivían en aquellas tierras llamaban a ese lugar Xochimilco, el sembradío de flores.
—Busco a Xólotl —dijo el dragón en voz alta—. Dicen que él aprendió a cambiar.
Nadie respondió. Solo el agua se movió.
—Busco a Xólotl —dijo el dragón por segunda vez, pero ahora con un tono de inquietud y urgencia.
Entonces, entre los juncos, apareció una criatura diminuta, de piel pálida y rosada y sonrisa quieta. De los lados de su cabeza salían unas plumas oscuras, como orejas, que se mecían en el agua. Era apenas más grande que la garra del dragón.
—Me has encontrado —dijo el pequeño—. Soy Xólotl, hermano de Quetzalcóatl, la serpiente de plumas preciosas, que camina con la estrella de la mañana. Yo camino con la del atardecer. Soy dios del ocaso, del fuego y de los gemelos. Guío a las almas en su camino. Y una vez, hace mucho, tuve miedo y me escondí en el agua con esta forma que ves.
El dragón sintió que el ambiente cambiaba.
El pequeño ser tenía un aspecto ancestral. Su voz era pequeña, pero con el peso y autoridad de algo muy antiguo y sagrado
El dragón inclinó la cabeza hasta tocar el agua.
—Gran Xólotl —murmuró—, vengo desde muy lejos.
—No te inclines ante mí por lo que soy —dijo Xólotl—. Dime por qué has venido.
El dragón le habló de su bosque en llamas, de los ciervos, de los zorros y de su fuego inútil. Le habló sin esconder nada, con voz firme y sincera, pero también con profunda preocupación.
Xólotl lo escuchó hasta el final.
—Yo hui de mi destino —dijo al fin—. Y tú has cruzado el mundo para encontrar el tuyo y salvar tu bosque. Eso me conmueve. Puedo darte lo que necesitas, dragón: el poder del agua, y también el del hielo que guardan los volcanes. Pero un poder nuevo no cabe donde ya hay otro. Tendrás que entregarme tu fuego.
El dragón guardó silencio. Su fuego era todo lo que había sido durante su vida, y también lo que más temía perder.
Pensó en los ojos de los ciervos y en las crías de los zorros. Pensó en el silencio y el desconsuelo que habría en el bosque si nunca regresaba.
—Tómalo —dijo.
Xólotl cerró los ojos. El fuego salió del dragón como un suspiro dorado y se posó en las manos del pequeño dios, que lo apagó con un soplo. Pero antes separó una brasa diminuta, la más profunda, y la dejó latiendo en el pecho del dragón.
—Esta llama no te la quito —susurró—. Un dragón sin su llama no sería un dragón. Cambiarás de forma, no de esencia. Esta brasa será el núcleo de lo que eres. Arderá en tu pecho, pequeña, pero con la fuerza de una estrella.
Luego Xólotl subió a su lomo, ligero como una hoja.
—Ahora vuela hacia los volcanes.
El dragón voló hacia el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, que dormían bajo sus mantos de nieve. Al acercarse, sintió un frío que le llegó hasta los huesos. Xólotl alzó las manos y la nieve se desprendió de las cumbres como un río de luz. Entró por las fauces del dragón y le recorrió el cuerpo entero.
Algo cambió. Sobre sus escamas blancas aparecieron destellos azules, como el brillo del hielo bajo la luna, y rosados, como el amanecer sobre el agua. En su cabeza brotaron unas plumas suaves, como las de Xólotl, que ondulaban con el viento. Donde antes había fuego, ahora guardaba el aliento de un invierno. Y en lo hondo del pecho, la brasa seguía latiendo.
—Ahora eres otro —dijo Xólotl—, y sigues siendo tú.
El pequeño dios bajó del lomo y se deslizó hasta un arroyo de deshielo que brillaba entre las rocas.
—Gracias, Xólotl —dijo el dragón—. No sé cómo pagarte.
—Ya lo hiciste. Entregaste lo que más temías perder. Ahora ve y salva el bosque y a todos sus habitantes.
El dragón se elevó con un rugido y se lanzó hacia su bosque a toda velocidad. Cruzó el mar, los desiertos y las montañas del este con el corazón latiéndole fuerte, sin saber si encontraría algo en pie.
Vio el bosque desde lejos. Una columna negra manchaba el cielo y el aire olía a cenizas. Pero aún había árboles, y bajo las ramas, apretados en un claro, estaban los animales: ciervos, zorros, aves y lobos, todos juntos, temblando, rodeados de llamas.
El dragón descendió entre ellos.
—¡Has vuelto! —gritó un zorro—. ¡Pero el fuego es más fuerte que nunca!
—No teman —dijo el dragón—. Puedo apagarlo.
Los animales lo miraron. Lo vieron blanco, pero con destellos azules y rosados y con plumas extrañas en la cabeza.
—Pero tú escupes fuego —dijo un ciervo con tristeza—. Tú no puedes apagar un incendio.
—Ya no —respondió el dragón.
Pero nadie creyó que había cambiado su poder.
Entonces el dragón se elevó sobre las llamas, llenó el pecho con el viento de los volcanes y abrió las fauces.
De su boca no brotó fuego. Brotó una tormenta de agua helada que cayó sobre los árboles como una lluvia gigante. La nieve se mezcló con ella, y el incendio siseó, retrocedió y se encogió. El dragón voló de un lado a otro, de una colina a la otra, hasta que la última llama se apagó con un suspiro de vapor.
Y entonces, por fin, llegó el silencio, la calma.
El humo se fue levantando y salió el sol entre las cenizas. Los animales salieron uno a uno de su refugio, miraron los árboles, los ríos y los claros, y supieron que seguían teniendo un hogar.
El zorro se acercó al dragón con las orejas bajas.
—Perdónanos —dijo—. No supimos creer.
—Yo tampoco supe creer, al principio —dijo el dragón—. Tuve que cruzar el mundo para aprenderlo.
Se quedó mirando un arroyo que había quedado en pie y pensó en un pequeño dios de plumas oscuras que nadaba entre los juncos, al otro lado del mundo. Sintió en el pecho la brasa tibia, que seguía allí.
Entendió entonces que no había perdido su fuego, ni su fuerza, ni a sí mismo. Había cambiado para poder salvar lo que amaba.
Y en el bosque, durante muchos años, cuando alguien preguntaba por el dragón blanco con destellos de azul y rosa, los animales sonreían y contaban su historia.
Fin.
Dibujo original del Dragón Axolote
