| Mensaje: | Decir la verdad, obedecer y cuidar a quienes nos quieren nos hace crecer y ser mejores personas. |
| Valores: | Honestidad, obediencia, responsabilidad, amor, gratitud, perseverancia, esfuerzo, perdón, piedad. |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 7 minutos |
Pinocho (versión corta)
La historia del muñeco de madera que quería ser un niño de verdad
Versión corta, inspirada en el clásico de Carlo Collodi
Había una vez, queridos niños, un trozo de madera. No era un trozo de madera de lujo, sino un simple leño de los que se echan al fuego en invierno.
Un día lo encontró Maese Cereza, un carpintero con la nariz tan roja y brillante que todos lo llamaban así. Cuando levantó el hacha para convertirlo en pata de mesa, una vocecita gritó:
—¡Ay! ¡No me pegues tan fuerte!
Maese Cereza se puso blanco como la harina. Miró debajo del banco, dentro del armario y detrás de la puerta, pero no había nadie. Así que, muy contento, le regaló el leño parlanchín a su amigo Gepeto, que desde hacía años soñaba con tener un hijo.
Gepeto lo talló en su casita y lo llamó Pinocho. Apenas le hizo los ojos, los ojos lo miraron. Apenas le hizo la nariz, la nariz empezó a crecer. Y apenas le hizo la boca, la boca se echó a reír. Cuando le hizo las piernas, Pinocho saltó de la mesa y salió corriendo por la calle, mientras Gepeto gritaba detrás de él:
—¡Pinocho! ¡Vuelve aquí!
Esa noche Pinocho volvió cansado y se durmió junto a la chimenea con los pies sobre las brasas. Por la mañana los tenía quemados. Gepeto le hizo otros nuevos sin una sola palabra de reproche. Entonces, desde un rincón, habló un grillo:
—Los niños que no obedecen siempre acaban arrepintiéndose.
—¡Cállate, Pepe Grillo! —se rio Pinocho—. ¡Yo sé muy bien lo que hago!
Gepeto vendió su única chaqueta para comprarle un abecedario, y Pinocho prometió ir a la escuela y ser un niño ejemplar. Pero por el camino sonaron unos tambores. Era el teatro de marionetas, y Pinocho vendió su abecedario para entrar. Allí el gran Tragalumbre, el titiritero de barba negra, lo agarró para echarlo al fuego. Pero Pinocho le contó lo de la chaqueta de su padre, y al gigante le dio tanta pena que estornudó seis veces y le regaló cinco monedas de oro.
—Llévaselas a tu padre —gruñó—, y no faltes más a la escuela.
Pinocho no llegó muy lejos. Se cruzó con un Zorro que fingía cojear y un Gato que fingía estar ciego, y los dos sonrieron con muchísima amabilidad.
—Entierra tus monedas en el Campo de los Milagros —susurró el Zorro—. Mañana tendrás un árbol cargado de mil monedas.
Pinocho enterró su tesoro y se fue a dormir soñando con riquezas. Al volver, el campo estaba vacío. El Zorro y el Gato se habían llevado las monedas, y Pinocho se quedó solo en la oscuridad, llorando de rabia.
Por suerte, en una casita del bosque vivía el Hada de los Cabellos Azules, que lo cuidó con cariño. Cuando le preguntó por las monedas, Pinocho mintió:
—Las perdí en el bosque.
¡Y la nariz le creció un palmo!
—Las mentiras, Pinocho, se descubren enseguida —sonrió el Hada—. Unas tienen las piernas cortas, y otras, la nariz larga. Las tuyas son de las segundas.
Pinocho se echó a llorar y prometió decir siempre la verdad. El Hada le devolvió su nariz de siempre y le pidió que fuera a la escuela, y él lo prometió con toda el alma.
Pero el camino estaba lleno de tentaciones. Allí estaba Mequillo, el niño más holgazán del mundo, que se subía a un carro lleno de niños.
—¡Vamos al País de los Juguetes! —gritó—. ¡No hay escuelas ni maestros, y todo el día es para jugar!
Pinocho pensó en su promesa, pero pensó más en los juegos. Y se subió al carro.
Qué felices fueron los primeros meses, sin libros ni deberes. Hasta que una mañana a Pinocho le salieron dos grandes orejas de burro. Y no fue el único: Mequillo y todos los niños terminaron convertidos en burritos por no haber querido aprender nunca nada. Los vendieron a un circo, donde a Pinocho lo hicieron saltar aros hasta que se lastimó una pata. Entonces lo arrojaron al mar. Pero allí los peces le mordisquearon las orejas de burro, y cuando salió a la superficie volvía a ser un muñeco de madera.
No tuvo tiempo de celebrarlo, porque una sombra enorme apareció bajo las olas: era el Tiburón, que abrió su boca como una cueva y se lo tragó de un solo bocado.
Dentro todo era oscuro y silencioso. Pinocho caminó a tientas hasta que vio una lucecita temblando a lo lejos. Allí, junto a una vela casi apagada, estaba sentado un viejecito.
—¡Padre! —gritó Pinocho.
—¡Hijo mío! —lloró Gepeto—. Salí a buscarte por el mar y el Tiburón nos ha tragado a los dos.
—Perdóname por todo, padre —dijo Pinocho—. Te sacaré de aquí, te lo prometo.
Esperaron a que el Tiburón se durmiera con la boca entreabierta. Pinocho cargó a Gepeto sobre sus hombros, se deslizó entre los dientes gigantes y nadó con todas sus fuerzas hasta la orilla, sin soltar a su padre ni un instante.
Gepeto estaba tan enfermo que no podía levantarse de la cama, y esta vez fue Pinocho quien lo cuidó. Trabajó cada día sin quejarse y tejió cestas por las noches para comprarle leche y medicinas. Y con lo poco que le quedaba de tiempo, aprendió a leer y a escribir, porque nunca había olvidado su promesa.
Una noche soñó con el Hada de los Cabellos Azules, que le sonreía.
—Pinocho, has demostrado un corazón bueno. Los niños que cuidan de quienes los quieren merecen ser lo que más desean.
A la mañana siguiente, Pinocho se despertó sintiéndose distinto. Se miró las manos y eran de carne y hueso. Corrió al espejo y vio a un niño de verdad, con las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes. Gepeto, ya curado y con una chaqueta nueva, lo abrazó llorando de alegría.
—¡Qué gracioso era yo de muñeco, padre! —rio Pinocho—. ¡Pero qué contento estoy ahora de ser un niño de verdad!
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Moraleja: decir la verdad nos hace libres, y querer a alguien no se demuestra con promesas, sino con lo que hacemos por esa persona cuando nadie nos está mirando.