| Mensaje: | Lo que los demás ven como defecto puede ser el comienzo de algo hermoso: con paciencia y perseverancia, cada uno encuentra su lugar y descubre quién es en realidad. |
| Valores: | Automestima, aceptación, autoaceptación, perseverancia, resiliencia, humildad, esperanza, empatía, respeto |
| Tiempo de lectura: | Aproximadamente 7 minutos |
El Patito Feo (versión corta)
Versión breve, inspirada en el cuento de Hans Christian Andersen
Qué hermoso era el campo aquel verano. El trigo se vestía de oro, la avena de verde, y en las praderas el heno olía a sol. Una cigüeña paseaba sobre sus largas patas rojas, hablando en egipcio, que es el idioma que su madre le había enseñado.
En medio de los campos había una casa vieja y señorial, rodeada de canales de agua quieta. Junto al muro crecían unas hojas de bardana tan enormes que un niño pequeño podía ponerse de pie bajo ellas. Allí, en lo más escondido de aquella selva de hojas, una pata empollaba sus huevos.
Se aburría un poco, ¿sabes? Estar sentada todo el día no es divertido, y las otras patas preferían nadar por los canales antes que visitarla.
Un buen día, ¡crac, crac!, los huevos empezaron a abrirse, uno tras otro.
—¡Pío, pío! —decían los patitos, asomando las cabecitas.
—¡Cuac, cuac! —respondía su madre—. Miren todo lo que quieran, que el verde es bueno para los ojos.
Pero faltaba un huevo. Era el más grande de todos y no se decidía a abrirse. Una pata vieja que pasaba de visita lo miró y dijo muy segura:
—Ese es un huevo de pavo, ya verás. Déjalo y enseña a nadar a los otros.
—Un ratito más —suspiró la madre—. He esperado tanto que puedo esperar un poco más.
Por fin, ¡crac!, el huevo grande se abrió. El patito que salió era enorme, desgarbado y de un gris desordenado. No se parecía a sus hermanos en nada.
—Qué patito tan grande y tan raro —murmuró la madre—. ¿Será un pavo? Pronto lo sabremos.
Al día siguiente la familia entera bajó al canal. ¡Plaf! La madre se lanzó al agua, y uno tras otro la siguieron los patitos. También el grande y gris, que nadaba tan bien o mejor que los demás.
—No es un pavo —se dijo ella, aliviada—. Es hijo mío, y se ve muy bien cuando se le mira con cariño.
Pero en el corral de las patas no todos miraban con cariño.
—¡Qué patito tan feo! —graznaron—. ¡Y qué grande!
Una pata le dio un picotazo. Una gallina le dio otro. El pavo, que se creía emperador porque tenía espolones, se hinchó como un barco con todas las velas desplegadas y fue tras él, glugluteando hasta ponerse rojo.
Con los días, todo empeoró. Hasta sus hermanos le decían:
—¡Ojalá te lleve lejos el viento, cosa fea!
Y su madre, cansada de defenderlo, terminó por suspirar:
—Ay, hijo, ojalá estuvieras lejos de aquí.
Aquellas palabras le dolieron más que todos los picotazos juntos. Esa noche, el patito saltó la cerca y se echó a correr hasta llegar a un gran pantano, donde vivían los patos salvajes.
—¡Qué criatura tan fea! —dijeron—. Pero no nos importa, mientras no te cases con nadie de nuestra familia.
¡Pobre patito! Él no quería casarse con nadie. Solo quería un rincón entre los juncos y un poco de agua tranquila.
Cuando el viento se hizo frío, llegó a una casita torcida donde vivían una anciana, un gato y una gallina. El gato sabía arquear el lomo y ronronear. La gallina ponía huevos muy buenos. Y los dos estaban convencidos de ser lo más sabio del mundo.
—¿Sabes poner huevos? —preguntó la gallina.
—No.
—¿Sabes ronronear?
—Tampoco.
—Entonces guarda silencio cuando hablan los que saben.
El patito se encogió en un rincón y pensó en el agua fresca, en el cielo grande, en la alegría de zambullirse. Cuando se lo contó a la gallina, ella cacareó:
—¡Qué tontería! Pon huevos o aprende a ronronear, y se te pasarán esas ideas.
—Creo que es mejor que me vaya por el mundo —dijo el patito.
—Allá tú —respondió la gallina.
Y se fue. Se fue sin rencor, pero también sin compañía.
Llegó el otoño, y las hojas del bosque se volvieron amarillas y rojizas. Una tarde, cuando el sol se ocultaba entre nubes de fuego, salieron de los juncos unas aves como el patito nunca había visto. Eran de un blanco deslumbrante, con cuellos largos y elegantes. Desplegaron sus enormes alas y se alzaron en el cielo, rumbo a tierras cálidas.
El patito sintió que el corazón le daba un vuelco. No sabía qué aves eran, pero las quiso con todas sus fuerzas. No sintió envidia, porque nunca soñó con ser como ellas. Solo deseó, con muchas ganas, que alguien lo dejara quedarse cerca de algo tan bello.
Entonces llegó el invierno, largo y blanco. La nieve cubrió los campos y el viento silbaba entre los juncos. El patito pasó muchas noches con frío y mucha hambre, escondido bajo las ramas, preguntándose si habría un lugar en el mundo para él.
Una mañana, cuando ya casi no le quedaban fuerzas, un campesino lo encontró temblando junto al estanque helado. Lo envolvió en su abrigo, lo llevó a su casa y lo dejó junto al fuego. Cuando los niños de la casa se acercaron, el patito se asustó, revoloteó y fue a dar a un balde de leche, luego al barril de harina… ¡y qué desastre! La mujer gritó, los niños rieron, y el patito salió disparado por la puerta entreabierta hasta perderse entre los arbustos.
Pasó el resto del invierno entre los juncos, tiritando, sobreviviendo, esperando.
Y un día, la luz cambió. El sol volvió a calentar y las alondras empezaron a cantar. ¡Era primavera!
El patito abrió las alas y, para su sorpresa, estas lo alzaron hacia lo alto con una fuerza nueva. Voló sobre prados y arroyos hasta llegar a un hermoso jardín, lleno de manzanos en flor y de lilas que perfumaban el aire. Y allí, deslizándose sobre un estanque, vio a tres cisnes blancos.
Reconoció al instante a aquellas aves magníficas, y el corazón le latió muy deprisa.
—Me acercaré a ellos —pensó—. Tal vez me echen, tal vez me piquen, porque soy muy feo y me atrevo a acercarme a seres tan hermosos. Pero prefiero que me rechacen ellos a seguir siendo rechazado por todos los demás.
Se posó sobre el agua y nadó hacia los cisnes, con la cabeza gacha, esperando lo peor.
Y entonces, en el agua clara, vio su reflejo.
Ya no era un pájaro torpe, gris y desgarbado. Era un cisne. ¡Un cisne!
Los tres cisnes nadaron a su alrededor y lo acariciaron con sus picos, como se saluda a un viejo amigo que por fin llega a casa.
Unos niños entraron al jardín a echar migas de pan al agua.
—¡Miren, hay uno nuevo! —gritó el más pequeño—. ¡Y es el más hermoso de todos!
El que fuera patito feo escondió la cabeza bajo el ala, tímido y feliz. Recordó los picotazos, el frío y las noches sin nadie. Pero no sintió rencor, porque un corazón verdaderamente bueno nunca se llena de orgullo. Sintió, en cambio, una calma enorme. Había encontrado su lugar.
Entonces estiró su largo cuello, sacudió sus plumas blancas y, desde lo más hondo de su corazón, dijo:
—¡Jamás imaginé que podría haber tanta felicidad, cuando yo era el patito feo!
Y es que no importa haber nacido entre patos, si lo que salió del cascarón fue un cisne.
Fin.